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Mousse de Chocolate


“¿No le hará mal, che?”, repetía tía Soledad a la vera del cálido pedregullo. “Es sólo un fin de semana”, repetía tía Liliana a su lado, palmeándole el dorso de la mano como solía hacer para tranquilizarla. Tía Ana mantenía silencio, así era ella. A la distancia veían una mancha blanca crecer en el seno de una polvareda que cada vez se hacía más grande a medida que sus contornos ya definidos y precisos revelaban la llegada del momento esperado. “Me da una pena, pobrecito”, decía tía Soledad y se acomodaba la ropa que a todas luces no necesitaba arreglo alguno. “Es sólo un fin de semana”, porfió entre dientes tía Liliana. El coche estaba ya demasiado cerca para una descortesía imprudente. “Todos la vamos a pasar muy bien”, sentenció tía Ana como orden de silencio antes de quedar las tres mujeres envueltas en una nube de polvo que siguió viaje a pesar de que el coche se detuvo bruscamente unos metros más adelante, lo suficiente para que Liliana quitara su mano consoladora de la de Soledad pues se la estaba estrujando con fuerza y uñas.
La puerta trasera descubrió un jovencito vacilante y esquivo que apenas dijo palabra tras la partida del coche o durante la caminata desde la ruta hasta la casa de campo donde los esperaba el almuerzo ya servido. En el camino las mujeres escudriñaron al sobrino a la vez que éste les era indiferente pues hacía tanto tiempo que no se veían que la distancia los convertía en poco menos que desconocidos. Aquellas no eran las tía viejas y solteronas que había pensado hallar, pues si bien las tres vivían allí por completo solas, poco y nada tenían de viejas. Tampoco él era el niño juguetón y curioso que ellas recordaban, por el contrario, con sus dieciséis años se había convertido en un incipiente hombre de buen porte cuya voz todavía no se decidía a completar el cuadro. A la mesa lo descubrieron amable y hacendoso. Decía “por favor” y “gracias” por lo bajo, pero no tanto por timidez sino más bien por el cataclismo hormonal propio de su edad que, según averiguarían más tarde, lo hacía odiar en silencio aquella visita forzada a casa de las tías. Todo era capricho de mamá, ella había telefoneado a sus amigas para pedirles que lo recibieran unos días ya que decía ver al nene descarriado, yendo por el mal camino con junta de la que mejor ni hablar.
En la sobremesa le ofrecieron postre mientras Soledad juntaba los platos y Liliana rolaba un cigarrillo que finalmente tendió al muchacho tras verlo interesado en el proceso. En la cocina tía Ana servía un tazón de mousse de chocolate hasta el tope. “¿No le hará mal?”, preguntó Soledad quitándose la espuma de las manos. “Está bien suavecito”, repuso Ana y llevó el postre. El muchacho se deleitó comiendo aquel manjar mientras les tres mujeres se deleitaban con verlo comer. Con el último bocado en la garganta tía Ana ya estaba diciendo que el chico habría de estar cansado antes de tomarlo de la mano y a los tirones llevarlo a la habitación que entonces ocuparía él sólo; ahora que era mayorcito y necesitaba privacidad. Tía Soledad rememoraba en voz alta aquellas lejanas épocas cuando pequeño dormía con ellas y cómo se peleaban por ver quién de las tres se lo llevaba a la cama. Luego cerraron la puerta tras abandonar la estancia, aunque creyó oírlas cuchichear al otro lado.
Lo cierto es que, sea por aburrimiento, o esas cosas propias de la juventud, su entrepierna furiosa le hizo imposible conciliar el sueño por lo que se pasó la siesta inquieto,  retorciéndose rítmicamente sobre la cama. Tía Soledad llamó a la puerta e ingresó de golpe sin pedir permiso. Apenas pudo cubrirse.
- ¿No podés dormir?- preguntó lo obvio y propuso,- vení conmigo, vamos a buscar huevos al gallinero.
            Salieron en silencio para no turbar el descanso ajeno y se alejaron de la casa caminando bajo una tupida arboleda hacia una caseta cercana rodeada por alambre tejido donde pululaban una veintena de gallinas en cloqueo eterno apenas interrumpido por la zambullida de sus picos en la tierra. Una vez dentro de la casilla tía Soledad le entregó una cesta de mimbre donde iban colocando los huevos que quitaban de las latas de galletitas llenas de paja. La mujer de rodillas, mientras buscaba en los nidos bajos, se le antojó atractiva, con las caderas bien definidas y un culo delicioso en su leve arqueo de la espalda. Tía Soledad volteaba entonces con un huevo y su mirada fugaba al escote abierto y carnoso. De las tres mujeres, aquella morocha era la más bonita, pensó tratando de que no se le notara en la cara. Tía Soledad parecía no advertirlo o no importarle. Pero entonces aquello le hizo imposible contener la bruta erección que explotó notablemente tras sus pantalones. Tía Soledad, arrodillada a sus pies, lo miró fijo a los ojos y el chico se puso rojo como el fuego. Pero el fuego también prendió en ella y se le fue a la mano y la mano al bulto, todo tan rápido que de la sorpresa el chico casi deja caer los huevos.
-¡Que duro!- exclamó con los ojos bien abiertos y sin más atravesó los pantalones para sentirlo con su propia mano, recorrerlo despacio con caricias suaves en vaivén, tomarlo con firmeza y tironear de él tan fuerte que el violento meneo de sus caderas hacía bailar los huevos en la cesta. Tía Soledad se la quitó de las manos y luego lo jaló de la entrepierna para tenerlo arrodillado junto a ella antes de conducir sus manos entonces desocupadas debajo de la pollera. Tenía la ropa interior húmeda y caliente, los genitales por completo mojados, creyó sentir algo que se le escurría por entre los dedos a medida que los empujaba hacia las profundidades, donde ambos, tía y sobrino, cayeron convulsos precipitando la explosión de gemidos que vino cuando lo sintió bullir en la palma de la mano, en el brazo, en la blusa.
- Me manchaste, boludo- gritó Soledad y salió corriendo dejándolo ahí sobre el piso con la respiración entrecortada en compañía de las gallinas. Apenas comprendía lo sucedido, pero si de algo estaba seguro era que aquello no tenía que salir del corral. Lentamente acomodó su persona, tomó la cesta y volvió a la casa como si nada. Un huevo estaba roto.
            Entró a su habitación con la misma cautela procurada antes, al salir. Se tumbó en la cama a repasar los hechos y de sólo evocarlos su sexo despertó en llamas. Entonces ya no importaba qué había pasado, sino lo que podría llegar a pasar entre él y Soledad. Quería más. Imaginó un mundo de situaciones que enfurecían a la bestia mientras se apretaba, boca abajo, contra la cama hasta caer dormido.
-Arriba, dormilón- le dijo una gallina erótica tan pronto concilió el sueño-, que no viniste a pasártela durmiendo.
            Era tía Liliana sentada a su lado. El chico se incorporó de inmediato para no levantar sospechas y juntos fueron a la cocina donde los esperaban tía Ana y Soledad tomando mate amargo con cremona casera.
- ¿Cómo durmió el cabellero?- preguntó Soledad con tanta naturalidad que llegó a dudar si todo el asunto no había sido más que un sueño. Sea como fuere, el mate con cremona, entre cuentos y anécdotas, se tiñó de rayos naranjas de atardecer que anunciaban a tía Liliana el momento de salir a recorrer el maizal. Aquello resultó curioso al muchacho, o acaso la mujer insistía tanto, que las otras dos se quedaron viendo cómo ellos se fundían en un verde horizonte de espigas. “¿Le hará mal?”, preguntaba Soledad más para sí que a su hermana siempre taciturna.
            Tía Liliana caminaba rápido y era difícil seguirle el tranco. Cada tanto la perdía entre las plantas y debía llamarla a los gritos. De ese modo recorrieron el cultivo y finalmente concluyeron la caminata en el corazón mismo de la plantación donde la mujer quiso enseñarle los secretos de la salud de un maizal hecho y derecho como Dios manda. Con suavidad tomó un marlo, lo arrancó de la planta y, mientras explicaba algo que nunca oyó, comenzó a quitarle la chala de modo tal que el ir y venir de sus manos transportó al chico directamente al gallinero. Y el recuero se le hizo carne otra vez en los pantalones. O en el rostro. O en el meter las manos en los bolsillos casi por puro instinto.
-¿Qué escondés ahí?- preguntó tía Liliana sorprendida- ¿Te robaste un marlo? Dejáme ver.
            En un abrir y cerrar de ojos la tuvo arrodillada a sus pies mirándolo fijo a los ojos mientras se mordía el labio inferior y luchaba contra el cierre del pantalón. La bestia emergió inmensa, deseosa, hambrienta. Latía. Una gotita tímida manó de su punta y tía Liliana la quitó con suma suavidad empleando la lengua. Con ella recorrió toda su extensión hasta la base y más allá, bien abajo, donde la delicadeza de besos húmedos y cálidos cada vez más profundos alimentaban violentamente la caldera. Los ojos de tía Liliana se mantenían fijos en los del muchacho, quien fue el primero en apartar la vista y clavarla en el cielo cuando sintió el calor y la suavidad invadirlo de principio a fin en un solo movimiento. Sus manos cayeron sobre la cabeza de Liliana y sin quererlo con ellas ayudaba al compás de las oleadas de una creciente estreches que, succión tras succión, se confundía con la cálida presión que sentía más abajo. Una mano de tía Liliana corrió hacia atrás en busca de los glúteos para ejercer mayor presión sobre la cadera, mientras con la otra le apretaba el sexo como si éste fuera a escaparse, dejando su punta al descubierto para poder besarla con una delicadeza rabiosa. De repente el muchacho contuvo la respiración en seco y la mujer abrió bien grande los ojos antes de tragar con dificultad. Ambos se dejaron caer sobre la hierba y así quedaron un largo rato hasta que ella recuperó la compostura.
-Vamos pronto a la casa, no hagamos esperar a las tías- dijo Liliana como si nada-. Hoy has tenido un día largo y de seguro debes estar cansado, nada que un buen baño y una rica cena pueda solucionar.
            De regreso en el caserón el baño no fue bueno ni tampoco rica la cena, al contrario, se hubo de duchar con agua fría tras lo cuál sólo cenaron arroz blanco. Sin embargo, sí pudo comer cuanto quiso del mousse de chocolate que tía Ana le servía en silencio. Nadie más pidió postre y luego todos marcharon a la cama. El muchachito apenas saludó y rápido se internó en la habitación para escapar de las tías aunque una vez dentro se sintió por completo atrapado. Lo sucedido durante el día aún permanecía bien vivo dentro suyo. Y por fuera también, con lo que no pudo encontrar una sola posición cómoda en la cama debido a la contundencia de la erección central de todos sus pensamientos. Desnudo y sexo arriba lo halló tía Ana tras abrir la puerta sin golpear, a lo que se tapó los ojos, pidió perdón y volvió a salir. Golpeó la puerta.
-¿Pasa algo malo, querido?
- No tía, no puedo dormir nomás…
-¿Querés que te cuente un cuento como cuando eras chiquito?- dijo la mujer asomando la cabeza.
- No tía, que va… No, tía, por favor- pero ya era demasiado tarde, se le había sentado a un lado sobre la cama. Entonces no dudó. Repentinamente se destapó hasta las rodillas. Estaba listo.
            Temprano en la mañana lo esperaban en la cocina con un desayuno portentoso que devoró furioso mientras las tías asentían con gusto, comentaban que habría de estar cansado y necesitaba recuperar fuerzas para arrancar bien el día, que dicho sea de paso, iba a ser largo, muy largo. Todo ello como si el escándalo amatorio de Ana y sus gritos y los arañazos y la marca en el cuello no hubiera sucedido. O mejor dicho, como si fueran parte de la tranquila vida campestre. Incluso en plena vorágine sexual creyó oír gemidos que no provenían del interior de la pieza.
            Así transcurrió el fin de semana en casa de las tías. Buscando huevos a la hora de la siesta o recorriendo el maizal por las tardes o durmiendo poco y nada durante la madrugada. Ya hacia el domingo al anochecer, cansado y adolorido, tenía el orgullo tan grande y firme como su jovencita masculinidad, la cual a decir verdad nunca flaqueó ante el embate de las mujeres.
-¿No le hará mal?- insistía preguntando Soledad a tía Ana, y decía- Me parece que se te está yendo la mano.
- Para nada, cincuenta miligramos por porción, como siempre- porfiaba la otra mientras revolvía la mousse de chocolate.

             
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Rey de Reyes


            Entonces fue que lo vió. Allí estaba a un lado, sobre el piso, escondido entre las rocas, pero tan brillante y llamativo que le fue imposible resistirse a él. El niño se aproximó cauteloso sin saber qué hacer y ante su inminente cercanía brilló aún más con una intensidad cegadora que el pequeño llevó su mano peluda al rostro. A sus oídos acudió un susurro:
“Tu eres un hijo de la Tierra, súbdito del Sol. Yo soy su fiel reflejo aquí abajo, yo he de ser tu Dios. Si me llevas contigo cerca de tu corazón, yo te llevaré cerca del mío y nunca más sufrirás mi ausencia. Te daré poder, tierras y crías por montones. Seré el Rey de tu rey, me posaré sobre su cabeza. Seré el Pastor de tu pastor, su báculo, su dirección. Seré tu Norte y el de aquellos que te sigan. Me hallarás bajo la tierra o alto en la montaña, a orillas de un río o más allá del mar, aunque siempre habrás de demostrarme cuánto realmente me quieres a tu lado. Podrás matar y dar vida en mi nombre, llenar tu hogar con bendiciones o hacer monumentos de puro Yo. Me darás mil rostros y colores, pero siempre recurrirás a mi forma original en tiempo de crisis y yo seré el espaldar vivo de tu progreso. Pasaré de manos tantas veces como sea posible ya que así mantendrás cautivos a tus hermanos. Conmigo a tu lado tu hogar y tu cuerpo serán mejores. Tus gritos llegarán más lejos y tú mismo alcanzaras las estrellas. Abre los ojos ahora y cierra la boca para siempre. Nunca podrás evocar estas palabras con las tuyas pero siempre las llevarás impresas en cada latido de tu corazón”.
El pequeño bostezó como despertando luego de un largo sueño. El sol, dorado y brillante como aquella tonta piedrita, se ocultaba tras el horizonte. Era momento de regresar a la caverna.    

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Fetiche


ACLARACIÓN: extracto del libro impreso "INFIERYO", del autor Piedrabuena, editado por Tinta China Ediciones



“Sr. Director:
                    Mediante la presente ratifico lo escrito en el anterior correo que le enviara. Quisiera tres de ellos, pero de no ser posible dos estará bien. Si pueden ser del mismo color mejor. En pares todo es siempre mejor. Y sí, efectivamente Usted ha leído bien. Quiero que me envíe los más pequeños que tenga.
            Esperaba no tener que explicar mis razones pero ya que insiste debo confesarle algo privado y pedirle su futura reserva al respecto. Tengo un problema, me gustan así, chiquititos. He tenido varios ya y no puedo saciarme de ellos. Usted probablemente jamás lo entienda, porque no hay palabras capaces de describir el inmenso placer de querer metérsele adentro, lo apretado que se siente. Cuando son muy pequeños ni siquiera entra todo, pero uno empuja y empuja hasta el fondo por tan sólo un poquito más de ese indescriptible gozo. Una vez tuve uno tan chico que ni los dedos pude introducirle. Disfruto mucho de lavarlos y verlos secarse al sol. A veces solo me contento con verlos tendidos sobre mi cama e imaginarme a mí inmenso, sobre ellos, usándolos.
            Pero no piense que lo mío es puro egoísmo hedonista, pues mientras no los uso personalmente se los presto a un amigo que los utiliza para limpiar la casa, repasar los muebles, los vidrios, incluso él mismo, me ha dicho, se asea con ellos. Por favor no nos juzgue, somos personas de bien, padres de familia, importantes referentes para la comunidad. De ahí la extrema reserva que solicito. Tenga a bien comprender mi situación y enviarme el pedido cuanto antes. Los anteriores ya se han puesto grandes y sinceramente no es lo mismo. Necesito esos calcetines cuanto antes.


Conde Jean Luc Duteil