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Argentina, país generoso (con el croto).


A raíz de la aparición en las redes sociales de la noticia de un subsidio para travestis, y de los supuestos beneficios sociales que perciben los presidiarios, ha quedado en evidencia la clara división ideológica y discursiva del pueblo argentino, un caldo de cultivo de odio y resentimiento social en crecimiento, desarrollo al que se debe prestar atención y poner paños fríos como a una fiebre alta. El mensaje que la gente repite como loros es claro: no hay que romperse el lomo trabajando para darse la gran vida, alcanza con estar preso, ser pobre o travesti. En definitiva, el país en el que vivimos está gobernado por un mal chiste político, donde el que trabaja empobrece día a día, y el “croto” engorda a base de dádivas.

El odio que destila tal mensaje es doble: dirigido en primera medida al partido gobernante y su ineptitud para el cargo. En segundo término, dirigida al paria, al otro distinto caído en desgracia. Ambos dos son parásitos indeseables, el gobierno por cobrar los impuestos, el paria por dilapidarlos con los planes sociales que disfruta. Al paria se le exige dejar de serlo, o por lo menos que lo sea sin molestar a los demás. Mientras al gobierno se le reclama que baje los impuestos y que reprima con violencia a los parias que molestan.