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Ajeno a lo Evidente


De Iruya a San Isidro distaban dos horas de caminata por el lecho de un río caudaloso que corría serpenteando un profundo cañón labrado por su paso a través de la montaña, un camino borrascoso que Horacio Gaitán estaba decidido a tomar pese a las advertencias recibidas por los guías que sólo pretendían dinero, cosa que él ya no tenía. Eso no iba a ser motivo para detenerle, pues por delante le esperaba la tan ansiada y tranquila soledad de aquel caserío perdido en medio de la nada; mientras que por detrás, a sus espaldas no sólo Iruya se hacía más pequeño, también un largo mes de viaje por los valles calchaquíes, una empresa iniciada aún más lejos, allá por Entre Ríos.
Los carnavales del litoral; similares a los de Brasil, con su vorágine de mujeres carnosas, batucadas y carrozas; habían dejado tras su paso las calles llenas de papel picado y serpentinas. Por aquellos días fue que su interior supo gestar un irremediable deseo de viajar al norte para conocer un carnaval diferente al suyo, el de los pueblos habitantes de estas tierras antes que extranjeros les llamaran Argentina. Sea por ingenuo o ignorante, Horacio ansiaba hallar una festividad real, autóctona y sin fines de lucro, una celebración en la que el dinero no tuviera lugar como centro de la fiesta. Sin embargo, allí estaba un mes más tarde, caminando a duras penas sobre el rocoso río San Isidro; que nada de festivo y mucho de real tenía el transitarlo, pues la correntada zigzagueante dentro del cañón, obligaba a los caminantes a vadear las aguas constantemente, y en consecuencia, soportar con estoicismo la ropa mojada, o los tobillos magullados por las rocas que el torrente arrastraba consigo.
Quizá era el precio que debía pagar para olvidar que en realidad el carnaval norteño no había sido lo que esperaba, pues por donde había pasado halló hordas de lugareños sumidos en una fiesta incesable de alcohol y chucherías, un tumulto de hombres disfrazados de diablitos liderando multitudes de turistas disfrazados de borrachos. Pero pronto aquel sinsabor se desvaneció de su mente para dejar lugar al temor por la propia vida, pues mientras avanzaba por el río el nivel del cauce comenzó a elevarse drásticamente y el agua corría entonces con fuerza por el cañón en toda su extensión, arrastrando grandes piedras que al chocar entre ellas hacían un sonido nada confortante. La lluvia arribó pronto y mucho antes de lo que pensaba se halló a sí mismo por completo mojado y arrepentido de hacerse caso. Demasiado lejos de Iruya, sin señales de humanidad en los alrededores, con el agua en las rodillas, Horacio escudriñó desesperado las escarpadas márgenes del cañón en busca de un saliente que pudiera brindarle cobijo. Hacia la orilla izquierda pudo ver los meandros de un sendero perderse montaña arriba. Desapareció todo rastro de cansancio en su cuerpo y sin pensarlo se lanzó por aquel camino dispuesto a no detenerse hasta que hallase el pueblo de San Isidro. Y no tardó mucho en hacerlo, aunque una vez en el lugar el abatimiento volvió a él tan pronto como se había marchado.
Por alguna extraña razón el caserío estaba completamente vacío. Puertas y ventanas cerradas, las calles sin vida, la Iglesia abandonada, nada ni nadie en las cercanías, incluso a sus golpes de manos para anunciarse sólo acudió un eco seco y distante. San Isidro estaba quieto, silencioso, frio como un muerto. Ni siquiera los perros del pueblo salieron a recibirlo. Guarecido en una arcada ancha vislumbró que su suerte no podía empeorar más, y resolviéndose a disfrutar aquella miseria pasajera esperó el fin de la lluvia, o mejor aún despertar de un salto en la cama. No podía negar que entonces añoraba Humahuaca y sus artesanos, o la terminal de ómnibus atiborrada de gente donde había adquirido pasaje a Iruya, que pese a haber sido irrevocablemente invadida por el turismo, aún era un lugar acogedor donde un visitante como él podía pagar por un sitio cálido donde disfrutar de sus vacaciones. E inevitablemente, Horacio llegó a pensar que debería haber buscado lo que anhelaba donde hubiera sido prudente mirar en un principio: dentro suyo.
Un repentino grito distante lo sacó de allí de un salto. Y luego otros, como un cántico o arenga compartida por muchos. Sus oídos lo llevaron hasta el lado opuesto del cañón, hacia un escueto sendero en la montaña por el que una multitud de hombres y mujeres a caballo iban camino al río, cantando al son del tam-tam de unos tambores pequeños que cada uno cargaba y tocaba sobre sus monturas. La comitiva cruzó el agua cabalgando y sin más las calles se llenaron de jinetes vestidos de vivos colores que colmaron el aire de risotadas, gritos y coplas mientras uno a uno, los caballos en fila fueron agrupados en un potrero. Los jinetes tocaban y cantaban y compartían chicha mientras conducían las bestias todas juntas, cuerpo contra cuerpo, hacia una espiral concéntrica que los convocaba en su seno. Los que se hallaban por fuera entraban al centro del grupo en movimiento pausado y circular, en tanto otros iban saliendo de la misma manera. Hombres, mujeres y animales, viejos y chicos, perros y caballos, unidos indisolublemente en ritual extático, continuaron copleando y danzando hasta el hartazgo, poseídos por una fuerza mayor y trascendental.
Luego de largo rato todos ellos dejaron sus monturas allí y a pie marcharon juntos a la casa más alta del pueblo, donde el festejo continuaría toda la noche hasta el amanecer, según le explicó una comadre que a su vez le aconsejó denegar cualquier invitación a aquel lugar, ya que no era prudente para él interferir con la festividad del pueblo. Pues a pesar de sus intentos de no ser un turista más del montón, allí en San Isidro, Horacio Gaitán no sólo era otro extranjero tierra adentro, sino también testigo ciego de una realidad ajena a lo evidente. Pues, sin duda alguna, aquellos no eran hombres disfrazados de diablitos festejando el carnaval, aquellos eran diablitos disfrazados de hombres, el carnaval mismo festejando a los hombres.