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Envenena envenenador



Apreté el interruptor tan pronto el Presidente estiró su brazo para condecorarme. En una fracción de segundo en que el fuego nos abrazaba, vi sus ojos de terror y en ellos los últimos dos años de mi vida como un alud de sangre y risas. El primero en morir por la causa fue un aeroaplicador cualquiera. Amaba matar aeroaplicadores: nada en el mundo más engreído que un piloto al que se le paga fortuna por hacer piruetas y volar al ras de los cultivos. Nada más placentero que oírlos llorar como bebes rogando por una vida que estaba condenada de antemano.
Un tiro en la cabeza. Y luego el silencio. Así de fácil, rápido e higiénico; esa es la belleza más sublime de las armas de fuego. Figúrese el grado de violencia que conlleva liquidar a una persona por otros medios, digamos un machete, un palo o a puño limpio. Incluso el veneno es un espectáculo poco agradable de vómitos y convulsiones. En cambio la balística es un milagro de la ciencia moderna: uno apenas mueve un dedo y, si se tiene puntería, el otro cae pacíficamente dormido para siempre.
                La primera vez esperé al piloto al final de la pista de aterrizaje y me acerqué al avión en el momento en que se dejó de oír el motor. Todavía giraban las aspas, el hombre descendía y yo traía las manos bajo mi campera. Puso un pie en la tierra, luego el otro, después el cuerpo entero. Era muy probable que el pobre diablo estuviera ya en el infierno preguntándose qué había pasado. Volví a subir su cuerpo a la cabina del avión y entre sus cosas tomé un trapo cualquiera para taponar el tanque de combustible.
Me vi tentado a buscar un escondite desde donde observar la hoguera, pero el entrenamiento intensivo automatiza ciertas acciones y para cuando llegué a arrepentirme angustiosamente de haber huido lo cierto es que me hallaba a más de mil kilómetros al sur. Durante un tiempo permanecí quieto, atento a las noticias. Primero se dijo que había sido un trágico accidente producto de una falla mecánica. Semanas después trascendió que un vecino había escuchado un disparo y visto a una persona abandonar la zona previo al incendio. La denuncia condujo a la exhumación del cadáver y a una autopsia judicial que reveló la perforación en el cráneo. 
Había sido un comienzo auspicioso, debo decir. Aunque no del todo efectivo a mis intereses. La hipótesis final de la investigación fue la de un ajuste de cuentas o crimen pasional, pero nada más. Eso me indicaba que la próxima vez debía firmar mi obra. Me tomé los siguientes tres meses en escribir un manifiesto, los fundamentos:
“El despierto protegerá al dormido
aún cuando los dormidos sientan que estos son pesadillas que intentan robar sus sueños.
Si quien debe protegernos de la maldad promueve la maldad,
ésta le será dada de regreso en parte de pago.
Quien envenena es un envenenador
y debe ser eliminado como a una mala hierba.
Sin peones sobre el tablero, la Reina tiembla.
Cualquier idiota comprendería mi mensaje al instante. Tal vez no a la primera vez, pero sí cuando se estableciera un patrón repetitivo en las víctimas. Ese era mi siguiente paso. Repetí el modus operandi de la primera incursión también con otro fumigador aéreo salvo que ésta vez no lo prendí fuego sino que lo deposité gentilmente en una posición digna. Las piernas juntas, el cuerpo derecho, la cabeza con la mirada a un lado y el agujero en su sien bien visible para que no quepa duda alguna. Las manos se las dejé apoyadas sobre el pecho y bajo ellas la nota impresa.
Me fui expectante por conocer las repercusiones del caso pero pasaron casi quince días antes de que escuchar algo al respecto. Todo el asunto pasó desapercibido hasta que alguien reclamó por el paradero del piloto. Peor aún, mala suerte de mi lado, al parecer la lluvia y el sol y la lluvia de nuevo habían dejado la nota ininteligible; aunque esta vez sí no cabía duda que se trataba de un asesinato a sangre fría. Los periodistas que leí en internet se regocijaban con el morbo y el misterio, pero sólo un cronista de Entre Ríos tuvo la feliz idea de preguntarse retóricamente si habría vínculo entre éste caso y aquel del piloto incinerado. Eso era suficiente para mí, porque significaba que si al menos un pelele de entre miles podía olisquear algo raro, era probable que la policía no necesitaría mucho más para trabajar firme sobre esa hipótesis; si es que todavía no lo hacía.
Un muerto más fue suficiente. Otro aeroaplicador en la provincia de al lado, pero ésta vez uno retirado: ya no volaba, mandaba a volar. Lo ataqué en la oficina de su empresa fumigadora y allí mismo lo encontraron. Volví a dejar la nota con el muerto, pegada a su cabeza con una engrapadora, no hallé otra cosa. El lugar se volvió un hervidero de gente después del golpe. La policía primero, con un equipo forense para mi felicidad, y los empleados de la empresa después cuando pudieron volver a su lugar de trabajo sólo para retirar las pocas cosas que la viuda les regaló a fin de compensar que se quedaran en la calle de la noche a la mañana con tantas bocas que alimentar; una verdadera tragedia.
Los medios de comunicación apenas brindaron espacio a lo que parecía ser un robo fallido, pero eso en vez de impacientarme era la confirmación que esperaba. La policía había captado el mensaje. Y mi amigo, el periodista entrerriano, volvió a sugerir una conexión entre los casos. Desde entonces empecé a llevar registro de sus publicaciones, incluso seguía sus consejos. Por ejemplo el entrerriano pronosticaba que si el asesino se mantenía en el rubro de los fumigadores aéreos sería cuestión de tiempo hasta que fuera apresado. El muchacho tenía toda la razón del mundo, cambié de rubro.
Mi próxima víctima fue un fumigador terrestre al azar. Venía por la ruta. Vi un mosquito trabajando solitariamente en el campo. Me detuve, abrí el capot del auto y llamé al hombre desesperadamente. Dudó largo rato en acercarse pero ante mi insistencia cayó en la trampa. Allí mismo, junto al alambrado dejé el cadáver con un grafiti hecho con stencil que simplemente rezaba: “MM”. Lo mismo hice con otros dos más el mismo día a unos doscientos kilómetros el primero, otros cien el segundo.
Ahora sí quedaba todo dicho y las noticias lo advirtieron públicamente; un asesino serial acechaba a los trabajadores del agro, pero no a todos, sino a los que manipulaban agrotóxicos particularmente. El revuelo fue importante tanto como mi cambio de estrategia. Tuve que empezar a dejar las rutas principales, evitar peajes y todo tipo de controles de tránsito. Me movía como una luz por los caminos vecinales de tosca y barro. Rápidamente advertí que los peones de campo también tomaban sus recaudos. Se movían en grupos numerosos, nunca solos, y algunos incluso ostentaban armas durante las horas de trabajo. Entonces también cambié de enfoque y empecé a seguirlos uno por uno y terminar con ellos en la puerta de sus casas. Sí, era injusto que la familia se topara con el cadáver ahí mismo pero yo estaba resuelto en mi tarea y el drama era un daño colateral aceptable porque cuánto vale el sufrimiento de un pocos en comparación con el envenenamiento de miles. 
Maté aplicadores terrestres y aéreos hasta el hartazgo, pero en ese entonces principalmente vendedores pues era un objetivo fácil de hallar en las afueras de cualquier ciudad. Por lo general me mudaba de sitio, identificaba las víctimas y los atacaba a todos el mismo día entre el atardecer y la medianoche.  Nunca llevé la cuenta en realidad, pero hice así hasta que no quedó esquina o camino de tierra en el país sin al menos un policía con los ojos bien abiertos. Agoté mis posibilidades en poco tiempo, y si bien todavía seguía de incognito para las fuerzas, había agitado el avispero con tanta fuerza que era hora de esconderse y poner en acción la segunda parte del plan.
El entrerriano me la sugirió en una de sus crónicas, postulaba que era imposible que un solo hombre hiciera semejante carrera de muerte sin ser visto o apresado, por lo que era probable que se tratase de más personas y seguramente agentes de seguridad queriendo infundir miedo en el sector para luego vender sus servicios de seguridad privada. Descabellado, lo sé, o no tanto, porque me pareció buena idea no aquello de vender servicios sino la de sumar adeptos a la causa. Era necesario delegar algo de trabajo.
Dediqué el próximo medio año en armar un verdadero ejército revolucionario. El problema no eran los recursos materiales sino los humanos. Podría haber contratado sicarios si lo hubiese querido, pero no necesitaba empleados; no, no, no, la causa requería hermanos de armas. Necesitaba encontrar alguien lo suficientemente frio como para jalar un gatillo en la frente de otra persona, lo suficientemente ecologista como que esa persona sea un fumigador y lo suficientemente desesperado para hacerlo por puro gusto.
Era una difícil: los amantes de las armas no son ecologistas; los ecologistas nunca están desesperados; los desesperados quieren paz, no armas. Estaba por darme por vencido y salir a matar yo mismo aun si eso significase poner en riesgo toda la operación cuando tuve una verdadera epifanía: los cazadores furtivos. Los cazadores furtivos reunían a groso modo las tres condiciones; no todos claro. Pero sí poseían armas de alto calibre en primer lugar. Luego resultaba claro que por el desmonte para monocultivo muchos de ellos ya no tenían dónde ir cazar o ni siquiera qué cazar. Y a causa de esto, algunos pocos que lo hacían para ganarse el pan ahora apenas si podían hacer alguna que otra changa pasajera. Entre estos últimos encontraría uno o varios interesados.
Empecé a frecuentar los espacios donde suelen merodear los cazadores, casas de camping, armerías, el tiro federal. Hablé con muchas personas y no tardé en descubrir que debía iniciar mi búsqueda en lugares donde la frontera agrícola estuviera avanzando. Allí donde se había instalado hacía rato los viejos cazadores no querían ni hablar del tema para no dejarse invadir por la añoranza; ya se habían acostumbrado a la otra vida no salvaje. Era claro, yo necesitaba gente vivaz, de enojo fresco y reciente, resuelta a vengar el oprobio de la privación a la que lo había obligado el desmonte y el monocultivo. Y fue muy acertado pensar de este modo. No tardé mucho en incorporar al equipo un muchacho de campo cuyo único ingreso eran las postas de jabalí o las milanesas de ciervo que vendía en su barrio.
Desaparecido el monte detrás de su casa, ni ratas quedaron para atrapar. Guardaba el rifle bajo el colchón y lo tenía siempre cargado esperando que se le diera un empujoncito para salir a las andanzas de nuevo. Ya la primera vez que hablamos del tema me vomitó un profundo anhelo por faenar al dueño del campo como a un cerdo. Me llevó mucho tiempo explicarle el por qué era un error, que los dueños de los campos se reemplazan fácilmente,  que los que debían ser faenados eran siempre los fumigadores y no otros. Fue una buena práctica trabajar con él, creo nunca haber conocido persona tan bruta. Llegué a hacerle un dibujo: sin fumigadores hay plagas, plagas acaban con el monocultivo, la rentabilidad se va, vuelve el monte y los animales. Aceptó al instante.
Claramente primero debía pasar una prueba, demostrarme que era capaz de ajustarse al plan. Y lo hizo mejor de lo que yo pensaba. De noche se escondió en un monte pequeño aledaño a un cultivo, esperó a que amaneciera, y derribó una avioneta con tres tiros puestos en la cabina. Huyó con lo justo porque escondido en otro monte vio a la policía aparecer de la nada y revisar el lugar exacto desde donde había efectuado los disparos. Dos grandes lecciones aprendimos de esta incursión: los buenos tiradores no deben arriesgarse si pueden mantener distancia, y que nunca se debe disparar más de una vez porque las repeticiones rebelan la posición.
Como premio le dejé una cuantiosa suma de dinero para que pudiera subsistir los siguientes meses y la promesa de que volvería a buscarlo en un tiempo para trabajar en equipo; tiempo que él debía usar para reclutar nuevos soldados a la causa procurando no poner en peligro la operación. Antes de partir le recordé varias veces que si caía en manos de la justicia nunca volvería a saber de mí de igual manera como que si me traicionaba, él sería el próximo en mi lista.
Estaba jugando a la lotería con el muchacho, pero si todo iba bien me iba a sacar el gordo de navidad. Por lo pronto era necesario abandonar la zona y esperar a descubrir qué tan bien podía el chico pasar desapercibido a las fuerzas de la ley. Entretanto seguí recorriendo los antiguos montes talados recientemente en busca de lugareños empobrecidos a quienes seducir para sumarse. Y en cada pueblo por el que pasaba fui dejando mi marca, aunque de mano de terceros. Los periodistas estaban de fiesta con el caso del “ecofundamentalista”, y se sorprendían tanto como la policía de que aquel no dejara huellas. Lo que ellos no sabían era que yo daba órdenes de atacar recién después de hallarme a cientos de kilómetros de la víctima.
De éste modo recorrí el país de punta a punta y regresé sobre mis pasos para cosechar el fruto de la siembra. No podía creer lo que hallé a mi regreso. Cada uno de los cabecillas zonales había cooptado más de diez interesados. Para mi sorpresa algunos pocos eran cazadores furtivos, el resto adherían a la causa por motivos tan diversos que no los recuerdo; sin embargo todos compartían el deseo serio de linchar al menos uno o dos sojeros.
No había tiempo o recursos para los que no sabía o no querían disparar armas, fueron descartados, pero disponía de municiones, rifles y dinero para los que sí. En definitiva tenía poco menos de quinientos hombres dispuestos a dar un golpe a mi señal. Me sentía orgulloso de ellos y de mí mismo, era todo un logro servido en bandeja listo para ser devorado. El plan era simple. Cada hombre por separado viajaría a un punto distante de su zona y elegiría al azar a un objetivo del rubro. En la fecha indicada a primera hora de la mañana se atacaría sincronizadamente y no se volvería a establecer contacto con algún otro miembro de la organización hasta seis meses luego.
A la hora cero de ese mismo día, los diez mejores tiradores y yo atacaríamos en golpe comando la planta industrial donde se fabrican los pesticidas. Debo decir a favor de mis hombres que ellos nunca supieron el verdadero objetivo de la misión ni que jamás volverían de ella; sino es probable que no hubieran dado lo mejor de sí como lo hicieron. Entramos y salimos prácticamente sin ser vistos, con un daño colateral mínimo y nos marchamos justo con lo que queríamos: un ejecutivo de la empresa al que redujimos como a un perro y lo arrastramos a un sótano preparado para la ocasión. Una hora más tarde de nuestra huida, cuando estabamos a cientos de kilómetros de allí estalló dentro de la fábrica una pequeña carga de explosivo plástico que coloque en los tanques contenedores de los químicos, liberando una nube tóxica que se posó sobre las dos ciudades y borró del mapa a más de cincuenta mil personas en el transcurso de la noche. Al amanecer, cuando la ola de muerte se hizo noticia en los medios y los ojos de todo el país estaban posados sobre el horror, mi ejército de soldados solitarios se movilizó y atacaron cada uno por separado.
Aquel día será recordado como el día negro por algunos, y como el día cero por otros. El ejecutivo de la empresa lo devolvimos más muerto que vivo a un hospital junto con una grabación en video en la que lo obligábamos beber pesticida de un bidón y continuamos capturando sus vómitos, dolores, convulsiones hasta que entró en coma. Entonces leímos a cámara un petitorio en el que nos atribuíamos el atentado a la planta industrial, condenábamos todo tipo de actividad agrícola contraria a la vida y reafirmábamos la soberanía territorial sobre las áreas cultivables por medio de las armas. El escándalo fue internacional.
En primera medida congelamos la economía del país porque ya nadie quiso volver a posar sus manos sobre un agrotóxicos sin antes vestir chaleco antibalas. La rentabilidad del monocultivo cayó al subsuelo. Y repentinamente, para los ojos del mundo, aquel paisucho pacífico y próspero de Sudamérica se había vuelto nido de terroristas. Terroristas con conciencia ecológica, pero terroristas al fin y al cabo, por tanto enemigos de la democracia. No pasó mucho tiempo hasta que Estados Unidos decidiera intervenir militarmente para salvaguardar el progreso económico.

Recuerdo estar mirando las noticias en el televisor del hotel cuando se anunció la “ayuda humanitaria” para el país al mismo tiempo que yo recibía el llamado telefónico de mis superiores. Estaban complacidos a más no poder por el trabajo hecho, mencionaron que sería condecorado con el más alto prestigio. “The president itself will be there”, dijeron. Nunca fui más feliz en toda mi vida. Ahora sí la misión estaba cumplida. 
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Diplomado en BioConstrucción Superadobe del Sur






1er Diplomado en BioConstrucción dictado por Superadobe del Sur, de María Loreto Retamales y Jecek López, dictado durante el mes de Enero del 2014 en Huerta Grande, Córdoba. TEMARIO: Superadobe, Quincha, Enrramado, Paja Enconfrada, Techos Verdes y Baños Secos. 

María Loreto Retamales
loreto.retamales@gmail.com
cel. 54- 03548- 15432920 (Argentina)
00-54-9-3548-432920 (exterior)
www.superadobedelsur.weebly.com
www.superadobedelsur.blogspot.com
www.espirituylluvia.blogspot.com

Video realizado por: David Piedrabuena 
piedrabuena@gmail.com - www.piedrabuena.blogspot.com
editorialtintachina@gmail.com - www.editorialtintachina.blogspot.com

MAS VIDEOS SOBRE EL TEMA: 

{{http://youtu.be/1HMu9_xe_o8}} - Taller de Superadobe en Mercedes.
{{http://youtu.be/-ZJWNAtkPS0}} - Mismo taller, un año después...
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Navidad o Solsticio de Verano... ¿qué festejamos?



Es bueno saber... ¿por qué Año Nuevo y Navidad se festejan por estas fechas?
En realidad ambos festejos son el mismo. Es el Año Nuevo Celta.Para los celtas, el comienzo del año era el Solsticio de Invierno, momento del año en el que los días son más cortos, y de esa fecha en adelante comienzan a prolongarse las horas de luz.Eso es lo que está sucediendo en el hemisferio Norte en este momento.Mientras aquí sucede exactamente lo contrario: los días alcanzan su pico de horas-luz y poco a poco, paulatinamente, el día se hace cada vez más corto.

Pero… ¿Navidad es el Año Nuevo Celta?
Sí, efectivamente. Lo que sucede es que en época de los Celtas, el Imperio Romano conquistó Europa e instauró como religión oficial al Cristianismo.Los cristianos, ni tontos ni perezosos, comprendieron que si querían difundir su religión a estos pueblos conquistados debían “sincronizar” sus cosmovisiones con esta gente y de allí en adelante se dijo que Cristo había nacido el 24 de Diciembre.Así, el Solsticio de Invierno del hemisferio Norte, o sea nacimiento del Sol para los Celtas, pasó a ser análogo al nacimiento del Cristo, el hijo de Dios, para los cristianos.


Pero… ¿por qué Navidad y Año Nuevo son el mismo festejo en dos fechas diferentes?
Porque los romanos luego instalaron el calendario Gregoriano en todo el territorio conquistado.Antes de ese momento, el año no tenía meses como hoy los conocemos sino por el contrario 13 Lunas en su ciclo de 28 días cada una.El calendario gregoriano se “des-sincronizó” del ciclo lunar al poner meses fijos de 30 o 31 días.Así, el Solsticio de Invierno, el antiguo año nuevo de los pueblos originarios, se fijó para el 21 de Diciembre de manera un tanto arbitraria.Pero según el nuevo calendario gregoriano, para esa altura de la fecha el mes todavía no terminaba, por lo que se pospuso el Año Nuevo hasta el 31 de Diciembre.Y finalmente, así llegamos a la respuesta.Navidad se corresponde con el antiguo Año Nuevo Celta, y el Año Nuevo Gregoriano con los caprichos de vaya uno saber quién.


Pero entonces… ¿Qué pasa con el hemisferio sur?
Aquí es verano, es el Solsticio de Verano, el momento en el que las horas-luz disminuyen poco a poco hasta el próximo invierno.Con la conquista de América y la historia ya conocida, nadie se tomó la molestia de ajustar la cuestión al lugar y las fechas quedaron fijas hasta hoy día.De hecho, los Pueblos Originarios de América festejaban el año nuevo por la misma época que los Celtas. Que desconcierto han sentido aquella pobre gente cuando los misioneros cristianos les han dicho que estaban mal, que el comienzo del año era seis meses más tarde.Ahora que sabes esto...

Brindá este año nuevo sabiendo lo que realmente estamos festejando!
Que si estás en el hemisferio norte es el Solsticio de Invierno.
Que si estás por acá nomás, dame un abrazo y decime:¡¡¡FELIZ SOLSTICIO DE VERANO!!!

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Meksicowland!


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De Palermo a la Permacultura

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Spot de la 2da F.L.I.A. Luján

Con el grupo organizador de la Feria del Libro Independiente y Autogestiva de Luján hicimos un video promocional de la fecha...



Participan: 

Lucas Basso como el "Caballero de la Armadura Olvidada".
David Piedrabuena como camarógrafo, director y editor. 
Carolina Vegxn como producción y catering.




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Secuencia Violenta en Ciudad Matufia

Una de las primeras producciones audiovisuales realizadas por Estudios TCH cuando todavía esa división artística ni siquiera existía. Unos visionarios los pibes...

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Misteriosa Entre Rios


Misteriosa Entre Ríos from Don Piedrabuena on Vimeo.
Producido por: www.editorialtintachina.blogspot.com
Editado por: www.piedrabuena.blogspot.com
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La Esclavitud Moderna (4ta Liturgia)

Esta vez...

Tu libertad es correr, y pensar que algún día la rueda se detendrá.

Liturgia es un punto de partida, un punto de encuentro, entre varios puntos.
Es la forma que encontramos de mostrarte y mostrarnos.
Son los puntos y las formas que creamos para abrir un espacio donde expresiones artísticas crucen, al menos por un rato, sus caminos.

Acercate
a escuchar,
a mirar,
a saborear,
a compartir la voz y el fruto, no tan prohibido,
de sus palabras.



Lecturas: David Piedrabuena (www.piedrabuena.blogspot.com)






Expo Audible: Agustina Maggiotto / Manu Cattaneo

Música en vivo: HIJOS DEL SOL



Entrada libre y gratuita.
Comidas y bebidas a precios populares.
Todos los segundos viernes de cada més en el C.C. Artigas (Mitre 846), Luján, Bs.As.

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SuperAdobe

MINIDOC de producción propia...

Superadobe del Sur Buenos Aires - Taller en Mercedes, Noviembre 2012 [FULL HD]





"COMO EL HORNERO", nota publicada originalmente en: http://issuu.com/reverdecerweb/docs/revista_5_para_issu_ultima  



Sea por un impulso natural o imposición cultural, llega un momento en la vida de casi todo individuo en el que uno empieza a considerar seriamente la posibilidad de hacer nido, es decir, construirse la propia casa. Lamentablemente, dicha necesidad común a casi todos los hombres, es explotada por el mercado de consumo de manera tal que hoy por hoy edificar conlleva costos prohibitivos para la mayoría de los ciudadanos de la media, como quien suscribe la presente nota. Es así que buscando una forma de construir, económica y más amigable para el medioambiente, llegué a dar con una técnica llamada SuperAdobe.
            El SuperAdobe es relativamente fácil de hacer. Para quienes no conocen, se trata de embolsar en sacos de polipropileno, los mal llamados “de arpillera”, con una mezcla conocida como “cemento pobre”, es decir, tierra del lugar más 10% estabilizante, cal o cemento. La mezcla se humedece ligeramente y con ella se rellenan los sacos, los cuales se van emplazando unos sobre otros de manera circular hasta alcanzar la altura y la curvatura de un domo o iglú. Dicho de otro modo, un autentico hornero a gran escala. Es así que con ésta técnica no se utilizan columnas estructurales, ni vigas, ni techo de otros elementos, puesto que el mismo material es el que termina coronando la construcción.
Mediante Internet me puse en contacto con la instructora chilena María Loreto Retamales, quien en Huerta Grande, Córdoba, se halla construyendo su propia casa de éste modo. Justo por esos días, principios del 2012, se iba a realizar un taller en el sitio de construcción por lo que en poco tiempo tuvimos que organizar un viaje de más de 700Km.. Hasta entonces mi vínculo con el SuperAdobe se limitaba a las cuantiosas fotos y videos que ofrece el ciberespacio. Ahora iba a ver de primera mano la técnica, con lo cual estaba muy entusiasmado y no pocas eran mis expectativas. Y a decir verdad, todas ellas fueron satisfechas una vez en el lugar.
            Al llegar hallé una casa casi terminada, enteramente erigida con la técnica. Era como un sueño hecho realidad. De inmediato, sin demasiada teoría de por medio, nos pusimos a trabajar pese al intenso calor de los primeros días de Enero. Éramos cuatro los participantes del taller, más la instructora y su pareja, un total de seis personas, entre quienes en poco tiempo alzamos más de un metro y medio de altura de un muro de circular de cuatro metros de diámetro. Mientras los baldes subían y bajaban llenando el saco, Loreto contaba orgullosa que la casa había sido levantada durante el transcurso de un año, dedicando tres mañanas cada semana, es decir, algo así como 900 horas de trabajo. Mientras apisonaba la bolsa ya cerrada, yo sacaba algunos cálculos apresurados y llegaba a la conclusión que trabajando en jornadas extendidas uno podría edificar en poco menos de cuatro meses. Cocina, comedor, living, baño y tres habitaciones, algo más de 90mts. cuadrados levantados en tan poco tiempo por menos de $70.000, incluyendo materiales y mano de obra. Incluso contando una topadora que limpió el terreno antes de empezar con la obra. Todavía sigo sin poder creerlo.
Y es con un mínimo requerido de tres personas no hace falta mucho más para erigir con SuperAdobe dado que ni los materiales ni la forma de manipularlos requieren de demasiado esfuerzo físico o psíquico, ni la posesión de conocimientos arquitectónicos o de ingeniería avanzados. Desde los cimientos, pasando por paredes, dinteles de puertas y ventanas, escalones, contrafuertes, pasillos abovedados, todo se puede crear sin otra cosa que el correcto manejo de la técnica y los materiales.
            Como ya dije, lo que conocía hasta entonces de SuperAdobe me daba la seguridad de estar eligiendo una forma de construcción económica, ecológica, segura y duradera. Sin embargo, en mi interior albergaba temor de hallar que los interiores eran oscuros, húmedos y poco acogedores para pasar mucho tiempo dentro de la casa, pues dado el diseño circular de la estructura, pensaba que los ambientes serían pequeños y propicios para la claustrofobia. Pero al ingresar en la casa de Loreto descubrí que mis temores eran infundados, ya que la entrada de luz puede ser configurada como el constructor del proyecto lo desee, mientras que el espacio interior de los domos de SuperAdobe se presentan amplios a los sentidos. Pero a su vez, y más importante aún, es que dependiendo el ancho de los sacos usados (en éste caso de 40cm.) tendremos paredes gruesas que aíslan los interiores de la casa de las temperaturas extremas del exterior, sea frescura en pleno verano y calor en invierno. De hecho, mientras construíamos al rayo del sol con más de 30º de sensación térmica, en los descansos ingresábamos para disfrutar el fresco que la casa nos ofrecía aún estando con puertas y ventanas abiertas.
            Poco y nada puedo decir del acabado final de la obra, donde la estética de la casa en forma de domo depende de los gustos de cada quién, lo que en mi caso, claramente va de la mano conmigo. Sin embargo, quisiera cerrar la presente reseña aclarando que la forma esférica del domo de SuperAdobe responde casi exclusivamente a la necesidad de cerrar la construcción sin recurrir a otros materiales que los utilizados para el resto de la casa, ni techos ni columnas. Con esto, lo que quiero decir es que la técnica contempla todo tipo de formas y diseños; cuadrados y tradicionales, o totalmente innovadoras, siendo a fin de cuentas una forma de edificar muy versátil, rápida y económica. Y ecológica, por sobre todas las cosas, puesto que no se utiliza otro material más que la tierra de la zona, tierra que luego puede ser devuelta al lugar si se decide tirar abajo la casa, siendo apta incluso para el cultivo si se la trata correctamente.




 http://superadobedelsur.blogspot.com.ar/














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Manual de Compost Urbano









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Manifiesto de la Barbacultura






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Cortometraje "La Fortaleza"



La Fortaleza from Don Piedrabuena on Vimeo.
Actúan: David Pietroboni, Iván Hirschhorn, Bruno Rossi, Atilio Piñeiro, Sergio Hirshhorn.

Guión, dirección, producción: Piedrabuena.
Cámara, iluminación, edición, FX digital: Matías Brelaz.
Asistente de cámara, técnico, microfonista: Atilio Piñeiro.
Utilería, maquillaje, vestuario: Agustín Vizcarra.
Logistica, locaciones, alojamiento: Iván Hirschhorn.
Catering, asistente de producción: Bruno Rossi
Postproducción, mezcla de sonido: Estudios TCH

Enlaces:
http://piedrabuena.blogspot.com.ar/
https://www.facebook.com/yosoypiedrabuena
http://editorialtintachina.blogspot.com.ar/
https://www.facebook.com/tintachina.ediciones



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Día Loco 8

Ilustración de Juan Ignacion Navarro sobre texto presente en la 2da edición de Milton Terías, 

"237cm3 de Felicidad"


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2da Edición del INFIERYO

Tenemos el inmenso agrado de anunciar la 2da edición del INFIERYO con un cambio de diseño integral y cinco nuevos cuentos que terminan de completar y cerrar la obra como a un TODO. Sin más introducción dejamos con ustedes algunas capturas del libro para que el INFIERYO 
hable por sí mismo. 









Ilustración de Tapa
Ilustración de Interiores
Datos de Editoriales
 



DETALLE TÉCNICO
Tipo: Narrativa, 38 textos.
Extensión: 172 páginas.
Tamaño: 16cm x 21cm 
Costo por Unidad: $30
Costo al por mayor desde 10 Unidades: $15
Solicitar a: editorialtintachina@gmail.com o a piedrabuena@gmail.com
No hay derechos de autor: copie, difunda, regale, comparta, cultura libre! Todx de todx para todxs!. Con la tecnología de Blogger.