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esclavitud moderna - [VI] ESCLAVITUD MENTAL

ACLARACIÓN: versión resumida del libro impreso "Esclavitud Moderna, en la Caverna de las Alegorías", del autor Piedrabuena, editado por Tinta China Ediciones

PAN Y CIRCO


Resumiendo en breves palabras el discurso desarrollado hasta éstas páginas podríamos decir sin lugar a dudas que las actuales iniquidades sociales; la pobreza, la ignorancia, la insalubridad; no son azares de la naturaleza sino, al contrario, engranajes de un sistema social verticalista cuyo sostén y fundamento es el de privar necesidades básicas a los individuos para que éstos hagan lo que se les ordena; es decir una forma enmascarada de esclavitud. 
La máscara que oculta la Esclavitud Moderna es el de las Constituciones, el “consenso común” y las leyes mercantilistas neoliberales que éste avala. Las leyes son puestas en efectividad mediante la aplicación de la violencia organizada por parte de instituciones estatales varias; policías, militares, agentes de inteligencia. La sistematización de las fuerzas coercitivas es sostenida por el Estado, quien usa todo éste aparato precisamente para servirse de la producción de los hombres a beneficio de quienes poseen el puesto de gobierno gracias al cobro de impuestos que sostienen precisamente la economía deficitaria de la gobernación. 
Sin embargo, la esfera de poder verdadero se ha trasladado de allí a las Corporaciones, quienes en realidad tienen la sartén por el mango y comercian con el Estado acomodando su legislación según les convenga a ambos.  Las Corporaciones, que también se sirven de la producción de los hombres para su propio beneficio, inflaman a los individuos de necesidades y deseos superfluos que los mantienen prendados del mercado e ignorantes sobre cómo autoabastecerse a fin de que gasten el salario comprando los productos que antes han producido. 
Con todo esto entonces podemos afirmar que el sistema esclavista moderno ha alcanzado un grado de perfección máximo: el esclavo de hoy día ya no necesita una fuerza opresora que lo obligue a latigazos; por el contrario, el látigo lo alberga en su interior. El temor de no poder saciar sus necesidades básicas y el hambre de cosas que ni siquiera necesita son suficientes para sosegarlo y hacerlo partícipe sin resistencia. No sólo eso, además desea y sostiene con tributos a las fuerzas coercitivas que mantienen el status quo por temor a que la pérdida de éste sea a su vez la pérdida de las pocas libertades que el sistema le ha dado. Esto es un nuevo atributo más terrible y digno de temor que cualquier cadena o castigo: la esclavitud voluntaria o no percibida. 

Sería necio de nuestra parte afirmar que las constituciones republicanas actuales, y la democracia representativa, no han limitado en gran manera las formas y los tiempos en que los gobernantes tiránicos pueden hacer de las suyas; a la vez que ha permitido la participación ciudadana en los procesos burocráticos; eso sería ofender a las luchas sociales que los lograron. Pero de igual modo sería faltar a la verdad afirmar que la victoria contra la opresión ha sido definitiva y para siempre cuando en realidad se ha reciclado la forma, el método o el medio y no la esencia del problema que presentan las jerarquías piramidales. 
Sería negar la realidad no ver que si bien han reverdecidos los derechos individuales también se ha procurado en la misma medida limitar el poder de los individuos tras reducirlos a meros votantes que delegan el gobierno a un equipo de “profesionales”; representantes de los intereses del pueblo, quienes una vez en el cargo deben ser soportados con estoicismo hasta las próximas elecciones. Si estos profesionales logran colocarse en los diferentes puestos de los tres poderes, nada quita que puedan manejar la nación como se les venga en gana pero siempre dentro del marco de la ley. 

El voto y la militancia política es toda la incidencia que el ciudadano común tiene sobre el destino del país, por ende de su trabajo y de su familia; lo cual no es poco si uno lo compara con épocas donde tal derecho no existía, dado que al menos uno tiene la opción de apoyar al “menos peor” de los candidatos ya que de un modo u otro alguien va ocupar el puesto de gobierno. Debemos convenir que militar en política consume tiempo que no todo el mundo puede o quiere dar, lo cual lo hace un acto por demás honorable. Sin embargo, ¿cuantas menos situaciones críticas existirían si toda la energía puesta por todas las personas involucradas en la organización de marchas gremiales, o actos políticos multitudinarios, o en discursos populares, o en cualesquiera sea las actividades realizadas por todos los partidos de izquierda y derecha para sus propias causas, fuera canalizada mancomunadamente hacia la resolución de los problemas concretos de quienes no tienen techo, o comida, en vez de dirigirse a dar apoyo a uno solo hombre, o un grupo de ellos, que prometen pelear por soluciones en el senado o el congreso? 

Sin duda las condiciones de esclavitud moderna han aflojado el collar de ahorque individual, pero sólo para reforzar el colectivo. Un claro síntoma de esto es un cambio no menor en el eje de las luchas populares; en el pasado, los levantamientos y rebeliones orientaban su combate contra la jerarquía en sí misma para abolirla; mientras las manifestaciones masivas modernas como el movimiento de los Indignados reclaman participación y mayores privilegios dentro de la pirámide sin cuestionar la existencia de la pirámide. Protestantes y afectados por la protesta se sobreidentifican con sus propias causas y pierden la visión global de la situación. Unos protestan contra el gobierno y otros contra el protestante. Culpabilizan a los demás sectores de la sociedad sin culpabilizar al sistema jerárquico en sí, que es aquel el que permite y fomenta toda forma de iniquidad. 


En este sentido, la Democracia Representativa de corte capitalista sólo es ponderable si ponemos nuestra atención exclusivamente en el contraste que ella presenta con respecto a los gobiernos de facto.  Resulta interesante traer a colación un texto titulado “¿Cuándo hay dictadura?”, firmado por el movimiento social conocido como Liga de las Flores de Papel: 

“Hay dictadura cuando la voluntad política está por encima de la legalidad. Sobre todo la legalidad constitucional.
Una constitución es un límite al poder, es lo opuesto a una dictadura, aunque puede haber una apariencia de constitución que permita de cualquier modo que exista una dictadura. Son las constituciones que dan todos los permisos al gobernante, con lo cual la voluntad política sigue estando por encima de toda legalidad.
Dictadura no es lo opuesto a democracia, sino lo opuesto a república, que es el sistema de gobierno con poderes independientes, derechos individuales, publicidad de los actos de gobierno e igualdad ante la ley. Todas estas condiciones son debilitadas o eliminadas bajo la dictadura dependiendo de su gravedad.
Aún así, la dictadura elimina la democracia bajo la forma del fraude sistémico. La dictadura implica pérdida de libertad y la pérdida de libertad lleva al fraude sistémico.
Las dictaduras más sofisticadas avanzan paso a paso. Van produciendo restricciones, muchas en el campo económico que pueden confundirse con políticas económicas, pero que en realidad son un modelo político.  Esta política busca evitar la resistencia, que es la gran amenaza para la dictadura, mediante el acostumbramiento. Cuando la dictadura se pasa de tiempo corre el riesgo de que la población se organice para resistir. Por eso muchas veces las dictaduras no se reconocen como tales hasta que es muy tarde, hasta que cometen sus peores crímenes y tienen el control total del poder.
Es el efecto “rana en el agua caliente”. La rana que es puesta en una olla con agua fría en el fuego lento. La temperatura va subiendo y la rana no salta nunca hasta que muere. En cambio la rana que cae en el agua caliente salta para salvarse.
La dictadura paulatina va acostumbrando a la población a la irregularidad, puede cometer delitos contra la república a diario que ya no ocupan los titulares de la prensa o pasan desapercibidos, a la vez que consiguen el acompañamiento del stablishment económico, intelectual y periodístico, que resiste a reconocer a la dictadura hasta que es demasiado tarde por temor a perder los privilegios y por sentirse cómplice de haber tolerado abusos del poder.
La metodología de las dictaduras paulatinas busca aumentar la tolerancia al abuso del poder hasta el punto en el que ya no se lo reconozca y se conviva con la dictadura sin aceptar que la libertad está desapareciendo.”


LIBERTAD, ASQUEROSA LIBERTAD

Sea por hábito, ignorancia, temor u holgazanería, la mayoría desaprueba de plano la idea de un cambio de paradigma social en el cual el dinero; la acumulación de bienes; la estratificación clasista; y las necesidad de gobierno centralizado y verticalista; no sean el exclusivo eje de la dinámica social. Entonces, inevitablemente uno llega al cuello de botella de la esclavitud moderna: ¿qué hace que los esclavos prefieran una vida miserable en opresión a una vida, tal vez similar, en libertad? O como lo formulaba Étienne de La Boétie allá por el año 1550, en su “Discurso de la Servidumbre Voluntaria”: ¿por qué las masas de hombres oprimidos, siendo muchos y fuertes en número, toleran que tan sólo un individuo y su séquito de chupasangres los hostiguen y los reduzcan a la esclavitud? 

Hay dos formas de dominar un pueblo, reflexiona La Boétie: la violencia o el engaño. En ambos casos los hombres olvidan con mediana rapidez y aquellos que nacen en la opresión, al no conocer otra forma de vida, se contentan con lo que les ha tocado en suerte sin chistar, tomando su realidad como el Orden Natural de las Cosas. Por tanto, la primera causa de la servidumbre voluntaria es la costumbre. 

La segunda causa analizada, en relación directa a la anterior, es lo que el francés denomina como “cobardía y afeminamiento”, producido por el tirano en los oprimidos para alejarlos aún más de la libertad. Es por eso que el gobierno también promueve los juegos públicos, el entretenimiento vacuo, el asistencialismo con dádivas desmedidas, el alcohol, la prostitución y todo aquello que sea útil a la hora de ablandar a los hombres.



Y por último, pero por sobre todas las cosas, lo que sostiene e impulsa el poder en manos de unos pocos, según Boétie, es la complicidad de quienes colaboran de manera directa con el gobierno. Por ejemplo, los gobernadores, intendentes, diplomáticos, policías, soldados, recaudadores de impuestos, cobradores de peajes. Tal jerarquía verticalista, es para la Boétie, la peor de todas las abominaciones: que el tirano oprime no por su propia fuerza, sino por medio y por la suma de aquellos quienes se benefician de servirlo a él y a su sistema; es decir, oprimidos funcionales al mecanismo de sujeción social. Esclavos esclavistas. 

Lo que nos interesa de La Boétie es la noción de “acostumbramiento”; hoy día denominado “desesperanza aprendida” por los psicólogos, concepto que nos detendremos a estudiar brevemente. Durante la década de los ochentas hubo mucho interés por el tema en el ámbito científico, se desarrollaron experimentos para demostrar que la esperanza puede ser estimulada o inhibida, según se le suministran al sujeto ciertas experiencias que condicionan la capacidad de tomar decisiones para modificar su destino. 

Un estudio interesante para mencionar es el de G. R. Stephenson, quien en 1967 condujo un experimento en el cual se entrenó monos, dentro de una jaula, para que evitaran hacer contacto con un objeto llamativo que daba descargas eléctricas. Luego se introdujo un simio nuevo sin entrenamiento previo que ignoraba las cualidades del objeto llamativo, pero cada vez que se le acercaba los otros primates trataban de evitar que el novato interactuara con él. Los monos entrenados fueron reemplazados uno a la vez por otros nuevos hasta que Stephenson obtuvo una jaula llena de animales que no se acercaban al objeto a pesar de nunca haber recibido ni una sola descarga eléctrica. Éste experimento, lamentablemente poco registrado, se ha vuelto en las escuelas y universidades un ejemplo simple y claro para explicar cómo nace un paradigma y tal vez, por qué no, también nuestra sociedad misma. 

En pocas palabras, la desesperanza aprendida es la sensación de incapacidad, impotencia o falta de voluntad para el cambio de un estado o situación desagradable. Su causa principal se  debe a un profundo sentimiento de indefensión que se aprehende durante experiencias donde los estímulos del mundo exterior son impredecibles, arbitrarios, e imposible de controlar; y pese a todo el máximo esfuerzo que uno pueda hacer, nada tiene un efecto significativo en la traza del propio destino.  Esa sensación, ¿le resulta familiar?

¿POR QUÉ A MÍ?

Como hemos venido señalando a lo largo de los capítulos precedentes, la lejanía creciente de lo natural; la óptica netamente materialista que sostenemos; la educación que de ella se desprende; las jerarquías verticalistas vigentes; la burocratización del gobierno; la privación de las necesidades básicas; y el mercado de consumo erigido a su alrededor; todas esas cosas, juntas y por separadas, hacen que en mayor o menor medida exista en la sociedad la percepción nítida de que poco o nada podemos hacer para cambiar el mundo. Que así ha sido siempre la cosa y que así será por siempre. 

Se anuló la idea de justicia social, se eliminó la condena ligada a la codicia, la rapacidad y el consumo ostentoso, en cambio se reciclaron en objetos de admiración pública y culto a las celebridades. Por eso hoy día los levantamientos sociales no son contra el orden preestablecido, la arbitrariedad del gobierno, o incluso contra el consumo indiscriminado; sino que apuntan a la inclusión en el mercado; sea laboral o de consumo. Nuestra concentración mental, nuestras actividades físicas se destinan al acrecentamiento de las riquezas mediante la competencia y la rivalidad individual, debilitando todo atisbo de cooperación humana. 

Un padecimiento que es personal y propio; como una pila de facturas, cuotas universitarias, lo miserable de los sueldos, lo inestable de los empleos disponibles y lo difícil de acceder aquellos que son sólidos, la nebulosa de la perspectiva de vida a largo plazo. Todo se reduce a una incertidumbre existencial: una mezcla de ignorancia e impotencia y fuente inagotable de humillación. Semejante sufrimiento no suma, al contrario, divide.



La manipulación de la incertidumbre ha sido, es y será la principal arma esgrimida por quienes todavía siguen concibiendo una sociedad dual de superiores y subordinados. ¿De qué incertidumbre hablamos? De la básica, aquella que se desprende del temor a no poder satisfacer nuestras necesidades. ¿Podré comer hoy? ¿Llegaré a fin de mes con mi sueldo? ¿Será buen momento para comprar esa casa o hacer esa inversión? ¿Llegaré a mi hogar sin ser víctima de la inseguridad en las calles? 
Los políticos y aspirantes a gobernantes se desviven por convencernos de que su modelo económico nos ponen a resguardo del peligro, pero lo cierto es que ninguno de ellos jamás combatirá directamente contra la raíz de la fuente donde emana la incertidumbre pues liberarnos de ella o mitigarla al mínimo es a su vez liberarnos y mitigar la necesidad de que un equipo de profesionales se encargue de protegernos contra las contingencias del destino y los infortunios de la sociedad moderna. 

 Podría afirmarse que la sociedad misma y la necesidad de gobiernos verticalistas se fundamenta en nuestra predisposición a evitarnos o anticiparnos a las malas jugadas del azar o a los caprichos de individuos mezquinos. De hecho, el Estado moderno y la burocracia fueron en un principio mecanismos dedicados a paliar estas dos posibilidades y sesgar al ras todo imprevisto negativo que pueda emerger directa o indirectamente de la mano del hombre o la naturaleza. Sin embargo, quien controla la incertidumbre a su vez controla en parte a quienes la padecen o pueden padecerla. El capitalismo la ha adoptado y se sirve de ella para generar rentas como es el caso de las aseguradoras contra todo riesgo, los sistemas de medicina prepaga o los servicios de seguridad privada; además de ser la incertidumbre un justificativo ideal para la política partidaria y el periodismo en general. 



De allí que el Estado de Bienestar haya prácticamente desaparecido o sea destinado a una decreciente nómina de beneficiarios que poco a poco pasan a formar parte de la lista de marginados o futuros criminales. Las instituciones estatales se hacen a un lado y dejan que los individuos lidien personalmente con los errores, fallas o crisis del sistema según los recursos y capacidades que estos posean. En palabras de Ulrich Beck, “se espera que los individuos busquen soluciones biográficas a contradicciones sistémicas”. Este cambio de paradigma solapa otro cambio significativo, y es el de la caída de fe y esperanza que el ciudadano tenía puestas en el aparato estatal por presentársele éste originalmente como un medio idónea para sortear las contingencias las naturaleza y las arbitrariedades de los más poderosos; hoy devenido en mero veedor para que los pueblos respeten las leyes del libre comercio. Los efectos de tal desilusión o frustración pueden ser apreciados en la apatía generalizada y la falta de interés casi total que los ciudadanos demuestran con respecto a los procesos políticos y partidarios, así como casi nula es su participación voluntaria en las instituciones gubernamentales para velar que éstas cumplan sus funciones. 


LA INDUSTRIA DE LA SEGURIDAD

Entonces, si la noción de Estado nace en función de protegernos de la vulnerabilidad inherente a la vida, pero con el tiempo este aparato se vuelve servidor de las dinámicas del mercado que precisamente generan vulnerabilidad, ¿por qué la noción de Estado no pierde legitimidad entre sus súbditos? ¿Por qué la gente no pone en cuestionamiento la existencia de un aparato burocrático que controla sus vidas a cambio de poco y nada? Y eso se debe a que son otras las incertidumbres sobre las que el Estado busca legitimarse; a saber, la inseguridad personal y colectiva. La primera bajo amenaza del crimen perpetrado por pobres e inmigrantes; y la segunda en manos del terrorismo internacional; ambos peligros espectaculares que logran eclipsar las verdaderas y reales amenazas de índole financiera o económica, que son en definitiva las que generan las anteriores. 

El crimen crece y con él crece la industria del control del crimen. En el país paladín de la justicia la lucha contra el delito se ha acomodado al sueño americano para volverse un negocio ampliamente rentable. Los recortes presupuestarios en los programas sociales o la total desaparición de ellos propicia la marginalidad y ésta el crimen. Se construyen más cárceles y se solicitan más  fondos para mantener la infraestructura y el personal. Se firman convenios para la fabricación de armas y equipos tácticos. 

La inseguridad es un negocio redondo por donde se lo mire, no hay que viajar a los países más capitalista para verlo. En casi cualquier parte del mundo la aparición de los barrios cerrados más la consecuente especulación inmobiliaria son fenómenos económicos modernos relacionados directamente a los índices de inseguridad que inflaman los medios de comunicación. La tierra misma, sus loteos, se cotizan con estos índices. Luego los millonarios convenios estatales para la instalación de cámaras de seguridad a lo largo de la ciudad. Además, claro, de toda la mercadotecnia ofrecida al consumidor como sistemas perimetrales, habitaciones de pánico, vidrios blindados, etcétera. Incluso, podríamos mencionar la aparición de incontables empresas de seguridad privada, las que suelen tener reputación de ser ellas mismas quienes generan la demanda. 

En ese sentido, la “Ley Antiterrorismo” es la peor de las abominaciones legales existentes que dan muestra de lo dicho hasta el momento: ésta habilita al gobierno a detener o eliminar cualquier individuo considerado peligroso para la Seguridad Nacional, en nombre de la cual se puede proceder legalmente contra la ciudadanía sin que existan instancias legislativas claras para la defensa de los acusados. En otras palabras, la misma arbitrariedad de siempre pero disfrazada de ley, una ley supuestamente producto de la necesidad social; como siempre ha sido el discurso usado para el dominio violento de una cultura sobre la otra en todas las formas históricas; un mero proceso de reforma y limpieza justificado bajo alguna lógica más o menos perversa que legitime o disimule la atrocidad ante la mirada del resto.


La concepción de un “otro” desechable, que no vale o no cuenta o no juega; sea pobre, inmigrante, negro, judío, chino, islamita, homosexual, barbudo o gordo; en concomitancia con la aparición de la industria de la inseguridad; abre el juego a lo que Bauman llama la “mixofobia”: el temor no a lo foraño como en el caso de la xenofobia; sino a lo que simplemente es distinto a uno mismo o a su grupo de pertenencia. Esto significa temer la mezcla y la perdida de los rasgos particulares que distinguen al grupo propio por sobre los “otros”, es decir, la homogenización como algo malo y temible. 

Quienes poseen el dinero y los recursos generalmente optan por una vida aislada en barrios cerrados y espacios de contención vecinal donde la incertidumbre que emanan los “otros” es mínima o predecible pues son reducidos a un pequeño grupo de familias parecidas entre sí por su capacidad de compra.

Sin embargo, el aislamiento territorial voluntario en vez de asegurarnos, por el contrario refuerza la necesidad de soledad. Es que excluir al diferente no lo excluye definitivamente, ni lo borra del mapa por arte de magia sino que, en vez de invisibilizarlo, lo pone en primer plano. En oposición a lo buscado, desembarazarse de la existencia del otro, y reducirla a lo mínimo indispensable, promueve la necesidad de más y mejores barreras de contención porque se ha perdido la capacidad de adaptarse y amalgamarse con la diversidad sociocultural de la masa. En palabras textuales de Bauman: 

“Encerrarse en un una comunidad cerrada con el fin de ahuyentar los miedos es como sacar toda el agua de una piscina para que los chicos aprendan a nadar sin riesgos…”. 

Por eso mientras mayor sea el tiempo invertido en alejarnos de los “extraños” cuanto mayor será nuestra incapacidad e intolerancia para con lo que no se nos parece y por tanto mayor nuestra frustración en la interacción con la vida social urbana. De allí que nos atrevamos a afirmar que “la lucha contra la inseguridad” en realidad es la lucha a favor de la inseguridad porque con ella se incrementa la percepción de peligro y el resentimiento de clase, socavando profundamente los lazos sociales de confianza sobre los que se emplaza la vida en sociedad.



DIVIDE Y REINARÁS 

A simple vista pareciera ser que muchos fenómenos de la sociedad moderna nos empujan a la individualización colectiva, el gueto personal. El aislamiento se propaga con facilidad entre los congéneres; y entre estos y el medioambiente. El común denominador de la ciudadanía no siente una conexión profunda y visible con sus vecinos ni con las tierras linderas a la ciudad donde habita, o el curso hídrico de dónde bebe agua. El clima es cosa desconocida salvo por las predicciones de los especialistas, tanto como el deterioro medioambiental es un tema preocupante sobre el que "alguien" debería hacer algo.
La disgregación es tal y tan invisible que uno, corriente mortal de la media, no se reconoce debidamente en su rol como parte integral de la comunidad; ni la comuna la reconocemos como parte de una cultura particular; ni ésta como fragmento de la civilización; ni aquella como hija de la naturaleza. Consideramos que nuestro ciclo vital con sus deseos, sus acciones y las consecuencias de nuestro paso por la Tierra se limitan a lo experimentado por la percepción conciente mientras ésta se desarrolle a lo largo de la vida; tras la cual, con la muerte, se disuelve inmediatamente todo vínculo o responsabilidad por las generaciones venideras. Cada uno de nosotros es una mente embutida en un cuerpo de carne y hueso que tiene hambre y sufre necesidad; nada importa más que eso. 

Así tenemos un trabajador en un laboreo monótono, sin una mínima pizca de sentido comunitario en su obrar, totalmente inconexo con los demás por fuera de su entorno privado, forzado a tal situación por un hambre impuesta que refuerza y retroalimenta la sensación de vacío constante que propicia el consumo indiscriminado.  Hambre generada por la demanda de productos innecesarios, destinados a la exacerbación de su individualismo, el cual lo mantiene ajeno a todos los demás componente de la sociedad en tanto estos no se entrometan en su vida personal. Tal es el grado de desconexión en el que vivimos aunque también allí radican las conexiones que al mismo tiempo nos unen. 

El billete se ha vuelto la única conexión existente entre las partes del sistema: si genera riquezas, no importa cuán intrincado sea el vínculo pero a fuerza de insistir el dinero amalgama hierro con madera, mezcla agua con aceite; literalmente en algunos casos. Un ejemplo más concreto: en Entre Ríos, tierra productora de cítricos, si usted pregunta a un verdulero de dónde viene la naranja que vende, le dirá que procede del Mercado Central ubicado en la Capital Federal. Es decir que la fruta recién cosechada viaja, cuando menos, más de ochocientos kilómetros ida y vuelta, pasa por las manos de incontables intermediarios, consumiendo combustible y horas hombre en el proceso para llegar a manos del consumidor final con una severa pérdida de frescura pero un claro aumentado del precio. 
Un esquema de producción que no busca la eficiencia y optimización de los recursos humanos y naturales disponibles; sino al revés, malgasta para centralizar el dinero y elevar los costos; un sistema así no puede más que generar una desconexión total entre los participes involucrados puesto que cada uno procura trabajar por el dinero necesario para poder ir a la verdulería a comprar naranjas rancias y sobrevaluadas.

Como vemos, poco es lo que ha cambiado en la esencia del eje social desde la época de La Boétie, en tanto el acostumbramiento a la opresión y la inflación de las debilidades innatas aportan en beneficio directo al sostenimiento del gobierno de unos pocos. Lo que ha cambiado sí, y mucho, es el marco social que justifica el absurdo. Pero ya ni siquiera la nacionalidad alcanza para generar una endeble identidad de grupo. Los símbolos patrios, las fechas históricas, los próceres, las banderas e himnos, escarapelas y escudos poseen actualmente el valor heredado de las épocas en que se necesitaba fijar la idea de Patria y Estado a fin de unificar la identidad de los pobladores de grandes extensiones de tierra. 
Los países existen en tanto las personas les dan entidad en su cabeza sin cuestionar su presencia como necesaria o beneficiosa, o creyéndolo de ese modo porque han nacido tan insertos en el sistema que no ven otras formas de organización social. Damos por sentado que el país está ahí mientras todo funciona bien y podemos estudiar, trabajar y salir a comprar. Pero si cambiásemos el color de la bandera, el nombre a la Nación y la letra al himno apenas estaríamos puliendo la superficie de una abstracción legislativa mucho más extensa cuyo fin es el de marcar soberanía territorial sobre los recursos naturales. Si mañana despertáramos siendo todos brasileros o uruguayos o chilenos, lo que cambiaria en realidad es quiénes gobiernan y cómo éstos reparten las tajadas de la torta más que cualquier otra cosa; por lo demás, el ciudadano común seguirá yendo al mercado por comida o estudiando y trabajando para poder ganarse el pan a pesar de los impuestos del gobierno; sea cual sea la bandera que éste agite. 

Lo que concretamente nos mantiene juntos en unidad nacional no son los símbolos patrios ni las fiestas tradicionales; sino que es el marco legal protegido por la Constitución, el temor al castigo institucional y la obligatoriedad de participar en el sistema económico mediante el trabajo asalariado, el consumo y el pago de impuestos; todo lo cual debe ser realizado también obligatoriamente con moneda nacional. El papel moneda y su diseño distintivo es en realidad el símbolo patrio primo; más que cualquier bandera o escudo, Argentina (o cualquier país del planeta) termina allí donde su dinero ya no es recibido. 

Son las divisas lo que mantiene vivo al país en el día a día, y al mundo entero, independientemente de las instituciones y las políticas de gobierno; porque sin éstas los individuos no pueden intercambiar bienes y servicios, por ende, no pueden vivir armoniosamente en sociedad. 

Si por una crisis financiera global cayera de manera drástica el valor de la moneda, y repentinamente la gente no pudiera comprar o vender, de poco o nada valdrían los símbolos patrios y las instituciones gubernamentales si estos no garantizan el acceso a las necesidades básicas por medio de un bien de intercambio valioso. De allí que podamos decir y reafirmar que es el dinero mismo, y nuestro anhelo individual y colectivo de poseerlo en cantidades crecientes, lo que verdaderamente nos mantiene unidos y colaborando mancomunadamente para el buen funcionamiento del esclavismo moderno tal como lo venimos definiendo.


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ACLARACIÓN: versión resumida del libro impreso "Esclavitud Moderna, en la Caverna de las Alegorías". 

AUTOR
Piedrabuena

EDITADO POR
Editorial Tinta China
editorialtintachina@gmail.com
www.editorialtintachina.blogspot.com

Licencia de Creative Commons
La Esclavitud Moderna de Piedrabuena es licenciada bajo los derechos  Creative Commons Reconocimiento-CompartirIgual 4.0 Internacional License.

Creado a partir de la obra en www.piedrabuena.blogspot.com

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esclavitud moderna - [V] NECESIDADES: CADENAS

ACLARACIÓN: versión resumida del libro impreso "Esclavitud Moderna, en la Caverna de las Alegorías", del autor Piedrabuena, editado por Tinta China Ediciones

EL CEREBRO REPTIL


En los primeros capítulos hemos definido la interacción entre el Mundo Real y la Realidad como recíproca: una sostiene a la otra, y ésta última da forma a la primera. Tal relación dialéctica es de algún modo análoga a nuestra propia configuración fisiológica individual, en tanto el plano abstracto de la mente y sus pensamientos tiene asidero en la contrapartida material que es órgano llamado cerebro. Por eso puede que sea interesante buscar la raíz de la Esclavitud Moderna en nosotros mismos más que tales o cuales sistemas políticos o económicos particulares. 
Para adentrarnos en el tema recurriremos como guía a Paul McLean, psiquiatra y neurocientífico norteamericano, y su teoría del cerebro triple, cuya traducción literal del ingles “triune” sería trino; tres en uno. Según McLean el cerebro de los humanos actuales presenta dentro de la misma y única estructura celular tres partes bien diferenciadas que se encargan de distintas funciones corporales: el cerebro reptil; el sistema límbico; y la neocorteza. 

Uno de los mecanismos fundamentales que podemos resaltar del Cerebro Reptil es precisamente el de la regulación homeostática del cuerpo. En el interior del organismo la homeostasis interviene en la absorción de nutrientes o la excreción de deshechos, utilizando neurotransmisores para la secreción de hormonas reguladoras de las funciones de cada órgano a fin de que estos cumplan su tarea en el momento indicado. A su vez, también es lo que nos permite interactuar con el medio ambiente exterior de manera equilibrada e instintiva, como por ejemplo cuando las pupilas de los ojos se contraen o expanden según la cantidad de luz que recibe el órgano sensorial de la vista, permitiéndonos ajustar el grado de visibilidad sin un esfuerzo voluntario. También es lo que nos empuja a otras acciones más complejas como ingerir elementos grasos en el invierno debido a la necesidad de generar más calorías y soportar el frío. 
En el humano, el cerebro reptil sigue en pleno funcionamiento encargado de la homeostásis de nuestro cuerpo; aunque solapado por los otros dos y nuestra conciencia. Lo queramos o no, él nos obligan a casi todas las acciones básicas que realizamos con el sólo objetivo de mantenernos vivos: comer, beber, dormir, reproducirnos, huir del dolor, etc.; siendo nuestra propia naturaleza interna el principal y exclusivo amo esclavizante, cuyo látigo fustigador golpea y lacera por dentro sin que podamos hacer otra cosa más que satisfacer sus demandas. 


Se podría afirmar que desde el principio hasta nuestros días, “el sentido de la vida” que ha desvelado a tantos, no es otro que el de perpetuar la propia existencia mientras ésta dure, y perpetuar la especie mientras se pueda; por lo que es necesario salir al mundo día a día a “trabajar” para conseguir aquello que hace callar al tirano interior. El Amo y Señor Homeostasis nos obliga. Por ende, también podríamos concluir que el Cerebro Reptil es donde se emplaza la ambición desmedida, la parte más profunda del egoísta desbocado que llevamos dentro, sujeto en mayor o menor medida a la moderación impuesta por los otros dos cerebros. Ésta es la causa o raíz de que los hombres busquen el poder para utilizarlo en propio beneficio, sirviéndose de las necesidades ajenas insatisfechas, o de la violencia misma, a fin de controlar a los gobernados. 

Como mamíferos superiores gregarios que somos, dentro de quienes todavía palpita el legado de los dinosaurios, no es de extrañar entonces que nuestro paso por el mundo tenga una mayor tendencia a la competencia por el liderazgo, el verticalismo, la depredación de los recursos naturales, el individualismo por sobre el sentido grupal, la sobreidentificación con la máscara del YO y el mercado de consumo erigido a su alrededor. Tal vez por estas razones, no nos extrañe el que los medios de comunicación o las publicidades recurran a dos de las emociones más primitivas para manipularnos: el miedo y el placer. 
¿Existe una conspiración en los medios de comunicación masiva para someter a la población al miedo o la búsqueda irrefrenable de placer? 
Probablemente no, pero la verdad es que el Cerebro Reptil no distingue entre estímulos reales o ficticios y ante ellos activa respuestas invariables, instintivas. La estimulación con impulsos sexuales o violentos en los medios de comunicación produce del mismo modo respuestas invariables en los observadores; quienes no intentarán copular o luchar con el televisor, pero sí elevarán sus niveles de ansiedad y con ellos la propensión al consumo. El incremento en las ventas posibilita a los auspiciantes pagar el auspicio que a su vez permite la solvencia del medio comunicativo. 

Acudimos al supermercado trasnacional por comida envasada que nos apeteció tras verla humear en la mesa de una familia feliz; compramos esa prenda sofisticada que aquel hombre usó para conseguir pareja; nos endeudamos con una entidad bancaria para construir hogares bonitos que vimos en una revista; desdoblamos nuestra moral por dinero sucio a fin de asegurar la supervivencia a largo plazo de nuestra cría. Las necesidades humanas básicas son esenciales, constantes y cíclicas. Lo que cambia a lo largo de la historia es el modo en que la sociedad nos invita a relacionarnos con ellas a fin de acallarlas o satisfacerlas.

LAS NECESIDADES: LAS CADENAS

Resulta por demás interesante estudiar a groso modo la Teoría de la Motivación Humana de Abraham Maslow, quien ha definido una suerte de jerarquía específica de las necesidades; esquema conocido como la Pirámide de Maslow. Según su planteo, los hombres poseen una serie de necesidades básicas cuya satisfacción abre la puerta de manera casi automática al deseo de otras de orden superior, a las que membretó como Necesidades Fisiológicas, de Seguridad, de Filiación, de Reconocimiento y de Autorrealización; en órden de mayor a menor atención psíquica.  

Toda esta introducción sobre los rasgos fisiológicos y neurológicos de los seres humanos nos ayuda a concluir que; si de nacimiento somos ya esclavos de nuestra propia existencia; también de algún modo lo somos a su vez de los medios y las formas que usamos para satisfacer las demanda de la carne. Es decir, somos ya de por sí esclavos de tener que trabajar para “ganarnos la vida”. Pues ganarse la vida es lo que ha venido haciendo la humanidad desde los albores de la civilización hasta nuestros días; mientras lo que ha ido cambiando es el medio social en que cada individuo puede o debe hacerlo. 
Hoy, el hambre se sacia trabajando en una oficina y acudiendo al supermercado a obtener comida industrial lista para consumir. Hace decenas de miles de años, el hambre se calmaba recolectando frutas, hierbas, hongos y raíces en el bosque; la sed se saciaba en el arroyo. En invierno cuando no había frutos se debía recurrir a la cacería para obtener grasas y cueros. Sin éstas tareas básicas y obligatorias los grupos nómades corrían serio riesgo de perecer. Probablemente entre aquellos homínidos primitivos habría, como hoy, algunos más egoístas o perezosos que otros y de ellos habrá surgido las primeras formas de opresión endogámica al quitar a los otros el producto directo de su trabajo mediante el uso de la violencia. Es decir que siempre algunos trabajan y otros parasitan a los que trabajan; pero todos en mayor o menor medida están obligados a moverse en algún sentido para obtener el sustento vital. 
El nacimiento de la Agricultura, el ocaso del nomadismo, da lugar a asentamientos  fijos convocados en espacios verdes cercanos a un curso de agua. Las disputas territoriales, antes estacionales, se asientan en un mismo sitio por tiempo prolongado. Igual que con el nomadismo el reparto de los espacios fértiles favorece a los  fuertes quienes se adjudican la posesión no siempre por las buenas. 

Luego vino un descubrimiento igual de importante: el pozo de agua. Hallar una fuente hídrica incluso en lugares inhóspitos como el desierto no es poca cosa. Desde entonces la ganadería  y los cultivos pudieron extenderse todo el resto del año sin depender directamente de los ciclos hídricos o las inundaciones. Eso significa más comida que se traduce en más gente y por ende más familias. También más trabajo y mayor necesidad de territorio, mayor competencia por las tierras cercanas a la fuente de agua y por aquellas de más fertilidad.
En éste momento de la historia deben haber surgido las primeras formas de esclavitud sistémica porque con la agricultura extensiva las relaciones de fuerza con los rivales dejó de ser una carrera loca por la supervivencia. Los enfrentamientos armados y las guerras responden entonces a una necesidad de estrategia económica que hace el belicismo una actividad rentable, un oficio. El otro, el enemigo, no necesita ser aniquilado para liberar terreno sino que su fuerza de trabajo puede ser anexada a la propia si se lo somete de modo tal que no le quede otra opción más que obedecer los mandatos dados; es decir, quitándole todo cuánto pueda satisfacer sus necesidades. 

El pozo de agua se convierte en castillo, murallas, ejércitos, reino. Lo que en un principio arrancó rústicamente con la privación mediante el uso del garrote se ha vuelto con el paso del tiempo un sistema económico y social bien definido. Durante el Imperio Romano y toda la Edad Media el esclavismo y el vasallaje son dos engranajes bien aceitados del crecimiento de las riquezas. La expansión territorial se destina a la explotación tributaria de las tierras conquistadas. 

Por entonces, muchos aspectos de la vida humana están mayormente subsanados y el hombre ya no lucha contra los elementos de la naturaleza, sino contra los límites del crecimiento que permite el conocimiento y la tecnología existente. Crecen las ciudades, nacen las naciones y estados, las cruzadas, las conquistas, las rutas comerciales, el mercantilismo, las colonias, el imperialismo. 
La revolución industrial es el resultado final de todos estos adelantos culturales que a fin de cuenta dan nota de una civilización que ha dominado los límites impuestos por la naturaleza y por la ignorancia. La aparición de la industria, como lo fue la agricultura en su momento, significa un profundo cambio en la concepción del trabajo, la abundancia y el lujo. La cantidad se sobrepone sobre la calidad. Lo costoso, sólo accesible por aquellos con bolsillo para pagar al artesano, cambia hacia una producción en masa de bajo costo final. Nace la idea de que el disfrute material de la buena vida y la excitación de los sentidos son cosas medianamente asequibles y necesarias para todos por igual. 
La industría requería tres elementos esenciales para funcionar: desempleados en primera medida; luego que éstos se concentraranen el lugar de producción; y principalmente que haya un mercado para tales producciones, que pronto los tres elementos terminaron por ser lo mismo. Fue entonces que se produjo el mayor éxodo rural de la historia de la humanidad. 

Esto era lo que sucedía unos cien años atrás mientras Tolstoi escribía su “Esclavitud Moderna”. Como testigo de los inicios de este éxodo en Rusia, fue una voz denunciante de los peligros que acarreaba: “ puede esperarse que en un futuro no muy lejano, siguiendo las proposiciones de Enrique Georges, toda propiedad territorial quedará suprimida y dicha medida pondrá a los hombres al amparo de la falta de tierra, es decir, del primer motivo que les reduce al estado de esclavitud”. 

Un siglo después de su muerte, la predicción ha sido certera y el proceso se ha acelerado al extremo. Y en esto radica la gran diferencia entre la Esclavitud Moderna de Tolstoi y la que ahora nos subyuga: el éxodo rural está casi completo. En el año 2007 la población urbana excedió oficialmente a la rural y se presupone que a lo largo del último medio siglo casi mil millones de personas se trasladaron del campo a la ciudad. El acceso a la tierra o los medios de producirla sigue sujeto a un sistema de privación  que beneficia a los más pudientes, de igual modo que la satisfacción de las necesidades básicas está restringida al poder de compra, lo cual obliga a la gran mayoría de las personas sobre el planeta Tierra a trabajar para “ganarse el pan”; incluso cuando hay pan para alimentar a tres veces la humanidad actual.
Claramente la historia hasta aquí contada carece de un millar de detalles y variables que han ido moldeando el rumbo de la humanidad desde sus inicios hasta nuestros días, pero como se ha visto a groso modo en éste repaso; las necesidades básicas de los hombres y el modo de satisfacerlas son formalmente siempre distintas pero esencialmente las mismas. Porque no hay sociedad posible sin materias primas como tampoco hay individuo sano sin sus necesidades fisiológicas satisfechas. 




El esquema de la Pirámide de Maslow es a su vez un esquema de nuestra organización social. Podríamos decir sin lugar a dudas que el trabajo de la tierra, en todas sus formas, es de todos los trabajos el primero y único verdadero. Cambian los medios de producir alimentos, ropa y hogares; cambian los métodos de organizar la sociedad para su producción; pero lo que no cambia es la disputa territorial primitiva por poseer los medios de trabajar y producir materias primas sin las cuales ningún tipo de sociedad puede sobrevivir. No sabemos qué podemos esperar del futuro cercano, en el que los órdenes sociales y las instituciones de poder serán distintas, pero siempre el hombre seguirá siendo presa de sus necesidades esenciales. Igualmente siempre ha sido el mecanismo esclavista quitar a los otros los medios de satisfacer sus necesidades para obligarlos a trabajar en beneficio de un tercero. La necesidad, el trabajo y la privación organizada son los elementos que componen la aleación con el que están hechos los eslabones de la cadena que nos sujeta dentro de la Caverna de las Alegorías. 



Trabajo por:
¿NECESIDAD U OBLIGACIÓN?

La sistematización de las tareas necesarias para perpetuar la supervivencia es la base sobre la que se halla erigida toda nuestra sociedad. Gracias al trabajo y no a otra cosa es que hemos podido asegurar los diferentes estadios de la Pirámide de Maslow y elevarnos hacia el siguiente nivel, hasta donde nos encontramos actualmente: en una auténtica cultura del trabajo como máxima virtud y principal eje en las relaciones humanas. 
Tan pronto conocemos a alguien surge la pregunta, “¿a qué te dedicas?” qué en otras palabras sería, “¿de dónde proviene tu dinero?”. Porque como bien dice Jorge Mosqueira, el trabajo ya es una categoría ética. Definir a alguien como una persona trabajadora es encumbrarlo en el bien. 
Así, trabajar se ha vuelto la única manera de tener una vida digna y es lo que une a los hombres los uno con los otros. Entonces, ¿cabría preguntarse qué es una vida digna? ¿Trabajamos para satisfacer exclusivamente nuestras necesidades esenciales o no sabemos a ciencia cierta la diferencia entre el deseo y la necesidad?
De éste modo es que nos vemos impelidos, sutilmente forzados, a una labor monótona e inconexa. En primera medida porque debemos pagar impuestos por nuestra posesiones materiales, y en segunda instancia porque debemos pagar por la comida, el techo, la ropa, el transporte, la salud; además de una acuciante hambre de electricidad para nuestros electrodomésticos, para estar comunicados y conectados, telefonía celular cada más y mejor, automóviles y hogares más grandes, más cómodos. Equipos de música, masajes, viajes; placer físico, psíquico o emocional. O todo aquello a lo que sólo tenemos acceso mediante la moneda de curso legal, es decir, luego de la venta de nuestra fuerza de trabajo, o de los productos que de ella obtenemos. De éste modo es que podemos afirmar que actualmente trabajamos más por obligación que por necesidad. 

La cultura de trabajo se ha arraigado de modo que incluso se la defiende aún cuando va en detrimento de terceros. Los pilotos que pulverizan agrotóxicos sobre escuelas, los abogados que defienden criminales confesos, los policías que reprimen manifestaciones, los soldados que invaden naciones; cuando se los ataca por cómplices del esclavismo éstos se defienden al grito de “sólo estoy haciendo mi trabajo”, como si el acto mismo de trabajar fuera la redención de todo mal o daño contra sus hermanos. Más encima, a veces nos resulta comprensible que no todo el mundo trabaja de lo que quiere y que muchas veces ganarse el pan conlleva atentar contra la naturaleza y la sociedad porque -lisa y llanamente- no queda otra; salvo caer en la miseria.
Es así entonces que podemos afirmar que la esclavitud Moderna se fundamenta en dos pilares. Primero, como en las anteriores versiones, en la obligación de trabajar para no perder los medios de producción que serán expropiados por el gobierno si uno no tributa lo correspondiente. Y segundo, la obligación de trabajar debido a la necesidad de satisfacer los impulsos de nuestro interior, sean estos de orden prioritario o no, cuya casi exclusiva obtención es por medio del mercado. En resumidas cuentas: trabajamos porque... ¿hay alguna otra opción?


LA MUJER: FOCO DE (Y PARA) CONSUMO

La obligación de trabajar, a fin de obtener dinero para gastar indiscriminadamente en objetos superflúos, es un fenómeno que claramente podemos apreciar en el mercado erigido alrededor de la mujer. En época de Tolstoi el hombre todavía era el agente fuerte en el consumo pero ya entonces se comenzaba a gestar una liberación femenina de los quehaceres del hogar por trabajo remunerado. Cien años más tarde, y mucho activismo de por medio, la mujer supuestamente liberada de la opresión del machismo verticalista, ahora se ha vuelto uno de los principales foco de consumo a nivel global. 
  Desde los cabellos a los pies existen para ella objetos materiales que la pueden embellecer, mejorar, adelgazar y hacerla lo más parecida a un estándar estético impuesto de afuera hacia adentro; que de igual modo valora a la mujer, de afuera hacia adentro, y que no tiene otro fin que el de mantener a las féminas siguiendo una zanahoria ilusoria colgada frente a sus cabezas. 
El crecimiento  progresivo de la inclusión de la mujer en el mundo laboral e institucional ha ido desde su inicio acompañado por un incremento equitativo en la oferta y la demanda de productos exclusivamente diseñados para ella.  De la televisión a los periódicos, lo que observe un pequeño o pequeña en desarrollo lo/a estará invitando a sentirse necesitada de ser bonita, gustarle a los chicos, no pasar desapercibida, ser amada aún cuando ni siquiera sabe lo que es el amor. Es que para el mercado destinado a ella, la mujer es mujer mucho antes de siquiera serlo. Y peor aún, para el marketing capitalista, la feminidad apenas se reduce a lo genital; lo femenino es visualmente explotado recurriendo a la segmentación del cuerpo en nalgas, pechos y entrepierna.
Si observamos una revista de target masculino apreciaremos que sus publicidades gráficas “cosifican” a la mujer tras poner sus atributos sexuales en primer plano, mientras los rasgos individuales como el rostro o los ojos son deliberadamente dejados fuera de enfoque. Ahora lo curioso es que mientras las mujeres carnosas y semidesnudas seducen al hombre para venderle productos, resulta que las publicidades destinadas a las consumidoras son también sutilmente iguales. Ya sea por competitividad sexual, o confianza en lo propuesto por el propio género, la mujer también seduce y vende a la mujer propalando una cosificación interior que luego la empuja a sentir la necesidad de consumir algo que haga a su propio cuerpo una cosa más bella según el modelo de belleza impuesto por el mercado. El sexo femenino sin duda es el más manipulado por las publicidades y los productos modernos, hasta tal punto que la industria cosmética, junto a la droga y la venta de armas, es uno de los ejes fundamentales de los movimientos económicos mundiales. 

El mercado no es machista ni feminista, sino productivista. Y por ende “antinatura”. Porque de igual modo a como en las publicidades vemos estereotipos de mujeres irreales sin una sola arruga o una pizca de vello en piernas y axilas; lo mismo vale para el “hombre de publicidad”, lampiño y musculoso. Así, resulta fácil advertir que para el esteticismo mercantil lo que es natural al cuerpo humano no requiere modificación; y sin modificación tampoco insume productos que puedan ser fabricados, empaquetados y vendidos al consumidor. Si cambiamos el esquema de belleza impuesto, pero no cambiamos el mercado, las empresas privadas seguirán sirviéndose de ese nuevo esquema para vendernos insumos a fin de alcanzarlo. 


DEL NACIMIENTO A LA MUERTE

De todos modos, hombre o mujer, ya no queda etapa de la vida o generación que no sea bombardeada con necesidades; de los bebes a los ancianos, incluso las mascotas también, todos tienen cosas para consumir, algunas esenciales para la existencia y la mayoría esenciales para la existencia del sistema. 
Describir el grado absurdo al que ha llegado el mercado de consumo enfocado y sectorizado en las diferentes edades de los individuos sería repetir y reafirmar lo ya dicho hasta el hartazgo. Fácilmente se puede apreciar como de principio a fin de la vida humana, todas las edades han sido cubiertas de cosas materiales deseables, solo obtenibles mediante dinero. Lo más absurdo aún es que ya no sólo compramos objetos para nosotros mismos, sino además objetos para los objetos, como productos de limpieza especializados para coches. 

Sin duda alguna la comodidad, el lujo y los bienes de buena calidad hacen mejor y más bella la vida, pero eso no necesariamente implica que se deba sostener un mercado donde cada quien, estratificado según su poder adquisitivo, tiene a su alcance una gama de productos que en cierta medida van en detrimento directo de los hombres y del medioambiente que estos ocupan. Michel Houllebeck en “Intervenciones”, agrega: 
[“…La lógica del supermercado induce forzosamente a la dispersión de los sentidos; el hombre de supermercado no puede ser, orgánicamente, un hombre de voluntad única, de un solo deseo. De ahí viene cierta depresión del querer en el hombre contemporáneo; no es que los individuos deseen menos; al contrario, desean cada vez mas; pero sus deseos se han teñido de algo llamativo y chillón; sin ser puros simulacros, son en gran parte un producto de decisiones externas que podemos llamar, en sentido amplio, publicitarias…”]. […”La publicidad instaura un superyó duro y terrorífico, mucho más implacable que cualquier otro imperativo antes inventado, que se pega a la piel del individuo y le repite sin parar: tienes que desear. Tienes que ser deseable. Tienes que participar en la competición, en la lucha, en la vida del mundo. Si te detienes, dejas de existir. Si te quedas atrás, estás muerto. Al negar cualquier noción de eternidad, al definirse a sí mismo como proceso de renovación permanente, la publicidad intenta hacer que el sujeto se volatilice, se transforme en fantasma obediente del devenir…“]. 

 Durante mucho tiempo la esclavitud se sostuvo mediante la aplicación de violencia cruda y directa; en cambio, hoy día, como se ha visto en el presente capítulo, la manipulación de la psiquis es el principal medio de coerción: la manipulación de nuestras necesidades.
Somos partícipes de una sociedad donde el conocimiento y estudio de las dinámicas internas de los hombres son utilizados para el sometimiento sutilmente sistemático de la voluntad humana al servicio de la opulencia económica. Más allá de la forma específica que tome la relación que el hombre establece con sus deseos, siempre hablaremos de necesidades esenciales cuya explotación para el beneficio mercantil es inaceptable desde todo punto de vista; el cual debe ser considerado la semilla misma de toda esclavitud. 
En resumidas cuentas, aunque conquistemos el espacio exterior sin antes conquistar el espacio interior, seguiremos siendo humanos y como tales ya hemos nacido esclavos de nuestra propia naturaleza cárnica; de padecer hambre, sueño, frío, deseos reproductivos, necesidades de afecto, miedos y fantasías. Así, las necesidades naturales son inherentes a la vida humana mientras las necesidades impuestas por el mercado son funcionales a un sistema según el cual la acumulación de bienes materiales pretende ser el sustento fundamental del correcto disfrute de la vida. 

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[VI] ESCLAVITUD MENTAL


ACLARACIÓN: versión resumida del libro impreso "Esclavitud Moderna, en la Caverna de las Alegorías". 

AUTOR
Piedrabuena

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Editorial Tinta China
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