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Viento que trae la lluvia

ACLARACIÓN: extracto del libro impreso "INFIERYO", del autor Piedrabuena, editado por Tinta China Ediciones

Al atardecer el viento que trae la lluvia acudía a golpear la ventana para anunciar el inicio del ritual cotidiano, el crepitar del fuego, el dulce aroma de la pipa que de inmediato los transportaba hacia la oculta cabaña sobre la colina en un fraterno abrazo silencioso de melenas y taparrabos. El extranjero aparecía entonces y allí comenzaba  la pacífica violencia en la que piezas blancas y negras en eterna sucesión nocturna iban del tablero a la caja y de regreso, mientras esporádicos comentarios apenas rasgaba el silencio con palabras ininteligibles propias de un lenguaje de ensueño que los recién llegados entendían no a través de sus oídos. Su mano derecha paseaba sobre las fichas materializando en gesto lo que ocurría en su cabeza, pero a pesar de la imprudencia aún así cada tanto aquellos le veían saltar en su sitio jubiloso, más dado al convite de jugo morado para sí y su contrincante, que bajo la apariencia de incauto principiante escondía la pericia de quien practica ciertas ciencias fácticas para el resto desconocidas.
Suponían que aquel, familiar en aspecto a los visitantes, era el señor de la cabaña pues siempre los recibía con un acto reverencial ante las llamas del hogar donde permanecían horas compartiendo humo, calor y conocimientos. El otro en cambio, el extranjero, iba y venía esquivo como Luna, ajeno a ellos, indiferente. Tenía la cabellera del sol, y su ropa, ceñida al cuerpo como enredadera. Al igual que los otros visitaba la cabaña en  épocas en que los vientos lluviosos del Oeste traían consigo un tropel de días grises; o acaso el mismo y único amalgamado por el cotidiano ritual en la queda monotonía de la lejana cabaña llena de pasatiempos, charlas y meditaciones en tránsito tardo como el derrotero de las espesas nubes, que apoyaban la barriga sobre la tierra y serpenteaban colina abajo para finalmente disolverse en el valle cuando éstas no preferían quedarse por allí a ser ordeñadas por los árboles  del bosque entonces fundido con el cerro en la blanquecina distancia. Los animales y el tolderío se desdibujaban a lo lejos perdurando sólo en el ámbito del recuerdo. La cabaña parecía ir y venir con las nubes o esconderse dentro de ellas, las nubes que buscaban refugio en las habitaciones y quedaban alojadas por horas a descansar luego del largo viaje. Era usual escuchar al extranjero perder el rumbo en la pequeña y única estancia, o decir que veía visitantes de la bruma pasearse por allí como invidentes absortos. Incluso él mismo muchas veces iba y venía con la llegada de las nubes y, aunque todos conocieran muy bien la naturaleza de su presencia en la cabaña, hubo quienes llegaron a pensar que el extranjero no existía siquiera. Que no era parte real de aquel lugar, que tal vez era el sueño de una nube, o el sueño de un sueño.
                Cierto día nebuloso el extranjero y el dueño de la cabaña la abandonaron. Los visitantes fueron tras ellos rumbo al corazón de la bruma para finalmente hallarlos no muy lejos, donde antes se hallaban las tolderías, escudriñando una serie de antiguas construcciones circulares y cuadradas, grandes y pequeñas, dispuestas de modo tal que sugerían el paso y vida de los hombres de la tierra en tiempos también sumidos en la blanca nebulosa de las ruinas del olvido. Escondidos tras matas y rocas observaron al dueño de la cabañaza encender una hoguera que presintieron hecha en honor a ellos, mientras el extranjero se paseaba por el sitio en silencio respetuoso y contemplativo, tan familiarizado con sus recovecos que en la neblina llegaron a confundirlo con uno de ellos mismos. El dueño de la cabaña bailaba a la par de las llamas invitando al aquelarre a la tierra, el agua y el viento. Y lo vieron bailar como bailan los árboles con el viento que trae la lluvia, y lo vieron ser árbol, lo vieron ser viento. Y fue nube y lluvia, fue olor a tierra húmeda, y raíz-hoja-fruto. Fue bestia, fue hembra, macho y cría. Fue viejo, muerto y putrefacción. Fue barbarie y civilización.  Fue tiempo, y fuego.
“Vientoquetraelalluvia”, vociferó el naranja fogón movedizo, “sal de ahí, ven a mí”.
“¿Eres tú, sabio brujo?”, preguntó el muchacho todavía escondido en la neblina.
“El viaje ha concluido” repuso el brujo. Y Vientoquetraelalluvia regresó a su lado.
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La Casa de Elsa

Lo vi entrar a la casa por primera vez cerca de la media tarde, cuando el polvo suspendido en el aire suele hacerse visible a la luz filtrada por la ventana del vestíbulo. Su llegada me tomó por sorpresa ya que nunca antes lo había visto. Era el nuevo propietario, lo escuche decir por teléfono mientras recorría los interiores. Aparentemente había comprado aquel viejo caserón a puertas cerradas pues su bajo costo, a pesar de estar por completo amueblado, le presentaba un negocio irresistible. Recuerdo el asombro en su rostro mientras recorría las habitaciones una a una, sin convencerse de no haber sido victima de sus impulsos o de algún tipo de treta, pero la propiedad era por dentro tan seductora como por fuera, decía. Acariciaba los muebles escondidos bajo un denso manto de polvo para descubrirlos exquisitos. Pronto halló que estos guardaban aún las pertenencias de su antiguo propietario: adornos, ropa, vajilla, recuerdos; toda una vida plasmada en la acumulación de tonteras innecesarias. Días más tarde oí a los vecinos comentarle que el difunto tenía un único pariente lejano, al parecer tan apretado en cuentas que vendió la casa con la totalidad de su contenido.
Sin duda alguna la compra había sido el mejor negocio de su vida, dijo al teléfono durante una afable conversación con un conocido al que prometía enviar un lote de antigüedades para remate a la vez que escudriñaba el interior del mobiliario. Entretanto sumaba el valor de lo que no iba a la basura y luego llamaba a una empresa de mudanzas, esperanzado en dar con algo que valiera más que toda la casa y su contenido juntos. Pero nada llamó su atención más que un antiquísimo daguerrotipo que capturaba el frente de la propiedad en su época de esplendor. Lo desempolvó cuidadosamente antes de quitar el marco para descubrir que no guardaba fecha alguna. Con una sonrisa que no le cabía en el rostro, volvió a enmarcar la imagen y marchó a la cama con ella bajo el brazo. De igual modo abandonó la casa rumbo al pueblo el día siguiente bien temprano en la mañana y recién al mediodía volvió silbando vivaz.
Entonces lo vi detener la marcha en seco, palidecer súbitamente, tenía el rostro desencajado y sus ojos fijos en la ventana izquierda del segundo piso. Una niña golpeaba el vidrio con desesperación y gritaba a viva voz como si su vida dependiera de ello. Se abalanzó al interior y sin pensarlo subió de un salto las escaleras pero halló la habitación quieta, silenciosa. Aguzando el oído para distinguir cualquier nimio sonido por sobre el crujir de las maderas del piso, recorrió el caserón y más allá, el patio y luego la calle, donde terminó por convencerse de que algún tonto niño del barrio le había jugado una mala pasada. Sin más volvió al interior de la casa preocupado por otros asuntos de mayor importancia pues iba a necesitar un susto peor para olvidarse del negocio que tenía entre manos. Según había averiguado en el pueblo, su nueva casa de arquitectura victoriana había sido construida cerca de mil ochocientos noventa por descendientes de un mercader inglés de la Buenos Aires colonial, dijo al teléfono. La propiedad había permanecido en la misma familia, aunque presuntamente deshabitada, hasta la guerra de Malvinas cuando pasó de manos por primera vez. Desde entonces hasta la fecha, una y otra vez fue adquirida y vendida tantas veces que el listado de los sucesivos propietarios completaba dos carillas del documento suministrado por la oficina de catastro municipal. La construcción era prácticamente un monumento histórico y como tal tendría un precio a su medida, aseguraba antes de cortar.
El resto del día, la casa vivió una de sus jornadas más activas en mucho tiempo pues el recién llegado tenía apuro por vaciar los muebles aun cuando no disponía de cajas para hacerlo. La larga mesada de la cocina recibió el grueso de los adornos, recuerdos de viajes y utensilios cotidianos. La ropa del difunto en cambio fue puesta en bolsas de residuos y luego arrumbada en el coche hasta llenar su espacio interior. Muy distinto fue el destino de las fotografías y  los cuadernos, o todo un papelerío de anotaciones, cuentas y facturas que fueron a parar a las fauces del fuego. Con el atardecer dio por concluida la labor y abandonó la casa rumbo a lo del vecino más cercano donde preguntó por la parroquia. Luego no volví a verlo hasta la madrugada, con el auto vacío y el vientre tan lleno de alcohol que hubo de subir las escaleras aferrándose a la baranda. En la recamara se desplomó boca arriba sobre el indómito carrusel que era su lecho. Antes de caer rendido observó el daguerrotipo pero entonces sintió perder la borrachera casi por completo. En la imagen pudo ver la misma niña con cara de horror que había visto en la mañana en la ventana izquierda del segundo piso. Pero en el acto desestimó todo el asunto. Tal vez la imagen de la niña estuvo en el daguerrotipo desde el principio sin que él lo advirtiera. Era probable que haya quedado en su mente para luego resurgir ante sus ojos somnolientos aquella mañana. Logró convencerse en voz alta de que no había otra explicación más lógica y racional que la recién pergeñada pero no pudo conciliar el sueño hasta momentos antes del amanecer. A mediodía volví a verlo, cuando llegaron dos camiones de mudanza y dieciséis pares de manos que fueron recibidas con mala cara. Entretanto, y durante las siguientes seis horas, supervisó a los hombres llevando el daguerrotipo consigo, mientras al teléfono repetía una y otra vez las maravillosas virtudes arquitectónicas de un caserón victoriano histórico de dos plantas con todos los servicios, amplio parque, sótano luminoso, barrio seguro, valor accesible. Finalmente, tras los camiones también partió el sol y el nuevo propietario se halló por completo solo, entonces rodeado de adornos y pequeñeces sin lugar definido. Jamás he visto la casa tan desordenada.
El nuevo dueño no cenó y marchó a la cama temprano sin desprenderse un instante del daguerrotipo. La niña en la ventana continuaba estoica con su profunda expresión de horror, pero ya no en la vieja imagen sino en su memoria, pues cada vez que cerraba los ojos la imaginaba con la misma intensidad que la había visto golpeando y gritando como si se le fuera la vida en ello; como si aquel hombre que la miraba desde la calle fuera a salvarla, pero mientras más gritaba más sordo se hacía su alarido. Un llanto terrible y desgarrador lo despertó aterrado, aunque más temor sintió al darse cuenta de que había sido suyo. Tras los primeros rayos de sol lo vi salir a la calle con evidente apuro y volver poco después con el coche cargado de cajas de cartón y cajones de madera. No estacionó en el garaje como siempre, por el contrario detuvo el coche en la vereda de enfrente desde donde presenció un macabro espectáculo. Tal como lo había visto antes, una niña horrorizada gritaba y golpeaba la ventana con fuerzas. Pero entonces vio una anciana acercarse por detrás y blandir una hachuela sobre su cabeza.
            Aquello no ameritaba más que llamar a la policía y esperar hasta que arribaran. Sin embargo, ni los efectivos policiales ni él mismo pudieron hallar nada llamativo una vez que ingresaron. No pudo hacerles entender ni mucho menos eludir la reprimenda que éstos le propinaron. Tan pronto se halló nuevamente solo corrió hasta el daguerrotipo y con espanto observó una anciana donde antes había visto a la niña. Preso de un apuro visceral descargó del coche las cajas en el living para atiborrarlas de adornos y recuerdos sin reparar en proteger las piezas más delicadas. Sólo por divertirme a su costa me acerqué todo lo que pude sin ser notado y tan pronto como él giró para buscar más adornos yo quité algo de la caja y lo dejé a un lado, sobre el piso. Entonces lo advirtió, pude verlo en su rostro, su mandíbula tensa, los puños cerrados, le vi la piel de gallina. Permaneció inmóvil en su sitio como un animal indefenso que olisquea el aire sabiéndose acechado, aguzando el oído para escuchar más allá del silencio. Algo andaba mal con aquella casa, lo escuché decir en voz queda. Sin más tomó el daguerrotipo, partió rumbo al pueblo y no volví a verlo por el lapso de dos días completos.
Esta vez en cambio, no vino solo, trajo consigo una mujer que no me gustó nada desde el momento en que la viera, por lo que mantuve cierta distancia desde donde los pude ver charlar largo y tendido en la vereda, mientras observaban el daguerrotipo a la vez que señalaban las ventanas del segundo piso. Finalmente ella tomó la imagen e ingresó al caserón cargándola bien apretada contra su pecho, tenía los ojos apenas entreabiertos, la respiración profunda, rítmica, sostenida. La mujer, loca o poseída, daba pasos cortos en un lento deambular contemplativo por cada habitación mientras entonaba graves balbuceos sin sentido. Entretanto, el dueño de la casa esperaba pacientemente en la calle, cuya paciencia se agotó al cabo de tres horas de un silencio sospechosamente ininterrumpido. Apenas inclinado hacia el interior, gritó su nombre sin recibir respuesta. Armado con un martillo que tomó de su coche, ingresó al caserón presto a todo aunque en la planta inferior no halló ni el más mínimo rastro de vida. Por las escaleras descendía el pachuli de la señora que pudo distinguir aún con mayor intensidad una vez que en el segundo piso. El aroma provenía de la puerta del closet al final del pasillo donde percibió un débil sollozo. Llamó suavemente antes de abrir la puerta, pero se abalanzó sobre él una furia de arañazos, mordiscos y maldiciones tan  llenas de odio y terror que apenas pudo defenderse. Caído en el piso creyó ver a la mujer salir corriendo en zigzag y desaparecer estrepitosamente escaleras abajo. Luego absoluto silencio, la casa había vuelto a la quietud que la caracterizaba.
Hecho un ovillo sobre el suelo, se preguntaba si aquel absurdo había en realidad sucedido, si realmente había un daguerrotipo con una nena y una vieja, o si en verdad él estaba hecho un ovillo en el suelo preguntándose aquello. Pero no necesitó alzar la vista para una respuesta, tan pronto abrió los ojos halló el daguerrotipo debajo suyo, partido en dos. En los trozos de la  imagen vio también a la niña y a la vieja, y en el umbral de la puerta principal una mujer desparramada en medio de un charco negro. Entonces descubrió el rojo en sus manos, en el martillo y su ropa, todo a lo largo del pasillo rumbo a la escalera. Y abajo, en efecto, la mujer muerta. Era hora de marcharse, echar llave, no volver jamás, decía en voz alta.
Pero lo hice reflexionar. Una mujer muerta decoraba el frente de la casa, tenía la cabeza destrozada por un martillo cubierto de sus huellas. Una mujer muerta que él mismo había llevado, que lo atacó a mano desnuda dejando marcas en su rostro, sangre en su ropa, el piso, todo el sitio. Y los gritos y los vecinos y esos estúpidos policías que no le creerían nada aún cuando dijera la más absoluta verdad o inventara la coartada perfecta, pues todas las aristas de aquella instancia estaban en su contra; le oí repetir mientras daba vueltas en el mismo lugar, al pie de la escalera en la planta alta, viendo cómo el gran charco escarlata que rodeaba al cadáver crecía en diámetro hasta los primeros escalones y comenzaba a treparlos lentamente en su dirección.
Aquello detuvo su rumiar. Saltó a la planta baja esquivando la sangre y tomó a la mujer por los pies para arrastrarla hacia la estancia más alejada de toda puerta o ventana al exterior, cuyas persianas y cortinas fueron cerradas en el acto. Volvió al porche y tapó con una alfombrilla la poca suciedad que alcanzó el exterior. Cerró la casa tras de sí y partió en el coche rumbo al pueblo. Regresó de inmediato y estacionó detrás de la casa desde donde ingresó cargando dos bidones llenos cuyo contenido fue rociado sobre el piso y el cuerpo de la mujer con suma diligencia. Entonces lo vi sostener ambos trozos del daguerrotipo a poca altura de un encendedor. Allí estaba el magnífico caserón victoriano capturado en el tiempo en su mejor época, pero no pudo ver en él a la niña, tampoco a la vieja ni a la mujer muerta, en cambio sus ventanas alojaban una titilante tonalidad naranja cálida y creciente que al instante se convirtió en fuego y devoró el daguerrotipo desde adentro hacia afuera. El último propietario soltó la imagen en llamas y yo trabé las puertas.