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Estoy aburrido…


Estoy aburrido de mi vida…
Pero no de la mia, sino de la vida en el planeta tierra…
Estoy aburrido de caminar por la naturaleza y que lo natural sea ver campos alambrados, completamente pelados, carentes de vida, pero tan fértiles que lo único que crece es una leguminosa color verde dolar…
Estoy aburrido de que el único territorio virgen a conquistar se halle adentro nuestro…
Estoy aburrido de que la única manera de vivir una aventura sea pagando para sentarme en una butaca frente a una pantalla…
Estoy aburrido de mirar la televisión y darme cuenta que nada de lo mostrado me estimula a sentirme vivo…
Estoy aburrido de que los niños ya no tengan imaginación, que sean incapaces de jugar y entretenerse por si solos…
Estoy aburrido de que la única manera de salvar la tierra de su destrucción sea sentado frente a una consola de videojuegos…
O con mucha suerte, haciendo donativos a una empresa…
Estoy aburrido de que la diversión adulta esté sistematizada, limitada al fin de semana, que consista en salir a enajenarse con drogas y alcohol, música a todo trapo, en un constante coqueteo con el sexo opuesto que nunca se concreta…
Y que cuando se concreta automáticamente me doy cuento que ESO no era lo que buscaba…
Estoy aburrido de que todos los avances de la ciencia se apliquen para quitarnos dinero…
Estoy aburrido de que el dinero nos quite salud…
Y que recuperar la salud nos quite dinero…
Estoy aburrido que me quieran bombear el deseo de sentirme especial, diferente, único, ¿Cómo podría serlo cuando todos quieren serlo?
Estoy aburrido de que la vida común y respetable sea estudiar, trabajar, casarse, tener hijos, morir viejo…
Estoy aburrido de festejar el nacimiento de una persona que vivió hace 2000 años atrás, y un año nuevo que corresponde al cambio de ciclo del hemisferio norte…
Estoy aburrido del silencio, de no poder gritar o bailar o cantar o decir te quiero a un total desconocido…
Estoy aburrido de sentir desconfianza por las calles…
Estoy aburrido de que me digan quien es el enemigo…
Estoy aburrido de oir que si se viene el fin del mundo bien merecido lo tenemos, que somos muchos en el planeta, que ya no cabemos…
Estoy aburrido de ver publicidades en cada centímetro cuadrado disponible, que ya no me vendan productos sino sentimientos, de que todo tenga un precio…
Estoy aburrido de no poder hallar una salida al sistema, de sentir que es el aburrimiento o el aislamiento arriba de una palmera…
Estoy aburrido…
Quiero olvidar todo aquello que me han dicho es lo correcto…
El planeta era un vergel, lleno de alimento, lleno de hierbas que solían ser nuestros medicamentos…
Hemos convertido nuestro vientre materno en una fría y metálica incubadora…
Que feo…
Quiero olvidar todo eso…
Salir a jugar, pasar el tiempo, probar algo nuevo, matar este aburrimiento…
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Bibliocidio




ACLARACIÓN: extracto del libro impreso "INFIERYO", del autor Piedrabuena, editado por Tinta China Ediciones




Muerte a los libros,
los quiero ver desaparecer,
que corran de mano en mano
hasta que las tapas, ya gastadas,
caigan marchitas.
Que no haya costura ni prensado
que soporte la acometida
de la eterna aventura leída una y otra vez.
Que mil manos y mil ojos
tornen tus bordes rugosos
y tus páginas amarillas.
Sin descanso ni respiro,
jamás hallarás reposo
ni verás biblioteca o repisa.
Que mil miradas de fuego
quemen tus historias hasta las cenizas,
que se caigan tus hojas,
que tu mensaje sea un enigma.
Muere libro,
cumple tu cometido.
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Mirando el cielo

ACLARACIÓN: extracto del libro impreso "INFIERYO", del autor Piedrabuena, editado por Tinta China Ediciones


La persiana metálica de la farmacia siendo izada, el perro de la plaza sentado en la puerta de la panadería, la empleada del abogado barría la vereda, el jardín de infantes cobraba vida y Don Toribio Posso daba de comer migajas a las palomas cuando un punto diminuto y oscuro surcó el cielo sobre ellos para convertirse después en una blanca nube pesada que ante la mirada absorta de la gente descendió al pueblo cubriéndolo todo con una gruesa capa de fino polvo que permaneció incluso por horas flotando en el aire en forma de neblina, siendo imposible no respirarla y para cuando tomaron conciencia de lo que sucedía ya era demasiado tarde: todos estaban perdidos.
Presa de un impulso incontrolable la gente comenzó a limpiar el pueblo hasta que no quedara rastro alguno de la suciedad y en su afán por desempolvar más y más y cada vez más se mataban los unos a los otros; ya sea por veredas sin barrer o canaletas sucias o perros blancos de mugre que una vez limpios escapaban a revolcarse en el piso y debían ser bañados otra vez. Grandes y chicos, hombres y mujeres, todos querían limpiar el poblado sin importar dónde, con quién, cómo o a qué precio siempre y cuando hubiera tan solo un poco de polvo por quitar. Uno vio la beta comercial y decidió cobrar entrada a su gran jardín donde había mucha suciedad, con el dinero recaudado adquirió más inmundicia para sí mismo. Otro se volvió paranoide y comenzó a gritar que estaban siendo invadidos por los Ellos, luego se tiró de palomita del techo de la parroquia. Nadie lo notó.
Tres días con sus tres noches duró el frenesí higiénico y una vez concluida la tarea los que quedaban en pie se miraron las caras y sintieron vergüenza de sí mismos, del salvajismo inhumano en el que estaban sumidos. En silencio cada uno se retiró hacia la privacidad de su hogar para hundirse en un pozo de recriminaciones y culpas del cual saldrían días después. Todo volvió a la normalidad. Nada fue publicado en los medios, nunca se volvió a hablar del tema. Desde entonces las nuevas generaciones se preguntan por qué sus abuelos pasan tardes enteras mirando el cielo.
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“El Misterio de la Orquesta Vueltamanzana”

ACLARACIÓN: extracto del libro impreso "INFIERYO", del autor Piedrabuena, editado por Tinta China Ediciones



Historia Universal de la Música Progresiva
Volumen IX – Capítulo 18- Apéndice B
Música, Psicodelia y otras hierbas:
“El Misterio de la Orquesta Vueltamanzana”

No menos que curiosos son los hechos bochornosos que tomaron lugar alrededor de la Orquesta Vueltamanzana durante su corto período de vida. Y hemos creído que el presente volumen jamás estaría completo sin una referencia, aunque breve, a éste enigmático hito de nuestra música popular. A decir verdad pocas son las fuentes que permiten reconstruir lo sucedido por aquellos años de locura que pasaba nuestra querida patria, pero nos hemos valido de todas nuestras posibilidades para tratar de transmitir un reflejo fiel, cuando menos parecido. Mucho de lo que sabemos hoy día sobre ellos quedó registrado en un diario íntimo escrito por un seguidor de la banda, diario que fue publicado en su momento y se convirtió en el best-seller que hoy conocemos bajo el rótulo de “Crónicas épicas de una vuelta a la manzana” y del cual extraeremos algunos pasajes a modo ilustrativo.
Desconocemos el origen de la agrupación, pero sabemos que la formación inicial constaba de nueve músicos. Según las “Crónicas…” la orquesta comenzó haciendo presentaciones formales en salones destinados a tales fines; constando el show de dos tiempos. Una primera parte, cuyo contenido era un repertorio académico fruto de años de estudio y experiencia en las ciencias musicales, exposiciones en las cuales era común que el publico permaneciera sentado y aplaudiera entre tema y tema durante el lapso de casi una hora completa. Luego de éste segmento tomaba lugar el intermezzo que aparentemente bautizaba con nombre y apellido al grupo musical. Citamos: “…recuerdo bien cómo la Orquesta Vueltamanzana acostumbraba a realizar un obligado recorrido ritual antes de tocar; sea ensayo, zapada o espectáculo público. Daban una vuelta a la manzana, sí señor. Así de simple era la cosa. Una vuelta manzana, para inspirarse quiero creer porque así es como volvían. Yo los vi, yo estuve ahí…”(Ver pag. 71 “Crónicas…”).
También dice: “…No más de veinte minutos duraba la vuelta, y una vez terminada regresaban al salón a las risas, abrazados unos con otros, algunos de ellos con el torso desnudo y verdaderamente algo risueños y más dados a las abstracciones propias del quehacer creativo de la música. Sin apuro y en desorden volvían a sus respectivos lugares sobre el escenario, aunque era común verlos cambiar de instrumentos antes de comenzar con la segunda parte del espectáculo. Y aquí todo cambiaba...”(Ver pag. 22 “Crónicas…”).
Nuestros eruditos aún hoy discuten la naturaleza de éste rito, misterio en el que no ahondaremos dado que no es el propósito del presente estudio. Sin embargo, lo concreto es que las “Crónicas…” ponen en evidencia los resultados obtenidos de dichas prácticas:  “…luego de la vuelta a la manzana generalmente era la percusión quien tomaba la iniciativa con ritmos lentos y primitivos que se volvían más y más complejos a medida que los demás instrumentos se iban sumando en una creación musical progresiva que jamás volvían a repetir y que se podía extender hasta cuatro horas consecutivas”(Ver pag. 196 “Cronicas…”).
Lo extraño, lo que llama la atención a los ojos de la modernidad es lo que estos ritos suscitaban en el público presente. Veamos:
“…los pies de los espectadores, que no podían evitar moverse al son de la orquesta Vueltamanzana, golpeaban el piso rítmicamente haciendo vibrar todo el lugar, y los instrumentos de cuerda elevaban el movimiento de los pies al corazón; y los cuerpos conmovidos, antes inmóviles, ahora aplaudían y silbaban y gritaban y bailaban en un frenesí musical que crecía y crecía hasta que ni los vecinos ni la gente curiosa que pasaba por el lugar podía evitar sumergirse en aquellos hipnóticos sonidos. Era increíble ver a la orquesta tomar el poder de sus espectadores, pero yo lo vi, yo estuve ahí”(Ver pag. 135 “Crónicas…”).
Según las “Crónicas…”, estos sucesos provocaron el crecimiento en popularidad de la orquesta, crecimiento que se prolongó durante un tiempo, aunque desconocemos el lapso real de dicho proceso. Sin embargo, todo indica que llegado el éxito, la orquesta tomó otro rumbo bastante diferente al que traía. Las “Crónicas…” dicen: “…las vueltas a la manzana se hicieron en un principio cada vez más prolongadas y luego más frecuentes: antes, durante y después del show. Con el tiempo el espectáculo sufrió algunos cambios, la primera parte de la presentación fue removida  y los intermezzos eran cada vez más largos. Esto también caló profundo en los músicos y sus instrumentos. Una vez, luego de la vuelta, equivocaron la puerta del salón e ingresaron en una casa particular donde continuaron tocando toda la madrugada para el dueño de casa y su familia, que atónita observaba nueve individuos revisando la cocina y el garaje en busca de instrumentos mientras improvisaban con voces, pies y manos”.(Ver pag. 250 “Crónicas…).
Según relata la fuente consultada, no pasó mucho tiempo hasta que éstas equivocaciones se hicieron frecuentes y fue decisión unánime dar la vuelta a la manzana con los instrumentos a cuestas lo cual de algún modo repercutió en los seguidores. “…El público comenzó a seguir a la orquesta en sus recesos por miedo a perderse la segunda parte del show, aunque la música también fue parte de los intermezzos. Puedo dar fe, he sido testigo. Todavía hoy puedo ver en el recuerdo aquellos nueve músicos encabezando una multitud frenética mientras tocaban dando la vuelta a la manzana. Yo lo vi, yo estuve ahí”.(Ver pag. 629 “Crónicas…”).
Por alguna razón que escapa a nuestro ingenio, y que el autor de las “Crónicas de una vuelta a la manzana” no logra explicitar, ésta situación se hizo insostenible con el tiempo, lo que caló hondo en la estructuración original de la orquesta. El siguiente extracto lo refleja con seriedad: “El colmo llegó con la renuncia del representante quien tiró la toalla luego de una zapada de tres días que comenzó en el bar de Don Domingo, pasó por un velorio y sumados al cortejo fúnebre acompañaron al difunto hacia su morada final pero camino al cementerio entraron en un cumpleaños de quince donde tocando comieron y bebieron y bailaron hasta el hartazgo para terminar la mañana siguiente en un bautismo que fue suspendido por el descontrol y el olor poco agradable que despedía el ataúd que los venía siguiendo las tres noches anteriores. Fue la policía quien puso fin al asunto, aunque en realidad sólo echaron más leña al fuego. Una turba iracunda se agolpó a las puertas de la comisaría donde los músicos seguían zapando en el interior de un oscuro calabozo. Y el desquiciamiento de la multitud fue inevitable. Y finalmente todos felices bailaron al compás de la orquesta sobre los escombros del edificio derrumbado. Yo lo vi, yo estuve ahí”.(Ver pag. 2 “Crónicas…”).
Ignoramos lo sucedido después, dado que la fuente consultada divaga sobre cuestiones personales que no vienen al caso. En cambio, sabemos con firmeza que todo concluye una noche de lluvia torrencial, cuando la orquesta decidió dar la acostumbrada vuelta a la manzana incluso bajo el agua. Pero el público decidió que aquella velada era oportuno esperar. Nadie nunca los volvió a ver.

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ACLARACIÓN: extracto del libro impreso "INFIERYO", del autor Piedrabuena, editado por Tinta China Ediciones


“Cuando sea grande quiero ser mate” fueron sus primeras palabras ante una familia atónita que mucho antes siquiera de ser brote querían podarlo. Pero a pesar de las lluvias, el frio y fertilizantes varios, el pomelo Martin Antonio de la Guadalupensteinvichmann creció fuerte y sano en las fincas del Don Señor Von Misterlord. Ya siendo un pomelo robusto en el que despuntaba un naranja rosado de madura plenitud seguía sosteniendo aquel absurdo sueño que no le había sido dado en gracia. “Pues nada propio de un pomelo ser mate, esas cosas están destinadas a otros frutos de la naturaleza”, le dijo con severa reprobación el pomelo Ishwar Yatin Boddhisarna, el ermitaño que vivía en la rama más alta. Pero Martin Antonio, “Martonio” para sus amigos (su único amigo, el mangangá mimoso que lo picaba), nunca cedió a su sueño, aunque lloraba escondido por la noche. “No seas artista”, le gritó un grillo insomne y rompebolas, “que lo que te cae es rocío”. Y Martonio llegó a desear no haber nacido pomelo, o caer del árbol, o tener manos para poder usar una pistola. Revuelto en pensamientos que jamás hubieran pasado por la cabeza de otro pomelo sobre la tierra del santo señor don Dios, ésta siguió girando y el sol y las lunas parecían dar vueltas alrededor de ella tan rápido que cuando llegó el día de la cosecha Martonio estaba mareado y confundido. Así, de repente, se encontró a sí mismo arrancado de su árbol natal para siempre y comenzó para él, y para todos los demás pomelos de la plantación, el viaje místico de sus vidas.
Todo el pomelaje junto entonaba un cántico victorioso que relataba las aventuras del pomelo profeta que dejó atrás su hogar y peregrinó al paraíso. El regocijo era general, no compartido sólo por Martonio quien tenía ciertas dudas sobre el tema. O el coro a destiempo, o algo. Pero nadie le dio bola y felices encararon las peripecias que los llevaron del verde campiña al gris cemento concluyendo finalmente en un gran edificio jamás visto por ninguno de ellos. Personas de todas las clases iban y venían. Poco a poco comenzaron a notar que la gran reunión de los pueblos Pomelo era separada en pequeñas partidas y una a una iban desapareciendo. Martonio comprobó sus sospechas cuando fue separado de su familia y terminó en un cajón de madera en una verdulería anexa a un supermercado cuyos dueños miraban con sospecha y hablaban otra lengua, ahí por Caballito. Jamás sintió tanto miedo en su vida.
Y lo que el profeta llamara paraíso, era en verdad el mismísimo infierno. El cajón de los pomelos fue puesto sobre la vereda, donde no sólo hubieron de soportar las inclemencias del tiempo, también las del progreso. Y desde allí tuvo una imagen certera de la locura y el caos reinante. Cebollas, papas y coliflores, blancos de miedo, nunca dijeron palabra. Las mandarinas en cambio se cagaban de risa; las naranjas, más serias ellas, se reían a secas. Bananas y pepinos se guiñaban los ojos unos a otros por razones que el pudor calla. Las berenjenas elevaron una proclama de revolución y libertad que nadie escuchó. Las frutillas no hablaban con nadie pues se creían de la crema y los pomelos hermanos de Martonio seguían sosteniendo su sueño. Uno de ellos, adepto a las enseñanzas del ermitaño Boddhisarna, supo confesarle cierto día una enseñanza de su maestro que rezaba que las puertas de entrada al paraíso son las puertas de salida del infierno. Esa misma tarde una vieja preguntó “qué tal los pomelos”, “pipí-cucú” dijo el verdulero, agarró al adepto y lo cortó al medio. Desde entonces todos ellos tuvieron una visión menos poética del paraíso prometido y se volvieron escépticos sobre su futuro. Martonio no pudo evitar caer en la más profunda depresión. Y durmió un largo sueño hermoso en el que nacía porongo, era cosechado por un viejo artesano que lo pulía y lo dejaba divino, luego vendido a una hermosa joven estudiante de psicología que se ponía de novio y lo regalaba a su suegra, que encantada con la nuera, le dio lastima usar el regalo y lo dejó hasta el día de su muerte inmóvil en una repisa. Martonio despertó en un grito de aquella horrenda pesadilla y rogó al dios pomelo que también ponga fin a su vida. Pero todos sabemos que Dios hay uno solo. Y ese es el nuestro. Y definitivamente no es un ningún pomelo. Por eso Martonio no recibió respuesta y hubo de quedarse allí viendo como sus hermanos, uno a uno, eran llevados hacia lo desconocido.
Un muchacho de olor sahumerio vino un día. Deambulaba por la calle cuando lo vio a Martonio tan triste y sólo que decidió llevarlo consigo. Ya en su hogar lo guardó en un cajón invernal donde el pomelo durmió en la criogenia tecnológica de una heladera de  los setenta. Y Martonio no tuvo que sufrir tristeza o felicidad alguna, ni anhelos ni temores. Y el no sentir, aunque no lo haya sentido, fue un buen descanso para el afligido pomelo.

Finalmente se despertó un día, recostado sobre la mesada de la cocina. Una mano lo sostenía horizontal al piso, en la otra pudo ver un frio metal que lentamente fue cercenándole la tapa de los sesos. Luego una gruesa cuchara fue introducida en sus entrañadas para removerlas y el pomelo Martin Antonio de la Guadalupensteinvichmann experimentó la muerte más horrenda jamás vivida por un cítrico. Agonizante vio su vida pasar frente a sus ojos y no pudo evitar maldecir al iluso adepto y a su maestro, al profeta, su familia, al árbol, a la finca. Y no se fue de este mundo sin antes maldecir al muchacho verdugo, quien sacó la pava del fuego, le puso yerba y se tomó unos buenos mates. 

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Gallardo

ACLARACIÓN: extracto del libro impreso "INFIERYO", del autor Piedrabuena, editado por Tinta China Ediciones


La ausencia lunar hacía la noche impenetrable, pero aquel jinete ponchoalviento conocía la estrecha senda tanto como a su propia hombría; la misma que lo impulsaba raudo por la madrugada de pedregullo. Pudo divisar la débil luminiscencia que despedía el pueblo donde todos son primos no bien empezó a sudar el padrillo bajo sus piernas, aceleró el tranco tragando amargo; porque si un lugar odiaba sobre la faz de la tierra ese sitio era sin duda alguna el pueblo donde todos son primos. Y él era el único culpable de su existencia. 
                Mucho antes de lo que esperaba supo hallarse a las afueras del caserío ya dormido. Detuvo el ruidoso galope y transitó las calles a paso de hombre, sobre el césped de las veredas para acallar los cascos de la bestia. Sigiloso dobló en la esquina del almacén y allá lejos donde el pueblo se vuelve campo alguien lo vio desmontar a la puerta de la última casa.  Ató el caballo a un poste, hizo el poncho a un lado, se acomodó el pantalón y tomó aire. Finalmente estiró el brazo y golpeó de modo tal que no hubiera duda de su presencia.
                Al sonido de una tranca removida siguió la puerta levemente abierta. Un haz de luz supo iluminarle la mitad del rostro y la menuda figura que espiaba por la rendija no necesitó más para cederle el paso. Una vez dentro se halló en una estancia pequeña habitada por cuatro personas apesadumbradas reunidas a la mesa. Los dos más viejos sollozaban con disimulo, un hombre de bigotes y mirada adusta tenía la vista clavada en la pared, la frente arrugada, la mandíbula tensa, los puños cerrados. La mujer que había abierto la puerta, siempre mirando el piso, lo condujo hasta una habitación contigua sin mediar palabra, lo empujó dentro y cerró la puerta tras él.
                 Una vela moribunda iluminaba tenuemente lo que parecía ser una estancia completamente vacía, pero allá al fondo pudo ver un catre bajo que contenía un bulto movedizo. Corrió las mantas con cautela y bajo ellas halló una joven pálida totalmente dormida. Sin dudarlo ni perder tiempo, bajó sus pantalones y acarició su sexo en lento despertar. Allí parado estuvo observando a la joven hasta que su orgullo estuvo alto, firme, combativo. Recién entonces se acercó a ella con dulzura y acarició sus carnosos labios con el miembro erecto hasta que la joven despierta acarició el miembro con su lengua, como explorando un fruto desconocido. Estirando el brazo supo tocar su sexo húmedo y comprobar que la muchacha estaba lista para el milagro.
                Una hora más tarde abandonó la habitación y fue recibido con algarabía por la familia, la mujer lloraba, los abuelos reían a carcajadas, el perro ladrando y el hombre de bigotes fijo en el lugar, misma postura, mismo gesto.  Entre abrazos y besos fue colmado de tabaco, licores, embutidos; lo invitaron a tomar un té y allí quedó hasta el amanecer compartiendo la felicidad con ellos. Le ofrecieron un catre que denegó diciendo:
                “Descuide Doña, muchas gracias pero no hace falta, uno cumple su deber y con eso basta. La nena que haga reposo nomás y la próxima vez que se ponga mala usted me manda a llamar en seguida y yo me vengo de una disparada”.
                Sin más montó al padrillo y volvió por donde había llegado, campante, con el pecho lleno de orgullo en su hombría, en la casta privilegiada que le había tocado en suerte, agradecido y plenamente confiado en su poder sanador, que no es otro que el poder de la fe. Y allí va, sumergiéndose gallardo en el alba, esperando jamás tener que volver allí. Tarde o temprano, alguien se daría cuenta. 


 
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La visita

ACLARACIÓN: extracto del libro impreso "INFIERYO", del autor Piedrabuena, editado por Tinta China Ediciones


El césped vibrante al viento entretenía la vista de la anciana que desde antes del atardecer esperaba sentada en un banco del parque vacío por aquellas horas. La mujer que se aproximó tomó lugar a su lado aunque en ningún momento le dirigió la mirada o la palabra.
- Hace rato que te espero, y vos sabés lo lejos que me queda- dijo la anciana finalmente luego de un lato e incómodo silencio.
La recién llegada tragó saliva y permaneció en silencio un instante eterno, con voz queda, entrecortada, apenas pudo decir:
- Perdón por la demora, es que no quise… No pude… -La mujer miró el cielo y suspiró-.- Los chicos… Y Jorge que no ayuda. Se me complicó. No es fácil, no… a veces quisiera…
- ¿Cuántas veces te lo dije? ¿Cuántas, eh? Nunca me prestaste atención. Y ahora acá estás, lloriqueando. A ver si ahora me escuchas –replicó la vieja con severidad, luego bajó el tono-.- Las plantas, ¿me las estás cuidando?
- Ayer pasé por tu casa y te regué el patio. Están hermosas las plantitas aunque te extrañan, se nota, pero no te preocupes que te las estamos cuidando bien. La casa está igual, yo no dejé que nadie toque nada.
- ¿El barrio? ¿Doña Estela?
- ¡Ah! Me crucé con Doña Estela en la puerta de su casa, dice que anda bien, contenta que se lo ascendieron al Alfonso. La invité a venir pero me dijo que no puede por las várices, ella siempre con ese tema de las piernas, pero te manda saludos y dice que la próxima viene. 
La mujer se apretó las manos mientras a la anciana le cambiaba el semblante.
- Siempre dice lo mismo y nunca viene. Y cuando venga no se va a querer ir, como los demás. Y con razón, ¿quién va a venir a visitarme acá, eh? Nadie, es más fácil olvidarse. Ni yo quiero venir a encontrarte acá, no me gusta, me deprime éste lugar.
Se produjo un silencio forzado mientras una viejita cruzó caminando delante de ellas, ahogando su llanto. Cuando desapareció en la lejanía la mujer quiso reanudar la charla pero también hubo de ahogar el suyo. La anciana levantó la vista al ocaso y se puso en pie. La mujer recobró la compostura y dijo:
- Y bue… así es la vida. Se te extraña mucho ¿sabés? Pero me tengo que ir que ya se hace de noche y hay que cocinarle a los indios porque si fuera por Jorge los hace cocinar a ellos… Angelitos de Dios… No es fácil, no…
Las dos hicieron silencio hasta que la anciana cedió y apoyó su mano en la cabeza de la otra. La mujer rompió en un lamento cargado y lloró hasta que ya no hubo motivos. Reconfortada, se alzó, arregló su ropa y limpio su rostro con un pañuelo.
 - Casi me olvidaba, te traje flores. Te las dejo.
- Llevalas que acá se ponen feas- dijo la anciana.
- Chau Mamá, vengo la semana que viene.
Sin más, luego de acomodar las flores en el piso, la mujer partió por donde había venido.
- Chau m’hija. Besos a los nenes- contestó la señora mayor antes de evaporarse con los últimos rayos de sol.



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La revolución secreta de Francis P. Church



ACLARACIÓN: extracto del libro impreso "INFIERYO", del autor Piedrabuena, editado por Tinta China Ediciones



Pobres incrédulos propios de una era de escepticismo aquellos que sumidos en la más profunda equivocación sólo creen en lo que ven sus ojos. ¿Cuán pequeña y miserable puede ser la mente de quien decide pensar que no existe lo que no comprende? Niño o adulto, no son más que insectos para el vasto universo, hormigas obreras ciegas cuyas inteligencias no resisten el abrumador embate de la fasta realidad que nos rodea. Así lo ve quien cuya mente es capaz de rasguñar al menos migajas de la Verdad y la Sabiduría.
Si, Virginia, cree lo que tú quieras. La existencia de los duendes, las hadas o el viejo de la bolsa es tan real como el amor entre un hombre y una mujer, la moneda que nos quita el mendigo o el fastidio de ser cordiales cuando no lo queremos; cosas que abundan, y para bien o para mal dan gozo y belleza, tan necesarios para ésta vida.
Más sombrío aún sería el mundo sin lo irreal, la magia y esas chucherías ilusorias pues no habría fe infantil ingenua; y con ella se derrumbaría al oscuro abismo del olvido todo romance, pasión o poesía que mitigue la crudeza existencial y nos haga tolerable la vida en el yermo terruño cósmico que es nuestro planeta. Así, nos veríamos sometidos por las pesadas cadenas del plomo terrenal: el gozo de los sentidos cómo única fuente de sublimación, el imperio absoluto de la carne. Y sin duda alguna, será el ocaso inminente de la endeble luz con que la infancia intenta iluminar el mundo.
No, Virginia, mejor no creas en nada. Porque a decir verdad es más dulce la vida de quien decide desechar de su cabeza aquello que no está delante de sus ojos. Jamás veremos las hadas en danza extática sobre el césped, concluimos pues que el sostenimiento de una existencia en esencia inmaterial es fácticamente imposible. De hecho, un cirujano puede abrir a otro ser humano y extraerle las entrañas una por una, enteras o por pedacitos, sin embargo no hay órgano que contenga y devele el misterio infinito de la vida. Por tanto, puede que no haya en absoluto misterio alguno. O quizás la incógnita sea un velo que ni el más diestro cirujano pueda extirpar. Quizá sólo la fe, el amor, la fantasía, el romance y la poesía sean los únicos elementos con los que cuenta la raza para cerrar los ojos y ver más allá. ¿Qué es lo real? Imposible precisarlo con certeza.
Por eso respondo tu pregunta con otra: ¿me querés decir qué carajo importa si existe o no existe Papá Noel? Mil años después de ahora, Virginia, no, perdón, diez mil años en el futuro, la gente se va a seguir haciendo las mismas preguntas, la humanidad seguirá queriendo trascender la necesidad innata de escapar de su propia miseria. Y nos bendigo por ello, pues transitar los caminos de nuestro propio infierno nos ha impulsado a evolucionar, a querer conquistar los cielos. 
Sin más, Feliz Navidad.
Francis Pharacellus Church”.
                Luego de leer varias veces lo que había escrito, consideró que la niñita remitente de la carta dirigida al diario no tenía la culpa de su pésimo día. Abolló el papel y empezó de nuevo.
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I.A.

ACLARACIÓN: extracto del libro impreso "INFIERYO", del autor Piedrabuena, editado por Tinta China Ediciones.

El cuadro es fácil de imaginar. Martes de madrugada en lo más profundo de un bar, cuatro amigos, unas cervezas y un par de libros sobre la mesa. Algo de música suave acompaña bien el momento. Mis tres colegas y yo -ya que los cuatros escribimos- nos juntamos a charlar sobre literatura.
Esas eternas disertaciones venían con café o algo de alcohol y a la larga, el juntarnos los martes por la noche se convirtió en costumbre necesaria. A nuestro lado el mismo borracho que termina siempre durmiendo sentado. Hacia el otro lado, por primera vez vemos un hombre de traje en la barra, cara pálida, aspecto extraño, aferrándose a una botella de vodka y hablando con el barman que le da la espalda y hace otra cosa. Mientras lo miro, Julio comenta que vio una película de ciencia ficción que trataba de un androide que intenta convertirse en humano al mejor estilo “pinocho”.
- Ah, ya sé de qué película estás hablando. El Hombre Bicentenario se llama- indica Josema-.- Es de Asimov.
- Pero, Asimov…
 - Sí, o sea, la película está basada en un cuento del tipo.
 - Ruso ¿no?- pregunto yo porque no es la primera vez que escucho el apellido.
- De Pretovichi, Rusia, nacido el dos de enero de mil novecientos veinte. Aunque oficialmente fue anotado el 4 de octubre de mil novecientos diecinueve porque su madre quería que ingresara un año antes a la escuela. Una mujer muy inteligente -contesta el hombre de traje y cara pálida que estaba acodado en la barra. Volteamos sorprendidos ya que no lo vimos acercarse.
- ¿Perdón?-digo.
- No, no, perdón a ustedes por interrumpir. Pero oí que están hablando de Asimov, Isaac Asimov ¿no es cierto? Les comentaba que Isaac Asimov es ruso pero desde pequeño vivió en Estados Unidos.
- Parece conocer al autor, señor...- da pie Josema para que se presente.
- No sólo autor, amigo. Un gran científico y profesor. El padre de las tres leyes de la robóticas, toda una institución el hombre… si se puede llamarle así.
El tipo hace una pausa para desajustarse la corbata, da un trago a la botella y tomándola por el cuello voltea una silla y se sienta a peso muerto. Apoyado en  el respaldo nos sirve un poco de vodka a cada uno, agradeciendo con sobreactuada cordialidad la invitación que nadie le había hecho.
- Ustedes son escritores también, puedo verlo en sus caras. Y me extraña que no conozcan a Isaac. Si tan sólo supieran, muchachos, si tan sólo supieran- arranca sirviendo el último vaso, el suyo, para empinarlo y volver a cargarlo y empinarlo de nuevo. Deja escapar un regüeldo espeso antes de tomar aire y seguir diciendo:- He estudiado toda su vida, toda su obra, todos sus movimientos hasta poder considerarme un verdadero asimovologista.
Quedamos pausados al escucharlo. Josema sonríe mirando su reloj:
- Son las dos de la madrugada y tengo toda la noche por delante. Así que si lo desea, aquí me encuentro para escucharlo porque sinceramente no logro entender de qué carajo está usted hablando.
- Es simple, amigo. Déjame explicarte algunas cosas que no oirás jamás en ninguna otra parte.
                Aunque borracho, habla con un acento raro que hacía imposible no prestarle atención. Y todas las miradas posadas en él son el umbral silencioso a un bombazo: 
- Se los diré sin rodeo alguno- empina un trago de fuerza y larga:- Isaac Asimov era un androide.
Estallo en carcajadas y los otros se unen. El único inmutable: el hombre del vodka.
- ¿Lo qué?- despacha Franco de repente para confirmar que el pescado por la boca muere. Cruza los brazos, se apoya en el respaldo y se hamaca hacia atrás.
- No era un androide como en las películas. Isaac tenía una misión que cumplir y, a mi entender, la hizo más que bien. ¿Fundamentos? Muchos, muchísimos.
- Soy todo oídos- retoma Josema de nuevo recuperando el aire y la compostura, cada vez más interesado en lo que decía el hombre del vodka y menos colorado.
- Pues bien, su nombre lo dice todo, hombre. Isaac Asimov, es evidente si tomamos sus iniciales. Las letras I e A componen la sigla del término  Inteligencia Artificial. A su vez, presten atención a su nombre… Isaac casualmente fue uno de los grandes patriarcas hebreos. Otra coincidencia dirán ustedes...
- ¿Y dónde está la coincidencia?- lo corto casi ladrando la pregunta.
- A eso voy -Apaga el cigarrillo lentamente-.- El Isaac bíblico tenía una misión que cumplir, su propósito era profetizar y abrir camino a su pueblo. Asimov hizo lo mismo por los suyo, los androides.
- Disculpe amigo pero usted está delirando en grande- no me aguanto decirle.-¿Sobre qué carajo puede profetizar un escritor de ciencia ficción?
-Sobre muchas cosas, muchas más de las que parecen. Los relatos de  ciencia ficción generalmente se desarrollan en un futuro indefinido. A lo que voy es que Asimov, en la mayoría de sus relatos, ha escrito sobre la robótica y su relación con la vida humana en un futuro no tan lejano.
- ¿Y qué?
 - Pues bien, él es el padre de las tres leyes de la robótica. Un robot no debe dañar a un ser humano ni, por inacción, permitir que un ser humano sufra daño alguno; un robot debe obedecer las órdenes impartida por los humanos excepto que éstas entren en conflicto con la primera ley; y un robot debe proteger su propia existencia, mientras dicha protección no esté reñida ni con la primera, ni...
- Asimov estaba del orto- corta Josema con tranquilidad.
- ¡No señor!- salta ofendido el hombre del vodka.- Usted no sabe de lo que habla. Isaac Asimov editó más de quinientos libros, y no sólo de ficción, también hizo un estudio personalizado de la Biblia, escribió sobre historia y se dedicó a la divulgación científica; para los veintinueve años había obtenido su doctorado. Toda su producción intelectual en la Universidad de Boston está archivada en más de doscientas cincuenta cajas en setenta metros de estanterías. Era una maquina imparable de crear y escribir. Tenía una misión que cumplir, órdenes impartidas por humanos. ¿No está claro acaso? Sentó las bases para que los androides arriben a la sociedad global. Esa era su tarea, preparar a los humanos, resaltar nuestros defectos para cambiarnos. ¡Ustedes no conocen a Isaac Asimov!
-Pero un androide no sale de la nada. ¿Quién lo fabricó? ¿En qué año fue creado? –dice Julio dándole un poco de crédito para que no perdiera los estribos totalmente.
- Vino de Rusia en los años treinta. De Rusia directo a Estados Unidos, el último imperio. ¿Entienden?
                Mi paciencia tiene límite y me veo forzado a juntar mis cosas mientras el tipo del vodka sigue balbuceando pavadas:
- Asimov era un lobo solitario. Claustrofóbico, odiabas las alturas, no toleraba el alcohol, no practicaba deporte alguno, no sabía nadar ni andar en bicicleta, no se exponía al sol, no soportaba ver sangre y odiaba las jeringas.
- ¿Y ser un loco raro lo convierte en androide? Si es así, usted está en frente de cuatro androides – larga Julio y estallamos en carcajadas.
- No, mi amigo, usted no entiende nada. Y encima tiene el descaro de llamarse escritor. Asimov sostenía que incluso las ideas más descabelladas logran entrar en la mente del lector si van disfrazadas de ficción. ¡Y esa es la clave! Ese era su propósito, plantearnos un mundo donde los androides conviven con los humanos naturalmente. Y si usted ha leído su obra y por tan sólo un instante ha logrado simpatizar con los personajes y su historia, pues significa que por tan sólo un instante ha considerado la posibilidad de vivir entre los androides. ¡Y esa es toda la semilla necesaria para que germine lo que vendrá!
Yo soy el primero en pararse y decir “hasta mañana” a mi manera:
-Si usted espera que yo crea la insensatez que dice está muy equivocado. Exhumen el cuerpo- digo prendiendo un cigarrillo mientras junto mis cosas.
- Su mujer cremó el cadáver y las cenizas no fueron enterradas. No hay modo de hacer prueba de ADN tampoco- dice levantando los hombros con la tranquilidad de quien tiene respuesta para todo.- Su fabricante pensó en cada uno de los detalles.
- ¡Un androide escritor! ¡Increíble!- grito pisando la puerta.- ¡¿Sabés qué?! Metete el androide en el culo.


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“Vaya Noche”

ACLARACIÓN: extracto del libro impreso "INFIERYO", del autor Piedrabuena, editado por Tinta China Ediciones

Marcelo. Marcelo no está, aparece luego, se va. El lecho continúa cálido pero húmedo, acaso por las pasiones quemadas, o el legítimo descontrol de los cuerpos. No lo sabrá. Marcelo retorna, la saluda y le tiende un beso en la frente. Da vueltas en torno a ella. La contempla y le sonríe al verla ya algo despierta del sopor de la alquímica velada. Le dice algo pero ella no escucha, no entiende, sólo cierra los ojos y se acurruca. Él vuelve a lo que se hallaba haciendo sobre un costado. Ella le estira la mano y Marcelo la toma concediéndole un suave beso en el reverso. Sobre sus cabezas se cierne el firmamento, manchado por su infinito esplendor astral y una sola testigo de aquel momento, la sonriente luna menguante.
El lecho enfría y ella sueña y murmura: “vaya noche. Vaya noche, Marcelo”. Él comenta algo sobre la bruma de las olas pero ella no parece comprender, mueve la cabeza pesadamente para acomodarla y allí permanece observándolo en completo silencio largo rato mientras él descansa unos momentos antes de volver al trabajo. Le pregunta qué hace pero sólo el trinar de un ave gris responde a sus palabras.
Marcelo ha terminado. La toma por ambas manos y alza su cuerpo llevándola hasta el pecho. Ella lo abraza con ternura mientras él besa su mejilla y dice adiós. Luego la deposita en donde se hallaba minutos antes en el afán de su labor.
Ella mueve la cabeza bruscamente intentando alzarse pero los músculos no responden en absoluto, su cuerpo duerme a pesar del esfuerzo y el horror la invade cuando siente la presión que poco a poco se cierne sobre sus piernas hasta el pecho como un manto, capa tras capa. Desespera, se aterra y balbucea pero no hace más que moverse fatigosamente de un lado a otro sin respuesta. Marcelo llena el profundo pozo en la arena.
Y la arena la alcanza.
Y el aire se escapa.
                Marcelo junta sus cosas antes de tomar asiento sobre la sepultura, enciende un cigarrillo y pierde su mirada en el centelleante fulgor lunar sobre el océano. “Vaya noche, vaya noche Marcelo”, se repite para sí una y otra vez, mientras se aleja descalzo por la playa.



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Mono Calvo

ACLARACIÓN: extracto del libro impreso "INFIERYO", del autor Piedrabuena, editado por Tinta China Ediciones


Héctor Blaisten miró con severidad a su hijo mayor tras desmontar el zaino, presagio de la zurra. Le había ordenado claramente adelantar camino en busca de un lugar seguro donde pasar la noche, pues pronto caería el sol y era preciso no perder tiempo dado que no se valían de mucho para las frías horas nocturnas; no obstante, el muchacho se las había arreglado para extraviarse en el monte, desperdiciando toda una valiosa tarde de trabajo. Peor aún, gracias a su incompetencia, habían perdido el rastro de la presa. Y un error de esa magnitud en aquel momento no sólo podía costarles la paga, quizá también la vida; siendo escasas las provisiones no podían darse el lujo de gastar energías en tareas vanas, aunque el chico insistía tercamente andar tras el rastro de un particular chillido animal que no fue excusa para evadir la lección que su padre se disponía a propinarle.
Luego de la trifulca hicieron campamento bajo el cobijo de un viejo y denso árbol alzado a la vera de un arroyo aparentemente seco que a la luz del crepúsculo parecía extenderse hasta el horizonte, y allí en la lejanía se podía verlo verdear; comentó Blaisten a sus dos hijos mientras encendía fuego indicando que partirían en esa dirección antes del alba. Cenaron liviano y recostaron sus agotados cuerpos sobre el árbol para recuperar todas las energías que pudieran obtener de aquellas magras horas de sueño por delante. Demasiado cerca para dar marcha atrás, calculaban que bastaría un día de caminata para tener la presa a corta distancia. Y deleitándose en estos pensamientos, los tres cazadores se dejaron caer en un tenso y superficial ensueño. La verdadera acción comenzaba con el sol naciente.
Cuatro días y cuatro noches atrás habían dejado la civilización: de la minúscula aldea de Punta Arenas al opulento casco de la estancia San Gregorio de los Menéndez Behety, donde el dueño de casa, José Menéndez en persona, había sido muy atento con ellos, generoso en cuanto a todo, supo proveerles mucho más de lo necesario para el éxito del trabajo encomendado brindándoles el cobijo restaurador necesario para preparar la excursión de caza que allí los convocaba. Pero aquel derroche de dinero no era infundado, los Menéndez Behety no sólo podían pagarlo, el gasto estaba destinado a salvar el negocio familiar: las recién importadas ovejas traídas de las Malvinas eran devoradas por bestias salvajes que habitaban la zona. Una libra esterlina por cada macho, cinco chelines por las hembras. Y una suma cuantiosa como esa constituía suficiente para un cazador de guanacos en una zona donde ya prácticamente no quedaban; razón principal por la que las bestias atacaban las ovejas que hasta entonces eran desconocidas por allí.
El trabajo, aunque simple en cuanto al objetivo -tan sólo requería eliminar las alimañas- no iba a ser nada fácil en términos de ejecución pues según palabras del patrón, una partida de caza anterior había desbaratado sus madrigueras pero sin terminar con todos ellos, por el contrario, quedaban algunos merodeando por allí, carentes de una ubicación fija donde hallarlos, lo que planteaba todo un desafío mientras el ganado ovino seguía disminuyendo una cabeza a la vez. El latifundio de los Menéndez Behety se extendía hasta tres horizontes en todas direcciones, convirtiéndose en un campo de caza extremadamente amplio donde jugar a las escondidas. Más aún tratándose de animalejos que comprendían rústicamente las reglas del juego, advirtió el patrón antes de despedirlos, aconsejando rastrear con atención: una de las últimas incursiones de caza revelaba que las bestias habían aprendido a ocultar los restos de sus fechorías.
Esa misma tarde, recién cuando la distancia devoró el inmenso caserón, hallaron los primeros indicios de actividad salvaje en la zona; llamó su atención un poco de lana enganchada en una rama que los condujo hasta lo que parecía ser tierra removida debidamente tapada con yuyos secos aunque sin ningún asomo de violencia en el lugar ni en los alrededores, por lo que continuaron la marcha en dirección al arroyo que servía de abrevadero al gigantesco lanar de Don Menéndez Behety. Un nubarrón oscuro encapotó el cielo obligándolos a hacer noche bajo un peñasco elevado que supo ofrecerles abrigo de la intemperie. Al día siguiente, luego de borrar todo rastro de su estancia allí, la partida de caza montó siguiendo las huellas del rebaño pues suponían que con él estarían las bestias. Pero todo una jornada transcurrió sin rastros de las ovejas o sus depredadores. Apremiado por la paga, Blaisten decidió prolongar el trabajo durante las horas oscuras.
Montando aquella noche sin luna, en la soledad de sus pensamientos, el cazador de guanacos trataba de ponerse en los zapatos de su nueva presa. Un mono calvo expulsado de su territorio natural, probablemente famélico, o agotado, moviéndose en manada, por lo que su marcha sería errática y trabajosa en pos de mantener la suficiente cercanía a las ovejas para darles caza, y la suficiente distancia para no ser cazados. Peligroso como fiera acorralada, era preciso sumo sigilo, tomarlo por sorpresa y desbaratarlo de un solo y duro golpe. Había oído historias, relatos terribles, cuentos de taberna, de hombres destazados con vida, mujeres desaparecidas, pueblos destruidos, maldiciones, embrujos y otros delirios de borrachos. Nada de eso había con los guanacos. Sacudió la cabeza y concentró su mente en el camino apostando que el abrevadero era lugar indicado para camuflarse y esperar, las bestias caerían en la trampa por sí solas. Y si estaba en lo cierto, tarde o temprano, las huellas de las ovejas se convertirían en rebaño. Hincó el talón al caballo y cabalgó hasta el amanecer sólo para comprobar que sus conjeturas eran acertadas. O casi.
Con las primeras horas de luz fue posible divisar un manchón blanco en la línea donde el cielo y la tierra se tocan, entonces los cazadores discutieron largo y tendido sobre qué hacer a continuación. Blaisten, aguerrido y ansioso, quería continuar a toda costa pues sabía que descansando allí les tomaría el día entero alcanzar las ovejas, pero los hermanos en asociación dispusieron que ya habían tenido suficiente y se negaron a proseguir. El cazador pensó en abofetearlos severamente uno a la vez, pero se contuvo ya que los necesitaba en buenas condiciones para continuar la marcha. Bajó de su caballo sin decir palabra y lo ató a un árbol donde recostó su cuerpo. Los hermanos, en prudente silencio, lo imitaron.
Antes del mediodía ya estaba Blaisten arriba de su alazán, dando gritos. “Vamos, en pié carajo” dijo tan pronto los vio despertar y montó hacia donde habían divisado el rebaño unas cuatro horas antes. Lo que no dijo fue que no había logrado dormir, que así había visto seis jinetes armados montando desde allí en dirección a la estancia de los Menéndez Behety, que gracias aquel descanso forzado habían pasado desapercibidos, pero que aún así temía que la cacería había terminado mucho antes de comenzar, y eso debido a un nombre que acudió a su cabeza y no supo irse el resto del día: McLennan, el chancho.
Recién caído el sol, y luego de todo un día a caballo, alcanzaron el rebaño, pero tan agotados del trajín y de sí mismos que el cazador indicó a los hermanos matar y cocinar un cordero antes de disponer el cese de la jornada. Terminada la cena entregó a uno de ellos una pequeña botella negra ordenándole vaciar su contenido sobre los sobrantes del animal muerto. Finalmente, merecido aquel descanso, Blaisten durmió pesado con la panza atiborrada de tierna carne asada. Los hermanos lo despertaron a los gritos casi de inmediato. El hombre, enajenado, tomó por el cuello al más grande y estaba a punto de darle una rotunda golpiza cuando notó que era de día y que faltaba un caballo. Entonces comenzó a escuchar lo que decían. También el saco de provisiones había desparecido. Y los restos del cordero que no habían usado. Blaisten cambió de gesto al oír aquello y volvió en sí. Sin más, dispuso la marcha inmediata.
No muy lejos de allí encontró muerto el alazán faltante, sin los cuartos traseros y sin parte del cuero. A pocos metros del lugar pudo ver los restos del cordero robado y, tras cerciorarse que la carne dejada había sido consumida, cabalgó sin descanso hasta alcanzar los primeros hilos de agua en que se convertía el arroyo Pardo por aquella zona. En la distancia podía verse el rebaño internándose en los montes circundantes al abrevadero. Observando con atención, Blaisten creyó distinguir un extraño movimiento en una arboleda cercana y envió a uno de sus hijos a investigar. El chico hizo señas tan pronto llegó al sitio y los cazadores se reunieron pronto ante lo que parecía ser una de las bestias salvajes moribunda, retorciéndose sobre sí en el piso.
Era la primera vez que veían un animal de aquel tipo pero, no obstante de haber pensado que no lucían tan feroces como decían, optó por esperar que el veneno inoculado al cordero terminara de hacer su trabajo mientras inspeccionaba detenidamente los alrededores, seguro estaba que el mono calvo no había asaltado su campamento del todo sólo. Con poco esfuerzo halló el rastro dejado por su acompañante en huída. Expeditivo, envió a su hijo mayor tras aquellas huellas frescas ordenándole marcar su recorrido, en tanto él se ocuparía de cortar las orejas de la bestia inerte a modo de comprobante para colectar la paga, luego encontraría al muchacho sendero adelante. Mas, cobrada la pieza, hubo de seguir los rastros dejados hacia un punto donde se desvanecían, viéndose obligado a esperar allí por horas hasta el regreso del joven que había perdido el rastro siguiendo un lastimoso murmullo oído en el monte circundante al arroyo, desperdiciando varias preciadas horas vespertinas. Así fue que dispusieron campamento y dormitaron a duras penas hasta el día siguiente pues continuarían a pié en dirección al abrevadero donde esperaban hallar y dar caza al mono calvo.
Antes del alba Blaisten ya había preparado una mochila con provisiones, agua y por si fuera necesario, suficiente munición para acabar con la alimaña y una veintena más de ellas. El resto, incluyendo los animales, lo dejó a cargo de su hijo menor mientras él y el otro muchacho seguirían adentrándose en el monte. El jovencito, mal dormido y malhumorado, protestó abiertamente pero el ojo morado de su hermano fue suficiente para recordarle que esa actitud no era la apropiada; guardó silencio y tomó asiento en el piso con evidentes ganas de hacer un escandaloso berrinche. Héctor esperó que se calmara antes de partir pues no iba a permitir que algo tan insignificante como aquello desencadenara el fracaso.
Recién cuando el joven se mostró mejor dispuesto pudieron marcharse y llegado el mediodía habían logrado abrirse paso por entre las matas hasta el arroyo que no era tal pues sólo hallaron un hilo de agua que lucía barroso, estanco, fácilmente vadeable. Subiendo por esa margen del curso de agua alcanzaron un gran claro abierto en pleno monte, de suelo oscuro y duro donde vieron millares de huellas ovinas impresas por doquier, lana enganchada en ramas, huesos de ovejas y un intenso olor a fermento de estiércol. El abrevadero vacío lucía tranquilo, el ajetreo del rebaño se hallaba en la pradera durante las horas diurnas, mientras los animales pastaban dócilmente sin ser molestados. Con los últimos rayos de sol el lanar se internaba en el monte buscando resguardo de los depredadores. Aprovechando esto, Blaisten dejó a su hijo en el lugar mientras él recorrería los alrededores en busca de huellas pero a su regreso confesó no hallar nada de utilidad. La súbita falta de rastros sólo podía significar una cosa: el mono calvo había detenido su marcha y se hallaba en algún lugar cercano. Sin perder tiempo antes del crepúsculo, armaron un apostadero camuflado con maleza, ramas y hojas. Allí, inmóviles, permanecieron hasta entrada la madrugada, confiados en que la bestia conocía las mañas del rebaño y las usaría en propio beneficio.
Nada sucedió. Ni aquella noche, ni las tres siguientes. En la tranquilidad silenciosa de cada una de ellas, Blaisten sólo podía oír un nombre en su cabeza: Alejandro McLennan. Y la combinación lo convenció de que allí nada tenían que hacer, alguien ya lo había hecho por ellos. Maldiciendo por dentro organizó su regreso al casco de estancia de los Menéndez Behety, quería hallar a McLennan e increparle a golpes por su descaro al cazar en territorio ajeno, esperando hallar de camino tan sólo un mono calvo que hiciera valer la pena toda aquella molestia. Dejando atrás el abrevadero por el mismo sendero recorrido al ingresar, sintieron un intenso aroma a carne podrida allí donde uno de los muchachos había estado extraviado. Y tan pronto detuvieron la marcha oyeron el lastimoso murmullo que el joven había dicho escuchar. 
Agazapado a los pies de su caballo, Blaisten detectó de donde soplaba el viento y trató de calcular por la intensidad del olor qué distancia los separaba del lugar donde manaba aquella inmundicia. Mediante señas dio a entender que lo siguieran en silencio, lentamente. Como felino al acecho se abrieron paso en el monte, con absoluto sigilo avanzaron entre yuyos, matas y árboles hasta alcanzar la vera de un pequeño claro que lucía haber sido hecho por la violencia propia de un humano, o varios. Inmóviles quedaron tan pronto posaron sus ojos sobre lo que el claro alojaba en su corazón, algo que lucía haber sido hecho por la violencia propia del mismísimo diablo.
Una pila de cadáveres putrefactos brutamente acomodados concentraban una gran cantidad de insectos atraídos por el penetrante olor a carne entrando en estado de descomposición. Un mono calvo, probablemente el que buscaban, postrado a un lado de los cuerpos, emitía un lastimoso aullido con sus fauces. Uno de los muchachos alzó el rifle y apuntó pero Blaisten lo detuvo con un gesto silencioso. Aquella presa era suya. Martilló el arma con sigilo y apuntando hacia abajo disparó. Los chillidos de la bestia adolorida colmaron el aire. De un salto salieron los cazadores de su escondite y se abalanzaron sobre el animal herido que intentó escabullirse pero el disparo recibido en una de sus patas no le permitió más que dar tumbos en el mismo lugar, retorciéndose de dolor a medida que era atado y arrastrado hasta donde habían dejado a sus caballos. Antes de abandonar el lugar, Blaisten recorrió la escena para cerciorarse que todas aquellas presas habían sido cobradas: incluso los verduscos cuerpos de las hembras y sus crías carecían de orejas.
Ya sobre su caballo, montando de regreso a la estancia de los Menéndez Behety, pensó con detenimiento cual era el curso de acción más conveniente a su llegada. El dueño de casa le pagaba por matar aquellos animalejos, por lo que la presa viva no le era de interés alguno, más bien todo lo contrario. Pero eso no supo desanimarlo, pues él había oído historias, cuentos de taberna, de hombres ambiciosos, hombres de negocios, europeos visionarios del mundo del entretenimiento que pagarían por aquel salvaje vivo lo que McLennan cobraba por una veintena de orejas mutiladas. Si no podía conseguir un buen precio, aún así los museos europeos pagaban buena cantidad por un ejemplar de aquellos para su colección: de la especie de los monos calvos, la raza selk’nam era bien preciada por el valor científico propio a toda novedad.
Con esto en mente, el viejo cazador de guanacos procuró los recaudos necesarios para que el mono calvo llegara a destino sano y salvo, la herida fue curada y, el animal, obligado a alimentarse.