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Mousse de Chocolate


“¿No le hará mal, che?”, repetía tía Soledad a la vera del cálido pedregullo. “Es sólo un fin de semana”, repetía tía Liliana a su lado, palmeándole el dorso de la mano como solía hacer para tranquilizarla. Tía Ana mantenía silencio, así era ella. A la distancia veían una mancha blanca crecer en el seno de una polvareda que cada vez se hacía más grande a medida que sus contornos ya definidos y precisos revelaban la llegada del momento esperado. “Me da una pena, pobrecito”, decía tía Soledad y se acomodaba la ropa que a todas luces no necesitaba arreglo alguno. “Es sólo un fin de semana”, porfió entre dientes tía Liliana. El coche estaba ya demasiado cerca para una descortesía imprudente. “Todos la vamos a pasar muy bien”, sentenció tía Ana como orden de silencio antes de quedar las tres mujeres envueltas en una nube de polvo que siguió viaje a pesar de que el coche se detuvo bruscamente unos metros más adelante, lo suficiente para que Liliana quitara su mano consoladora de la de Soledad pues se la estaba estrujando con fuerza y uñas.
La puerta trasera descubrió un jovencito vacilante y esquivo que apenas dijo palabra tras la partida del coche o durante la caminata desde la ruta hasta la casa de campo donde los esperaba el almuerzo ya servido. En el camino las mujeres escudriñaron al sobrino a la vez que éste les era indiferente pues hacía tanto tiempo que no se veían que la distancia los convertía en poco menos que desconocidos. Aquellas no eran las tía viejas y solteronas que había pensado hallar, pues si bien las tres vivían allí por completo solas, poco y nada tenían de viejas. Tampoco él era el niño juguetón y curioso que ellas recordaban, por el contrario, con sus dieciséis años se había convertido en un incipiente hombre de buen porte cuya voz todavía no se decidía a completar el cuadro. A la mesa lo descubrieron amable y hacendoso. Decía “por favor” y “gracias” por lo bajo, pero no tanto por timidez sino más bien por el cataclismo hormonal propio de su edad que, según averiguarían más tarde, lo hacía odiar en silencio aquella visita forzada a casa de las tías. Todo era capricho de mamá, ella había telefoneado a sus amigas para pedirles que lo recibieran unos días ya que decía ver al nene descarriado, yendo por el mal camino con junta de la que mejor ni hablar.
En la sobremesa le ofrecieron postre mientras Soledad juntaba los platos y Liliana rolaba un cigarrillo que finalmente tendió al muchacho tras verlo interesado en el proceso. En la cocina tía Ana servía un tazón de mousse de chocolate hasta el tope. “¿No le hará mal?”, preguntó Soledad quitándose la espuma de las manos. “Está bien suavecito”, repuso Ana y llevó el postre. El muchacho se deleitó comiendo aquel manjar mientras les tres mujeres se deleitaban con verlo comer. Con el último bocado en la garganta tía Ana ya estaba diciendo que el chico habría de estar cansado antes de tomarlo de la mano y a los tirones llevarlo a la habitación que entonces ocuparía él sólo; ahora que era mayorcito y necesitaba privacidad. Tía Soledad rememoraba en voz alta aquellas lejanas épocas cuando pequeño dormía con ellas y cómo se peleaban por ver quién de las tres se lo llevaba a la cama. Luego cerraron la puerta tras abandonar la estancia, aunque creyó oírlas cuchichear al otro lado.
Lo cierto es que, sea por aburrimiento, o esas cosas propias de la juventud, su entrepierna furiosa le hizo imposible conciliar el sueño por lo que se pasó la siesta inquieto,  retorciéndose rítmicamente sobre la cama. Tía Soledad llamó a la puerta e ingresó de golpe sin pedir permiso. Apenas pudo cubrirse.
- ¿No podés dormir?- preguntó lo obvio y propuso,- vení conmigo, vamos a buscar huevos al gallinero.
            Salieron en silencio para no turbar el descanso ajeno y se alejaron de la casa caminando bajo una tupida arboleda hacia una caseta cercana rodeada por alambre tejido donde pululaban una veintena de gallinas en cloqueo eterno apenas interrumpido por la zambullida de sus picos en la tierra. Una vez dentro de la casilla tía Soledad le entregó una cesta de mimbre donde iban colocando los huevos que quitaban de las latas de galletitas llenas de paja. La mujer de rodillas, mientras buscaba en los nidos bajos, se le antojó atractiva, con las caderas bien definidas y un culo delicioso en su leve arqueo de la espalda. Tía Soledad volteaba entonces con un huevo y su mirada fugaba al escote abierto y carnoso. De las tres mujeres, aquella morocha era la más bonita, pensó tratando de que no se le notara en la cara. Tía Soledad parecía no advertirlo o no importarle. Pero entonces aquello le hizo imposible contener la bruta erección que explotó notablemente tras sus pantalones. Tía Soledad, arrodillada a sus pies, lo miró fijo a los ojos y el chico se puso rojo como el fuego. Pero el fuego también prendió en ella y se le fue a la mano y la mano al bulto, todo tan rápido que de la sorpresa el chico casi deja caer los huevos.
-¡Que duro!- exclamó con los ojos bien abiertos y sin más atravesó los pantalones para sentirlo con su propia mano, recorrerlo despacio con caricias suaves en vaivén, tomarlo con firmeza y tironear de él tan fuerte que el violento meneo de sus caderas hacía bailar los huevos en la cesta. Tía Soledad se la quitó de las manos y luego lo jaló de la entrepierna para tenerlo arrodillado junto a ella antes de conducir sus manos entonces desocupadas debajo de la pollera. Tenía la ropa interior húmeda y caliente, los genitales por completo mojados, creyó sentir algo que se le escurría por entre los dedos a medida que los empujaba hacia las profundidades, donde ambos, tía y sobrino, cayeron convulsos precipitando la explosión de gemidos que vino cuando lo sintió bullir en la palma de la mano, en el brazo, en la blusa.
- Me manchaste, boludo- gritó Soledad y salió corriendo dejándolo ahí sobre el piso con la respiración entrecortada en compañía de las gallinas. Apenas comprendía lo sucedido, pero si de algo estaba seguro era que aquello no tenía que salir del corral. Lentamente acomodó su persona, tomó la cesta y volvió a la casa como si nada. Un huevo estaba roto.
            Entró a su habitación con la misma cautela procurada antes, al salir. Se tumbó en la cama a repasar los hechos y de sólo evocarlos su sexo despertó en llamas. Entonces ya no importaba qué había pasado, sino lo que podría llegar a pasar entre él y Soledad. Quería más. Imaginó un mundo de situaciones que enfurecían a la bestia mientras se apretaba, boca abajo, contra la cama hasta caer dormido.
-Arriba, dormilón- le dijo una gallina erótica tan pronto concilió el sueño-, que no viniste a pasártela durmiendo.
            Era tía Liliana sentada a su lado. El chico se incorporó de inmediato para no levantar sospechas y juntos fueron a la cocina donde los esperaban tía Ana y Soledad tomando mate amargo con cremona casera.
- ¿Cómo durmió el cabellero?- preguntó Soledad con tanta naturalidad que llegó a dudar si todo el asunto no había sido más que un sueño. Sea como fuere, el mate con cremona, entre cuentos y anécdotas, se tiñó de rayos naranjas de atardecer que anunciaban a tía Liliana el momento de salir a recorrer el maizal. Aquello resultó curioso al muchacho, o acaso la mujer insistía tanto, que las otras dos se quedaron viendo cómo ellos se fundían en un verde horizonte de espigas. “¿Le hará mal?”, preguntaba Soledad más para sí que a su hermana siempre taciturna.
            Tía Liliana caminaba rápido y era difícil seguirle el tranco. Cada tanto la perdía entre las plantas y debía llamarla a los gritos. De ese modo recorrieron el cultivo y finalmente concluyeron la caminata en el corazón mismo de la plantación donde la mujer quiso enseñarle los secretos de la salud de un maizal hecho y derecho como Dios manda. Con suavidad tomó un marlo, lo arrancó de la planta y, mientras explicaba algo que nunca oyó, comenzó a quitarle la chala de modo tal que el ir y venir de sus manos transportó al chico directamente al gallinero. Y el recuero se le hizo carne otra vez en los pantalones. O en el rostro. O en el meter las manos en los bolsillos casi por puro instinto.
-¿Qué escondés ahí?- preguntó tía Liliana sorprendida- ¿Te robaste un marlo? Dejáme ver.
            En un abrir y cerrar de ojos la tuvo arrodillada a sus pies mirándolo fijo a los ojos mientras se mordía el labio inferior y luchaba contra el cierre del pantalón. La bestia emergió inmensa, deseosa, hambrienta. Latía. Una gotita tímida manó de su punta y tía Liliana la quitó con suma suavidad empleando la lengua. Con ella recorrió toda su extensión hasta la base y más allá, bien abajo, donde la delicadeza de besos húmedos y cálidos cada vez más profundos alimentaban violentamente la caldera. Los ojos de tía Liliana se mantenían fijos en los del muchacho, quien fue el primero en apartar la vista y clavarla en el cielo cuando sintió el calor y la suavidad invadirlo de principio a fin en un solo movimiento. Sus manos cayeron sobre la cabeza de Liliana y sin quererlo con ellas ayudaba al compás de las oleadas de una creciente estreches que, succión tras succión, se confundía con la cálida presión que sentía más abajo. Una mano de tía Liliana corrió hacia atrás en busca de los glúteos para ejercer mayor presión sobre la cadera, mientras con la otra le apretaba el sexo como si éste fuera a escaparse, dejando su punta al descubierto para poder besarla con una delicadeza rabiosa. De repente el muchacho contuvo la respiración en seco y la mujer abrió bien grande los ojos antes de tragar con dificultad. Ambos se dejaron caer sobre la hierba y así quedaron un largo rato hasta que ella recuperó la compostura.
-Vamos pronto a la casa, no hagamos esperar a las tías- dijo Liliana como si nada-. Hoy has tenido un día largo y de seguro debes estar cansado, nada que un buen baño y una rica cena pueda solucionar.
            De regreso en el caserón el baño no fue bueno ni tampoco rica la cena, al contrario, se hubo de duchar con agua fría tras lo cuál sólo cenaron arroz blanco. Sin embargo, sí pudo comer cuanto quiso del mousse de chocolate que tía Ana le servía en silencio. Nadie más pidió postre y luego todos marcharon a la cama. El muchachito apenas saludó y rápido se internó en la habitación para escapar de las tías aunque una vez dentro se sintió por completo atrapado. Lo sucedido durante el día aún permanecía bien vivo dentro suyo. Y por fuera también, con lo que no pudo encontrar una sola posición cómoda en la cama debido a la contundencia de la erección central de todos sus pensamientos. Desnudo y sexo arriba lo halló tía Ana tras abrir la puerta sin golpear, a lo que se tapó los ojos, pidió perdón y volvió a salir. Golpeó la puerta.
-¿Pasa algo malo, querido?
- No tía, no puedo dormir nomás…
-¿Querés que te cuente un cuento como cuando eras chiquito?- dijo la mujer asomando la cabeza.
- No tía, que va… No, tía, por favor- pero ya era demasiado tarde, se le había sentado a un lado sobre la cama. Entonces no dudó. Repentinamente se destapó hasta las rodillas. Estaba listo.
            Temprano en la mañana lo esperaban en la cocina con un desayuno portentoso que devoró furioso mientras las tías asentían con gusto, comentaban que habría de estar cansado y necesitaba recuperar fuerzas para arrancar bien el día, que dicho sea de paso, iba a ser largo, muy largo. Todo ello como si el escándalo amatorio de Ana y sus gritos y los arañazos y la marca en el cuello no hubiera sucedido. O mejor dicho, como si fueran parte de la tranquila vida campestre. Incluso en plena vorágine sexual creyó oír gemidos que no provenían del interior de la pieza.
            Así transcurrió el fin de semana en casa de las tías. Buscando huevos a la hora de la siesta o recorriendo el maizal por las tardes o durmiendo poco y nada durante la madrugada. Ya hacia el domingo al anochecer, cansado y adolorido, tenía el orgullo tan grande y firme como su jovencita masculinidad, la cual a decir verdad nunca flaqueó ante el embate de las mujeres.
-¿No le hará mal?- insistía preguntando Soledad a tía Ana, y decía- Me parece que se te está yendo la mano.
- Para nada, cincuenta miligramos por porción, como siempre- porfiaba la otra mientras revolvía la mousse de chocolate.

             
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Rey de Reyes


            Entonces fue que lo vió. Allí estaba a un lado, sobre el piso, escondido entre las rocas, pero tan brillante y llamativo que le fue imposible resistirse a él. El niño se aproximó cauteloso sin saber qué hacer y ante su inminente cercanía brilló aún más con una intensidad cegadora que el pequeño llevó su mano peluda al rostro. A sus oídos acudió un susurro:
“Tu eres un hijo de la Tierra, súbdito del Sol. Yo soy su fiel reflejo aquí abajo, yo he de ser tu Dios. Si me llevas contigo cerca de tu corazón, yo te llevaré cerca del mío y nunca más sufrirás mi ausencia. Te daré poder, tierras y crías por montones. Seré el Rey de tu rey, me posaré sobre su cabeza. Seré el Pastor de tu pastor, su báculo, su dirección. Seré tu Norte y el de aquellos que te sigan. Me hallarás bajo la tierra o alto en la montaña, a orillas de un río o más allá del mar, aunque siempre habrás de demostrarme cuánto realmente me quieres a tu lado. Podrás matar y dar vida en mi nombre, llenar tu hogar con bendiciones o hacer monumentos de puro Yo. Me darás mil rostros y colores, pero siempre recurrirás a mi forma original en tiempo de crisis y yo seré el espaldar vivo de tu progreso. Pasaré de manos tantas veces como sea posible ya que así mantendrás cautivos a tus hermanos. Conmigo a tu lado tu hogar y tu cuerpo serán mejores. Tus gritos llegarán más lejos y tú mismo alcanzaras las estrellas. Abre los ojos ahora y cierra la boca para siempre. Nunca podrás evocar estas palabras con las tuyas pero siempre las llevarás impresas en cada latido de tu corazón”.
El pequeño bostezó como despertando luego de un largo sueño. El sol, dorado y brillante como aquella tonta piedrita, se ocultaba tras el horizonte. Era momento de regresar a la caverna.    

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Fetiche


ACLARACIÓN: extracto del libro impreso "INFIERYO", del autor Piedrabuena, editado por Tinta China Ediciones



“Sr. Director:
                    Mediante la presente ratifico lo escrito en el anterior correo que le enviara. Quisiera tres de ellos, pero de no ser posible dos estará bien. Si pueden ser del mismo color mejor. En pares todo es siempre mejor. Y sí, efectivamente Usted ha leído bien. Quiero que me envíe los más pequeños que tenga.
            Esperaba no tener que explicar mis razones pero ya que insiste debo confesarle algo privado y pedirle su futura reserva al respecto. Tengo un problema, me gustan así, chiquititos. He tenido varios ya y no puedo saciarme de ellos. Usted probablemente jamás lo entienda, porque no hay palabras capaces de describir el inmenso placer de querer metérsele adentro, lo apretado que se siente. Cuando son muy pequeños ni siquiera entra todo, pero uno empuja y empuja hasta el fondo por tan sólo un poquito más de ese indescriptible gozo. Una vez tuve uno tan chico que ni los dedos pude introducirle. Disfruto mucho de lavarlos y verlos secarse al sol. A veces solo me contento con verlos tendidos sobre mi cama e imaginarme a mí inmenso, sobre ellos, usándolos.
            Pero no piense que lo mío es puro egoísmo hedonista, pues mientras no los uso personalmente se los presto a un amigo que los utiliza para limpiar la casa, repasar los muebles, los vidrios, incluso él mismo, me ha dicho, se asea con ellos. Por favor no nos juzgue, somos personas de bien, padres de familia, importantes referentes para la comunidad. De ahí la extrema reserva que solicito. Tenga a bien comprender mi situación y enviarme el pedido cuanto antes. Los anteriores ya se han puesto grandes y sinceramente no es lo mismo. Necesito esos calcetines cuanto antes.


Conde Jean Luc Duteil

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Contra viento y marea


Contra viento y mareas alcanzó la costa al primer atisbo del alba. Hacia el atardecer del mismo día había transitado la llanura y se hallaba al pié de la montaña. En la espesa oscuridad de la noche hubo de sortear ríos y riscos, cañones y senderos de intransitables meandros rocosos. Escaló picos nevados y muertos que luego hubo de bajar y caminó por acogedores valles fértiles que hubo de abandonar. Finalmente, allí a lo lejos, pudo ver la tintineante luz de una vela escapando por la rendija de una ventana. La Luna estaba llena en su cenit, observó antes de golpear la puerta. Y la puerta se abrió apenas. Un hombre arrugado de barba larga y blanca tomó con brusquedad el paquete que traía a cambio de unas pocas monedas antes de azotar la puerta.
Desandando sus pasos de regreso a casa no pudo dejar de pensar, otra vez, que aquella era la última oportunidad que le tomaba pedido a ese ermitaño de mierda que no sólo no daba las gracias, mucho menos una puta propina.

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Pino Quemado


ACLARACIÓN: extracto del libro impreso "INFIERYO", del autor Piedrabuena, editado por Tinta China Ediciones

Lo último que siento antes de caer dormido es el mismo e inconfundible aroma a madera quemada que persiste en mi nariz incluso tras despertar, la combustión lenta de pino barnizado. Los demás todavía duermen, nadie se alarmó y mi amanecer es lento y perezoso, como después de una noche de tormenta. El comedor común del refugio a oscuras puede ser un laberinto de sombras duras y peligrosas para quien lo transita sin cuidado de camino a la ficha de luz. Pero no es sorpresa que no ande el interruptor aunque sí lo es que afuera todavía sea de noche según veo por las ventanas. Tal vez el olor a quemado provenga de la caja eléctrica.
-No te gastes- escucho decir en la oscuridad cuando llego a la tapa,- no tiene caso, ya probé.
- Buen día, Henk- saludo al holandés.
- Buenas noches.
- ¿Qué hora es?- pregunto.
- Tarde y temprano a la vez.
- Y ¿qué haces ahí sentado en lo oscuro?
- El calor me despertó, el calor…
- Eso significa que de mate ni hablar- digo preguntando pero el holandés resopla como si estuviera a punto de estallar.   
- No hay gas- dice.
- ¿Tampoco?- pregunto al ver el fondo plateado de la lata de la yerba.
- Hasta el agua parece que se llevaron.
- ¿Quiénes? ¿Nos robaron?
- ¿No viste que se fueron?- me responde Henk.
- ¿A dónde? ¿Cuándo?- pregunto ya de regreso en la habitación vacía, pero no sólo la gente se había ido, también los muebles. Ni siquiera mi cama estaba donde la había dejado hace instantes. Eso era nada, peor todavía, mis cosas, la mochila, la ropa, el dinero y todo cuanto había traído conmigo tampoco estaba.
            Henk no responde a mis gritos. Y su silencio se suma a la perplejidad de la estancia quieta y vacía que todavía huele a pinotea chamuscada. La lucidez viene a mí y salgo corriendo a buscar al holandés que no está por ninguna parte, aunque tampoco reparo en su paradero porque con o sin él voy a correr al pueblo para dar parte a la policía.
- Henk- grito ya fuera de la cabaña- voy a hacer la denuncia.
            El silencio de la noche es la respuesta que recibo. Tal vez el holandés se me ha adelantado. Sin más, ni linterna o abrigo, me lanzo a trotar directo al seno de la oscuridad del bosque guiando mis pasos con el borroso dibujo del camino en mi memoria, cada vez más desdibujado luego de dar vueltas y vueltas en un infierno de árboles secos y muertos. Cansado de estar perdido decido sentarme a esperar el amanecer que no habría de estar muy lejos. Con la luz iba a poder orientarme mejor. Mientras espero pienso en qué hora sería, o cuánto tiempo he dormido si es que lo he hecho en absoluto. O dónde está Henk y los otros. O de dónde proviene ese insoportable olor a quemado que incluso allí en medio del bosque persiste a mi alrededor. Entonces veo las llamas, su intenso naranja titilante en la distancia y no necesito mucho más para darme cuenta que es el refugio lo que se está quemando. Corro con todas mis fuerzas pero al llegar no puedo dar crédito a mis ojos ya que por dentro y por fuera no hay fuego alguno. Al contrario, el lugar está igual a como lo he visto antes de acostarme a dormir. En la habitación el grupo descansa placidamente, mi cama en su sitio, la mochila, la plata, los ronquidos de Henk tan firmes e invariables como el olor a pino quemado que no me puedo sacar de encima. Me tiro sobre el holandés y lo sacudo para despertarlo.
- Eh, ¿Qué pasa? ¿Qué querés? ¿Qué te pasa? Dejame dormir, mierda carajo.
- Pero Henk…
- Dejame dormir, te digo- me ladra y se da media vuelta dejándome allí parado con un incendio de interrogantes en la cabeza.
- Henk…
- ¿Qué carajo querés?
- ¿Sentís olor a quemado?
- ¡No!
- Perdón –susurro para no despertar a nadie más. Y entonces percibo los latidos salvajes de mi corazón que poco a poco vuelven a la normalidad a pesar de mi respiración agitada. Los pies pesados, un calor abrasador por dentro y un sudor frío como la muerte. Ante la tranquilidad de la habitación dormida me contagio con un cansancio abrumador como si no hubiera descansado en siglos. Y pronto la pesadilla queda atrás, no sé, no pienso, no puedo, tengo tanto sueño. Me acuesto, aflojo el cuerpo, me duermo. Pero aún entonces persiste en mí el intenso calor, los gritos desesperados y aquel penetrante el olor a pino quemado.  
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Ajeno a lo Evidente


De Iruya a San Isidro distaban dos horas de caminata por el lecho de un río caudaloso que corría serpenteando un profundo cañón labrado por su paso a través de la montaña, un camino borrascoso que Horacio Gaitán estaba decidido a tomar pese a las advertencias recibidas por los guías que sólo pretendían dinero, cosa que él ya no tenía. Eso no iba a ser motivo para detenerle, pues por delante le esperaba la tan ansiada y tranquila soledad de aquel caserío perdido en medio de la nada; mientras que por detrás, a sus espaldas no sólo Iruya se hacía más pequeño, también un largo mes de viaje por los valles calchaquíes, una empresa iniciada aún más lejos, allá por Entre Ríos.
Los carnavales del litoral; similares a los de Brasil, con su vorágine de mujeres carnosas, batucadas y carrozas; habían dejado tras su paso las calles llenas de papel picado y serpentinas. Por aquellos días fue que su interior supo gestar un irremediable deseo de viajar al norte para conocer un carnaval diferente al suyo, el de los pueblos habitantes de estas tierras antes que extranjeros les llamaran Argentina. Sea por ingenuo o ignorante, Horacio ansiaba hallar una festividad real, autóctona y sin fines de lucro, una celebración en la que el dinero no tuviera lugar como centro de la fiesta. Sin embargo, allí estaba un mes más tarde, caminando a duras penas sobre el rocoso río San Isidro; que nada de festivo y mucho de real tenía el transitarlo, pues la correntada zigzagueante dentro del cañón, obligaba a los caminantes a vadear las aguas constantemente, y en consecuencia, soportar con estoicismo la ropa mojada, o los tobillos magullados por las rocas que el torrente arrastraba consigo.
Quizá era el precio que debía pagar para olvidar que en realidad el carnaval norteño no había sido lo que esperaba, pues por donde había pasado halló hordas de lugareños sumidos en una fiesta incesable de alcohol y chucherías, un tumulto de hombres disfrazados de diablitos liderando multitudes de turistas disfrazados de borrachos. Pero pronto aquel sinsabor se desvaneció de su mente para dejar lugar al temor por la propia vida, pues mientras avanzaba por el río el nivel del cauce comenzó a elevarse drásticamente y el agua corría entonces con fuerza por el cañón en toda su extensión, arrastrando grandes piedras que al chocar entre ellas hacían un sonido nada confortante. La lluvia arribó pronto y mucho antes de lo que pensaba se halló a sí mismo por completo mojado y arrepentido de hacerse caso. Demasiado lejos de Iruya, sin señales de humanidad en los alrededores, con el agua en las rodillas, Horacio escudriñó desesperado las escarpadas márgenes del cañón en busca de un saliente que pudiera brindarle cobijo. Hacia la orilla izquierda pudo ver los meandros de un sendero perderse montaña arriba. Desapareció todo rastro de cansancio en su cuerpo y sin pensarlo se lanzó por aquel camino dispuesto a no detenerse hasta que hallase el pueblo de San Isidro. Y no tardó mucho en hacerlo, aunque una vez en el lugar el abatimiento volvió a él tan pronto como se había marchado.
Por alguna extraña razón el caserío estaba completamente vacío. Puertas y ventanas cerradas, las calles sin vida, la Iglesia abandonada, nada ni nadie en las cercanías, incluso a sus golpes de manos para anunciarse sólo acudió un eco seco y distante. San Isidro estaba quieto, silencioso, frio como un muerto. Ni siquiera los perros del pueblo salieron a recibirlo. Guarecido en una arcada ancha vislumbró que su suerte no podía empeorar más, y resolviéndose a disfrutar aquella miseria pasajera esperó el fin de la lluvia, o mejor aún despertar de un salto en la cama. No podía negar que entonces añoraba Humahuaca y sus artesanos, o la terminal de ómnibus atiborrada de gente donde había adquirido pasaje a Iruya, que pese a haber sido irrevocablemente invadida por el turismo, aún era un lugar acogedor donde un visitante como él podía pagar por un sitio cálido donde disfrutar de sus vacaciones. E inevitablemente, Horacio llegó a pensar que debería haber buscado lo que anhelaba donde hubiera sido prudente mirar en un principio: dentro suyo.
Un repentino grito distante lo sacó de allí de un salto. Y luego otros, como un cántico o arenga compartida por muchos. Sus oídos lo llevaron hasta el lado opuesto del cañón, hacia un escueto sendero en la montaña por el que una multitud de hombres y mujeres a caballo iban camino al río, cantando al son del tam-tam de unos tambores pequeños que cada uno cargaba y tocaba sobre sus monturas. La comitiva cruzó el agua cabalgando y sin más las calles se llenaron de jinetes vestidos de vivos colores que colmaron el aire de risotadas, gritos y coplas mientras uno a uno, los caballos en fila fueron agrupados en un potrero. Los jinetes tocaban y cantaban y compartían chicha mientras conducían las bestias todas juntas, cuerpo contra cuerpo, hacia una espiral concéntrica que los convocaba en su seno. Los que se hallaban por fuera entraban al centro del grupo en movimiento pausado y circular, en tanto otros iban saliendo de la misma manera. Hombres, mujeres y animales, viejos y chicos, perros y caballos, unidos indisolublemente en ritual extático, continuaron copleando y danzando hasta el hartazgo, poseídos por una fuerza mayor y trascendental.
Luego de largo rato todos ellos dejaron sus monturas allí y a pie marcharon juntos a la casa más alta del pueblo, donde el festejo continuaría toda la noche hasta el amanecer, según le explicó una comadre que a su vez le aconsejó denegar cualquier invitación a aquel lugar, ya que no era prudente para él interferir con la festividad del pueblo. Pues a pesar de sus intentos de no ser un turista más del montón, allí en San Isidro, Horacio Gaitán no sólo era otro extranjero tierra adentro, sino también testigo ciego de una realidad ajena a lo evidente. Pues, sin duda alguna, aquellos no eran hombres disfrazados de diablitos festejando el carnaval, aquellos eran diablitos disfrazados de hombres, el carnaval mismo festejando a los hombres.
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Viento que trae la lluvia

ACLARACIÓN: extracto del libro impreso "INFIERYO", del autor Piedrabuena, editado por Tinta China Ediciones

Al atardecer el viento que trae la lluvia acudía a golpear la ventana para anunciar el inicio del ritual cotidiano, el crepitar del fuego, el dulce aroma de la pipa que de inmediato los transportaba hacia la oculta cabaña sobre la colina en un fraterno abrazo silencioso de melenas y taparrabos. El extranjero aparecía entonces y allí comenzaba  la pacífica violencia en la que piezas blancas y negras en eterna sucesión nocturna iban del tablero a la caja y de regreso, mientras esporádicos comentarios apenas rasgaba el silencio con palabras ininteligibles propias de un lenguaje de ensueño que los recién llegados entendían no a través de sus oídos. Su mano derecha paseaba sobre las fichas materializando en gesto lo que ocurría en su cabeza, pero a pesar de la imprudencia aún así cada tanto aquellos le veían saltar en su sitio jubiloso, más dado al convite de jugo morado para sí y su contrincante, que bajo la apariencia de incauto principiante escondía la pericia de quien practica ciertas ciencias fácticas para el resto desconocidas.
Suponían que aquel, familiar en aspecto a los visitantes, era el señor de la cabaña pues siempre los recibía con un acto reverencial ante las llamas del hogar donde permanecían horas compartiendo humo, calor y conocimientos. El otro en cambio, el extranjero, iba y venía esquivo como Luna, ajeno a ellos, indiferente. Tenía la cabellera del sol, y su ropa, ceñida al cuerpo como enredadera. Al igual que los otros visitaba la cabaña en  épocas en que los vientos lluviosos del Oeste traían consigo un tropel de días grises; o acaso el mismo y único amalgamado por el cotidiano ritual en la queda monotonía de la lejana cabaña llena de pasatiempos, charlas y meditaciones en tránsito tardo como el derrotero de las espesas nubes, que apoyaban la barriga sobre la tierra y serpenteaban colina abajo para finalmente disolverse en el valle cuando éstas no preferían quedarse por allí a ser ordeñadas por los árboles  del bosque entonces fundido con el cerro en la blanquecina distancia. Los animales y el tolderío se desdibujaban a lo lejos perdurando sólo en el ámbito del recuerdo. La cabaña parecía ir y venir con las nubes o esconderse dentro de ellas, las nubes que buscaban refugio en las habitaciones y quedaban alojadas por horas a descansar luego del largo viaje. Era usual escuchar al extranjero perder el rumbo en la pequeña y única estancia, o decir que veía visitantes de la bruma pasearse por allí como invidentes absortos. Incluso él mismo muchas veces iba y venía con la llegada de las nubes y, aunque todos conocieran muy bien la naturaleza de su presencia en la cabaña, hubo quienes llegaron a pensar que el extranjero no existía siquiera. Que no era parte real de aquel lugar, que tal vez era el sueño de una nube, o el sueño de un sueño.
                Cierto día nebuloso el extranjero y el dueño de la cabaña la abandonaron. Los visitantes fueron tras ellos rumbo al corazón de la bruma para finalmente hallarlos no muy lejos, donde antes se hallaban las tolderías, escudriñando una serie de antiguas construcciones circulares y cuadradas, grandes y pequeñas, dispuestas de modo tal que sugerían el paso y vida de los hombres de la tierra en tiempos también sumidos en la blanca nebulosa de las ruinas del olvido. Escondidos tras matas y rocas observaron al dueño de la cabañaza encender una hoguera que presintieron hecha en honor a ellos, mientras el extranjero se paseaba por el sitio en silencio respetuoso y contemplativo, tan familiarizado con sus recovecos que en la neblina llegaron a confundirlo con uno de ellos mismos. El dueño de la cabaña bailaba a la par de las llamas invitando al aquelarre a la tierra, el agua y el viento. Y lo vieron bailar como bailan los árboles con el viento que trae la lluvia, y lo vieron ser árbol, lo vieron ser viento. Y fue nube y lluvia, fue olor a tierra húmeda, y raíz-hoja-fruto. Fue bestia, fue hembra, macho y cría. Fue viejo, muerto y putrefacción. Fue barbarie y civilización.  Fue tiempo, y fuego.
“Vientoquetraelalluvia”, vociferó el naranja fogón movedizo, “sal de ahí, ven a mí”.
“¿Eres tú, sabio brujo?”, preguntó el muchacho todavía escondido en la neblina.
“El viaje ha concluido” repuso el brujo. Y Vientoquetraelalluvia regresó a su lado.
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La Casa de Elsa

Lo vi entrar a la casa por primera vez cerca de la media tarde, cuando el polvo suspendido en el aire suele hacerse visible a la luz filtrada por la ventana del vestíbulo. Su llegada me tomó por sorpresa ya que nunca antes lo había visto. Era el nuevo propietario, lo escuche decir por teléfono mientras recorría los interiores. Aparentemente había comprado aquel viejo caserón a puertas cerradas pues su bajo costo, a pesar de estar por completo amueblado, le presentaba un negocio irresistible. Recuerdo el asombro en su rostro mientras recorría las habitaciones una a una, sin convencerse de no haber sido victima de sus impulsos o de algún tipo de treta, pero la propiedad era por dentro tan seductora como por fuera, decía. Acariciaba los muebles escondidos bajo un denso manto de polvo para descubrirlos exquisitos. Pronto halló que estos guardaban aún las pertenencias de su antiguo propietario: adornos, ropa, vajilla, recuerdos; toda una vida plasmada en la acumulación de tonteras innecesarias. Días más tarde oí a los vecinos comentarle que el difunto tenía un único pariente lejano, al parecer tan apretado en cuentas que vendió la casa con la totalidad de su contenido.
Sin duda alguna la compra había sido el mejor negocio de su vida, dijo al teléfono durante una afable conversación con un conocido al que prometía enviar un lote de antigüedades para remate a la vez que escudriñaba el interior del mobiliario. Entretanto sumaba el valor de lo que no iba a la basura y luego llamaba a una empresa de mudanzas, esperanzado en dar con algo que valiera más que toda la casa y su contenido juntos. Pero nada llamó su atención más que un antiquísimo daguerrotipo que capturaba el frente de la propiedad en su época de esplendor. Lo desempolvó cuidadosamente antes de quitar el marco para descubrir que no guardaba fecha alguna. Con una sonrisa que no le cabía en el rostro, volvió a enmarcar la imagen y marchó a la cama con ella bajo el brazo. De igual modo abandonó la casa rumbo al pueblo el día siguiente bien temprano en la mañana y recién al mediodía volvió silbando vivaz.
Entonces lo vi detener la marcha en seco, palidecer súbitamente, tenía el rostro desencajado y sus ojos fijos en la ventana izquierda del segundo piso. Una niña golpeaba el vidrio con desesperación y gritaba a viva voz como si su vida dependiera de ello. Se abalanzó al interior y sin pensarlo subió de un salto las escaleras pero halló la habitación quieta, silenciosa. Aguzando el oído para distinguir cualquier nimio sonido por sobre el crujir de las maderas del piso, recorrió el caserón y más allá, el patio y luego la calle, donde terminó por convencerse de que algún tonto niño del barrio le había jugado una mala pasada. Sin más volvió al interior de la casa preocupado por otros asuntos de mayor importancia pues iba a necesitar un susto peor para olvidarse del negocio que tenía entre manos. Según había averiguado en el pueblo, su nueva casa de arquitectura victoriana había sido construida cerca de mil ochocientos noventa por descendientes de un mercader inglés de la Buenos Aires colonial, dijo al teléfono. La propiedad había permanecido en la misma familia, aunque presuntamente deshabitada, hasta la guerra de Malvinas cuando pasó de manos por primera vez. Desde entonces hasta la fecha, una y otra vez fue adquirida y vendida tantas veces que el listado de los sucesivos propietarios completaba dos carillas del documento suministrado por la oficina de catastro municipal. La construcción era prácticamente un monumento histórico y como tal tendría un precio a su medida, aseguraba antes de cortar.
El resto del día, la casa vivió una de sus jornadas más activas en mucho tiempo pues el recién llegado tenía apuro por vaciar los muebles aun cuando no disponía de cajas para hacerlo. La larga mesada de la cocina recibió el grueso de los adornos, recuerdos de viajes y utensilios cotidianos. La ropa del difunto en cambio fue puesta en bolsas de residuos y luego arrumbada en el coche hasta llenar su espacio interior. Muy distinto fue el destino de las fotografías y  los cuadernos, o todo un papelerío de anotaciones, cuentas y facturas que fueron a parar a las fauces del fuego. Con el atardecer dio por concluida la labor y abandonó la casa rumbo a lo del vecino más cercano donde preguntó por la parroquia. Luego no volví a verlo hasta la madrugada, con el auto vacío y el vientre tan lleno de alcohol que hubo de subir las escaleras aferrándose a la baranda. En la recamara se desplomó boca arriba sobre el indómito carrusel que era su lecho. Antes de caer rendido observó el daguerrotipo pero entonces sintió perder la borrachera casi por completo. En la imagen pudo ver la misma niña con cara de horror que había visto en la mañana en la ventana izquierda del segundo piso. Pero en el acto desestimó todo el asunto. Tal vez la imagen de la niña estuvo en el daguerrotipo desde el principio sin que él lo advirtiera. Era probable que haya quedado en su mente para luego resurgir ante sus ojos somnolientos aquella mañana. Logró convencerse en voz alta de que no había otra explicación más lógica y racional que la recién pergeñada pero no pudo conciliar el sueño hasta momentos antes del amanecer. A mediodía volví a verlo, cuando llegaron dos camiones de mudanza y dieciséis pares de manos que fueron recibidas con mala cara. Entretanto, y durante las siguientes seis horas, supervisó a los hombres llevando el daguerrotipo consigo, mientras al teléfono repetía una y otra vez las maravillosas virtudes arquitectónicas de un caserón victoriano histórico de dos plantas con todos los servicios, amplio parque, sótano luminoso, barrio seguro, valor accesible. Finalmente, tras los camiones también partió el sol y el nuevo propietario se halló por completo solo, entonces rodeado de adornos y pequeñeces sin lugar definido. Jamás he visto la casa tan desordenada.
El nuevo dueño no cenó y marchó a la cama temprano sin desprenderse un instante del daguerrotipo. La niña en la ventana continuaba estoica con su profunda expresión de horror, pero ya no en la vieja imagen sino en su memoria, pues cada vez que cerraba los ojos la imaginaba con la misma intensidad que la había visto golpeando y gritando como si se le fuera la vida en ello; como si aquel hombre que la miraba desde la calle fuera a salvarla, pero mientras más gritaba más sordo se hacía su alarido. Un llanto terrible y desgarrador lo despertó aterrado, aunque más temor sintió al darse cuenta de que había sido suyo. Tras los primeros rayos de sol lo vi salir a la calle con evidente apuro y volver poco después con el coche cargado de cajas de cartón y cajones de madera. No estacionó en el garaje como siempre, por el contrario detuvo el coche en la vereda de enfrente desde donde presenció un macabro espectáculo. Tal como lo había visto antes, una niña horrorizada gritaba y golpeaba la ventana con fuerzas. Pero entonces vio una anciana acercarse por detrás y blandir una hachuela sobre su cabeza.
            Aquello no ameritaba más que llamar a la policía y esperar hasta que arribaran. Sin embargo, ni los efectivos policiales ni él mismo pudieron hallar nada llamativo una vez que ingresaron. No pudo hacerles entender ni mucho menos eludir la reprimenda que éstos le propinaron. Tan pronto se halló nuevamente solo corrió hasta el daguerrotipo y con espanto observó una anciana donde antes había visto a la niña. Preso de un apuro visceral descargó del coche las cajas en el living para atiborrarlas de adornos y recuerdos sin reparar en proteger las piezas más delicadas. Sólo por divertirme a su costa me acerqué todo lo que pude sin ser notado y tan pronto como él giró para buscar más adornos yo quité algo de la caja y lo dejé a un lado, sobre el piso. Entonces lo advirtió, pude verlo en su rostro, su mandíbula tensa, los puños cerrados, le vi la piel de gallina. Permaneció inmóvil en su sitio como un animal indefenso que olisquea el aire sabiéndose acechado, aguzando el oído para escuchar más allá del silencio. Algo andaba mal con aquella casa, lo escuché decir en voz queda. Sin más tomó el daguerrotipo, partió rumbo al pueblo y no volví a verlo por el lapso de dos días completos.
Esta vez en cambio, no vino solo, trajo consigo una mujer que no me gustó nada desde el momento en que la viera, por lo que mantuve cierta distancia desde donde los pude ver charlar largo y tendido en la vereda, mientras observaban el daguerrotipo a la vez que señalaban las ventanas del segundo piso. Finalmente ella tomó la imagen e ingresó al caserón cargándola bien apretada contra su pecho, tenía los ojos apenas entreabiertos, la respiración profunda, rítmica, sostenida. La mujer, loca o poseída, daba pasos cortos en un lento deambular contemplativo por cada habitación mientras entonaba graves balbuceos sin sentido. Entretanto, el dueño de la casa esperaba pacientemente en la calle, cuya paciencia se agotó al cabo de tres horas de un silencio sospechosamente ininterrumpido. Apenas inclinado hacia el interior, gritó su nombre sin recibir respuesta. Armado con un martillo que tomó de su coche, ingresó al caserón presto a todo aunque en la planta inferior no halló ni el más mínimo rastro de vida. Por las escaleras descendía el pachuli de la señora que pudo distinguir aún con mayor intensidad una vez que en el segundo piso. El aroma provenía de la puerta del closet al final del pasillo donde percibió un débil sollozo. Llamó suavemente antes de abrir la puerta, pero se abalanzó sobre él una furia de arañazos, mordiscos y maldiciones tan  llenas de odio y terror que apenas pudo defenderse. Caído en el piso creyó ver a la mujer salir corriendo en zigzag y desaparecer estrepitosamente escaleras abajo. Luego absoluto silencio, la casa había vuelto a la quietud que la caracterizaba.
Hecho un ovillo sobre el suelo, se preguntaba si aquel absurdo había en realidad sucedido, si realmente había un daguerrotipo con una nena y una vieja, o si en verdad él estaba hecho un ovillo en el suelo preguntándose aquello. Pero no necesitó alzar la vista para una respuesta, tan pronto abrió los ojos halló el daguerrotipo debajo suyo, partido en dos. En los trozos de la  imagen vio también a la niña y a la vieja, y en el umbral de la puerta principal una mujer desparramada en medio de un charco negro. Entonces descubrió el rojo en sus manos, en el martillo y su ropa, todo a lo largo del pasillo rumbo a la escalera. Y abajo, en efecto, la mujer muerta. Era hora de marcharse, echar llave, no volver jamás, decía en voz alta.
Pero lo hice reflexionar. Una mujer muerta decoraba el frente de la casa, tenía la cabeza destrozada por un martillo cubierto de sus huellas. Una mujer muerta que él mismo había llevado, que lo atacó a mano desnuda dejando marcas en su rostro, sangre en su ropa, el piso, todo el sitio. Y los gritos y los vecinos y esos estúpidos policías que no le creerían nada aún cuando dijera la más absoluta verdad o inventara la coartada perfecta, pues todas las aristas de aquella instancia estaban en su contra; le oí repetir mientras daba vueltas en el mismo lugar, al pie de la escalera en la planta alta, viendo cómo el gran charco escarlata que rodeaba al cadáver crecía en diámetro hasta los primeros escalones y comenzaba a treparlos lentamente en su dirección.
Aquello detuvo su rumiar. Saltó a la planta baja esquivando la sangre y tomó a la mujer por los pies para arrastrarla hacia la estancia más alejada de toda puerta o ventana al exterior, cuyas persianas y cortinas fueron cerradas en el acto. Volvió al porche y tapó con una alfombrilla la poca suciedad que alcanzó el exterior. Cerró la casa tras de sí y partió en el coche rumbo al pueblo. Regresó de inmediato y estacionó detrás de la casa desde donde ingresó cargando dos bidones llenos cuyo contenido fue rociado sobre el piso y el cuerpo de la mujer con suma diligencia. Entonces lo vi sostener ambos trozos del daguerrotipo a poca altura de un encendedor. Allí estaba el magnífico caserón victoriano capturado en el tiempo en su mejor época, pero no pudo ver en él a la niña, tampoco a la vieja ni a la mujer muerta, en cambio sus ventanas alojaban una titilante tonalidad naranja cálida y creciente que al instante se convirtió en fuego y devoró el daguerrotipo desde adentro hacia afuera. El último propietario soltó la imagen en llamas y yo trabé las puertas.