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Esclavitud Moderna - [X] NUEVO ORDEN NATURAL DE LAS COSAS

ACLARACIÓN: versión resumida del libro impreso "Esclavitud Moderna, en la Caverna de las Alegorías", del autor Piedrabuena, editado por Tinta China Ediciones




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Esclavitud Moderna - [IX] AUTOGESTIÓN

ACLARACIÓN: versión resumida del libro impreso "Esclavitud Moderna, en la Caverna de las Alegorías", del autor Piedrabuena, editado por Tinta China Ediciones



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Esclavitud Moderna - [VIII] EL CORAZÓN DE LAS TINIEBLAS

ACLARACIÓN: versión resumida del libro impreso "Esclavitud Moderna, en la Caverna de las Alegorías", del autor Piedrabuena, editado por Tinta China Ediciones




TODOS LOS CAMINOS CONDUCEN A ROMA

 Éstas páginas podrían extenderse hacia el infinito si prosiguiéramos puntualizando con lujo de detalle el profundo grado de arraigo que el esclavismo tiene en casi todas las áreas de nuestra vida cotidiana porque infinitos son los métodos y formas de controlar a la sociedad. Resulta necesario en algún punto perfilar un esbozo de conclusión y cerrar el discurso planteado, sin embargo dicha tarea puede no ser fácil aunque lo parezca. 

Sucede que la Realidad es tan compleja, tan llena de detalles y casos peculiares, tan atómicamente particular, que pensar y plantear una solución radical para todo el mundo por igual en “uno, dos, tres, ¡ya!” es tan imposible como brindar una solución a cada caso por separado; y si aún eso fuera viable, de existir semejante propuesta, sería igual de arbitraria e impuesta como lo es el sistema actual.  Sin duda, plantear soluciones reales y aplicables es tanto más difícil y desafiante que limitarse señalar la fruta podrida porque la tarea es en verdad monstruosa. Después de sopesar concienzudamente el estado en el que se encuentra el mundo hoy, bien cabe preguntarse, ¿cómo creer posible una revolución cuando es tanto el poder de unos pocos y tan poco el de la gran mayoría? 
A medida que seguimos desarrollando el tema pareciera cada vez más lejano e impreciso cualquier tipo de cambio social emancipador; muchos de los intentos a lo largo de los dos últimos siglos han sido en casi todos los casos intervenidos económica y militarmente por las grandes potencias en nombre de la libertad (de los capitales). Ni por un instante debemos dudar de que los ricos y poderosos, políticos, narcotraficantes, banqueros y operarios financieros harán todo lo que esté a su alcance para defender la organización actual; pues es lo que les permite enriquecerse desmesuradamente dentro de un marco legal que los protege porque ellos lo controlan a su regalada gana. 

 En la medida que sigan creciendo exponencialmente las luchas sociales; contra la megaminería, los agroquímicos, la trata de personas, el desmonte; también crecerá en la misma medida los ataques y amenazas que sufrirán los militantes de esas causas como también la indiferencia del Estado. Y si nada de eso alcanza para sosegar a las masas, el cepo mercantil internacional puede forzar a la población a aceptar lo inaceptable. La Elite parasitaria que se beneficia del colonialismo del s.XXI tiene mucho que perder en ésta batalla y bajo ningún aspecto proyecta dar el brazo a torcer. 
Frente a tal escenario es de esperarse por delante una larga e inevitable refriega colectiva que sin duda requerirá de muchos más actores sociales que los actuales. Pero antes siquiera de esbozar cualquier tipo de propuesta revolucionaria contra la violencia de los poderosos; es necesario acordar previamente contra qué o quién debemos apuntar la mira para no terminar enredados en los tentáculos de los molinos de viento de la Realidad. 

Es menester preguntarse: ¿hay un pequeño grupo de banqueros y empresarios controlando y dirigiendo a la sociedad global a los que podemos llamar Elite? ¿O el sistema capitalista ha tomado cierta vida propia y es un ente autoregulado que gobierna a gobernantes y gobernados por igual? ¿Debemos atacar y eliminar a la clase dominante o es necesario rearmar la organización social de modo tal que no haya lugar para clases dominantes?

Sin duda el capitalismo es parasitismo convertido en organización social; alguien siempre se beneficia de nuestro trabajo por lo que la primera pregunta se responde fácilmente: en la punta de la pirámide social existe una reducida Elite; que si bien pueden no ser los gobernantes del mundo, al menos poseen los medios de moldear la sociedad según sus intereses. Pero ahora analicemos esto; si nuestra energía vital -convertida en bienes materiales por el trabajo- es sistemáticamente parasitada por el mercado, el Estado, los banqueros, Illuminatis, reptilianos o la Matrix; lo cierto es que la magnitud que ha tomado el “sistema” trasciende la voluntad y decisión de los hombres en los puestos de poder porque incluso ellos también deben de algún modo ceder a las presiones de un sinfín de subalternos que colaboran a su causa por el interés mutuo de acumular riquezas. 

Es decir que el hombre o mujer poderoso, que vemos en los medios de comunicación ostentando la posición de tomar decisiones, es nada más que la punta del iceberg; la cara visible de una interminable cadena de colaboradores que hallan algún rédito personal directo o indirecto en dicha colaboración. Tal es el método del Verticalismo.

Debemos acordar entonces que ya no son los jinetes profesionales quienes comandan a la bestia, que por el contrario es ella la que demanda más y nuevos jinetes para seguir creciendo y avanzando. No son los ricos ni los capitalistas ni los criminales internacionales los culpables de nuestra miseria colectiva; sino un sistema legal que permite, incentiva, cultiva, genera, propicia y garantiza la existencia de los ricos y capitalistas y criminales. En cierto sentido se podría responder a la pregunta antes formulada diciendo que la estructura socioeconómica ha tomado vida propia y se alimenta de la energía mental y física de todos los sometidos y sometedores que con sus acciones cotidianas participan y perpetúan el sistema pues lo han aceptado como algo propio, necesario, útil para garantizar la autopreservación instintiva a la que estamos obligados por el cerebro reptil. 

Esto es clave en la comprensión del mundo moderno: la maldad y la injusticia no son propias de hombres oscuros y pervertidos que deben ser sometidos al respeto de las leyes por otros hombres buenos y luminosos que jamás sucumben a sus bajos instintos. Eso también es parte del teatro de sombras chinescas pues ésta visión dualista de egoístas contra altruistas, de héroes contra villanos, perpetúa el juego de apariencias y oculta el hecho de que todos los seres humanos llevan dentro de sí al santo y al demonio; y que en realidad son las condiciones colectivas las que terminan por traer a flor de piel a uno u otro. 
No es necesario abundar en ejemplos sobre cómo el poder corrompe a las personas, pero sí resulta interesante mencionar un libro mejor conocido como “Eichmann en Jerusalem: Un estudio sobre la banalidad del mal”, de la filósofa Hanna Arendt; quien escudriña la vida y últimos días de Adolf Eichmann a fin de entender cómo operaba la maldad dentro del ideólogo de la Solución Final para el problema judío en la Alemania Nazi. Las conclusiones de Arendt son de algún modo inesperadas: su estudio no termina descubriendo un monstruo o un psicópata desbocado, sino un simple mortal de la media preocupado por obedecer órdenes y hacer bien su trabajo. ¿Estaba mal lo que le habían ordenado a Eichmann? Sin duda, pero él contaba con la autorización del Estado, los medios provistos por éste y un marco social que legitimizaba el antisemitismo, todo lo cual lo eximió de la  culpa producto de la inmoralidad de sus actos; nadie iba a castigarle por ello. Deportar judíos, hacinarlos en campos de concentración, usarlos para el trabajo esclavo y luego asesinarlos como en una línea de ensamblaje industrial no fueron ideas de un sádico demoníaco, sino de un hombre frío y eficiente que cumplía con el trabajo encomendado.  
Al igual que los sujetos implicados en los experimentos de Milgram y de la Cárcel de Stanford, el caso de Eichmann y las torturas de Abu Ghraib son muestras bien documentadas de que personas normales, educadas y mentalmente sanas pueden mostrarse impelidos al sadismo cuando se les provee un marco legitimador autojustificante junto a los medios necesarios para su ejecución. En todos estos casos queda en claro que; si bien la maldad subyace sepultada bajo las capas superficiales de la personalidad de la mayoría de los individuos; la predisposición al mal quizá nunca aflore sino a través de un marco social e institucional que lo permita. Jurídicamente esto ha tomado la forma conocida como “obediencia debida”, una situación penal en el que un subordinado, autor material de un hecho criminal mandado por otro superior en rango, es eximido de cargos y condenas, los cuales se imputan al susodicho puesto jerárquico; porque se entiende que la persona no decide por su cuenta sino que es de algún modo un instrumento del otro; a quien obedece para preservar la propia existencia.

Aunque se nos pueda tildar de simplistas; concluiremos que el instinto de autopreservación (preservar la propia existencia a todo costo) es el punto nuclear donde esclavos y esclavistas se dan la mano en comunión para gestar la esclavitud en cualquiera de sus formas. Si las personas carecieran de un bien arraigado instinto de autopreservación, en primera medida no habría forma de someterlas pues la resistencia sería constante y extrema: nadie temería perder la vida en la lucha encarnizada por la libertad, ni haría caso a las leyes injustas porque el castigo lo tendría sin cuidado. Y en segunda instancia, no habría gente interesada en asegurarse la propiedad privada de los bienes que satisfacen las necesidades, ni tampoco los hombres acumularíamos riquezas (como bellotas las ardillas) porque no experimentaríamos incertidumbre sobre nuestra supervivencia ni la de nuestros hijos.
Necesariamente, debemos concluir que todos los caminos conducen a Roma, y en éste imperio esclavista actual, el egocentrismo individual y colectivo es quien ostenta la corona y posa su trono más allá de las banderas, partidos, nacionalidades o firmas privadas; estos ya no son una causa en sí mismos sino que se han convertido en un medio de alcanzar la meta máxima: el poder. Así, arriba y abajo en la escala social, nos encontramos enredados en una conglomeración de esclavos incapaces de unirse en rebelión dado que la cooperación solo toma lugar en función del beneficio individualista. De manera inversa, entonces nuevamente todas las armas de la lucha revolucionaria deben apuntarse al interior del individuo, porque el combate contra los poderosos es el combate contra el más miserable y peligroso de todos los seres: el propio egoísmo.
Toda injusticia producto de la actividad humana, toda iniquidad legal o criminal, en un elevado porcentaje de los casos tiene su origen en pulsiones egocéntricas desmedidas. Si cosas tan crueles y terribles como la trata de personasy la esclavitud sexual todavía existen, no como casos aislados sino como verdaderos negocios millonarios del que participan miles de cómplices en todos los niveles de la sociedad; esto se debe a que existe una fuerte oferta y demanda producto de un mercado de consumo cuyos bienes son los genitales de un ser humano. En otras palabras significa que un gran porcentaje de la sociedad no tiene una sana relación con sus pulsiones sexuales y que algunos otros hacen de eso su forma de ganar dinero. Lo mismo, en cierto sentido, sucede con el narcotráfico en casi todas sus expresiones, un negocio redondo que simplemente funciona porque hay demanda. Y hay demanda porque es muy poco el esfuerzo por erradicarla allí donde se gesta: en el interior de los individuos.  

Las campañas de concientización contra la violencia de género, la drogadependencia, los accidentes de tráfico o las enfermedades venéreas son nulas –como las de cualquier otra problemática social- puesto que prevenir no es negocio: no genera divisas, y en consecuencia no puede acceder al mismo nivel de espectacularidad mediática con el que nos venden una cerveza helada con gotitas de sudor corriendo por su costado en la mano de una rubia despampanante en una playa en Brasil, sobre un cartel gigante al costado de la ruta, cuya letra chiquita cumple con la ley y dice: “el alcohol al volante mata”. En un esquema de sociedad donde el mercado incentiva la exacerbación de un ego hambriento e inseguro, cuyo único Dios es el dinero, pretender que no haya secuestros, prostitución forzada, robos a mano armada, o guerras, especulación financiera y corrupción política es un contrasentido. Las plantas de tomate dan siempre tomates; este sistema mercantil de privación y acumulación legalizada siempre será tierra fértil para la multiplicación del egoísmo y la rapiña organizada.
Mientras la población mundial y nosotros mismos permanezcamos embobados con la Realidad propuesta por el mercado, mientras más ajenos al Mundo Real, la fragmentación (clasista-religiosa-política-partidaria-generacional) que heredamos al nacer nos parecerá natural e invariable mucho antes de mostrarse por lo que realmente es: un artificio social que puede ser cambiado. Dijimos que entender esto es prioritario y quizá el primer paso hacia la emancipación de la Esclavitud Moderna: el “otro” no es el enemigo. No luchamos contra personas; sino contra todo aquello que propicia luchas entre las personas. No son los malvados egoístas a los que debemos eliminar, sino los medios por los cuales ellos pueden dar rienda suelta a sus demonios. 
Tal cambio de perspectiva resulta fundante porque desbarata la noción de polaridad del dominio de unos sobre otros, pilar primigenio de toda forma de esclavitud. Sin éste cambio de enfoque no habrá un florecimiento de la sensibilización empática, real y concreta hacia las necesidades esenciales de los demás como red comunitaria en la que la persona se desarrolla. Sin este simple despertar, el deseo de erradicar a los malvados o de no participar más en el sistema, será parcial y fácil de reabsorber. Es decir que resulta imperiosa una toma de conciencia generalizada de que, en mayor o menor medida por acción u omisión, todos somos actores de un esquema social arbitrario, por completo injusto, según el cual el lujo de consumo llega nuestro hogar gracias a la miseria forzada, a la privación legal, a la aceptación pasiva de la violencia organizada. Y que a fin de cuenta, los hombres viles no son más que ejecutantes de esos instrumentos, a quienes debemos proveer de otros nuevos, más virtuosos. 

EN CASA DE HERRERO CUCHILLO DE HIERRO

Uno de los primeros pasos fundamentales a dar para la Emancipación social definitiva, será sin duda adoptar de manera personal una relación adecuada con las propias necesidades y las de los demás. El egoísmo, la sobreidentificación con el Yo y sus necesidades, es el principal implicado a combatir no porque sea nuestro enemigo directo, sino porque nos pone a merced de los sistemas que sí lo son. Por esa razón es preciso entender al Yo o Ego como la manifestación consciente del cerebro reptil, es decir el mecanismo psíquico que a través de nuestra personalidad manifiesta su necesidad de autopreservación. Es aquel que nos impele a trabajar para ganarnos el pan si tenemos la posibilidad, o a salir a robar cuando no; pero de un modo u otro obedecemos su mandato. 

El Yo puro de una persona; más allá de su nombre, edad o forma de pensar, sino más bien esa sensación profunda de sentirnos anclados a este cuerpo y esta mente con estas necesidades ineludibles; en cierto modo es neutro y no puede ser considerado necesariamente bueno o malo puesto que no posee en sí mismo moral alguna ni otros sistemas de regulación abstractos que sirvan de freno a su mecanismo homeostático. “Cuando hay hambre no hay pan duro”, reza un antiguo refrán.
El Ego bien puede ser visto entonces como poco más que una herramienta biológica, de igual modo al fuego; útil para ciertas actividades pero peligroso si se descuida o se lo sobrealimenta. Tal es el motivo por el que cada cultura del mundo ha desarrollado convenciones sociales con el objetivo de moldear la relación que el individuo tiene con sus pulsiones naturales a fin de preservar una sana armonía entre las personas. La avaricia, la lujuria, la pereza y los demás pecados capitales del cristianismo son una categorización básica de las diferentes necesidades esenciales de la vida llevadas a un extremo en que se vuelve nocivo para uno y para los demás; lo cual suele tomar lugar siempre que el Yo haya sido exacerbado, sobrealimentado, engordado a base de una constante  autosatisfacción indulgente. 

Ahora bien, si al Yo individual lo extrapolamos a la población mundial, sus automatismos a escala colectiva representan uno de los problemas fundamentales a resolver en la sociedad moderna porque sin duda el sistema capitalista nos empuja en sentido opuesto a la sublimación de nuestros bajos instintos. La economía entera se basa prácticamente en explotar y reasegurar la sensación de “Yo soy yo, primero, único”; desde la restricción del acceso a los recursos básicos, como también a la industria del lujo, el ocio, la fama; o hasta más allá de lo material, pues también abarca las expresiones del pensamiento, artístico y espiritual. ¿Por qué alguien querría estar en el puesto de poder, o en la cima del reconocimiento, sino para la autosatisfacción que otorgan los beneficios añadidos? 
La organización civil clasista; la política y los gobiernos representativos; la económica capitalista; toda la Realidad empuja a la competencia por escalar hacia la cima de la pirámide social lo que convierte al sistema en una verdadera religión del culto al Yo; o mejor dicho al Pequeño Yo, el egoísta que todos llevamos dentro.

No debemos dejar de advertir que, salvo debido a catástrofes considerables, los cambios sociales a lo largo de la historia dan prueba de gestarse en un lento proceso que va de lo atómico particular al aglutinamiento masivo; las ideas de justicia y equidad se gestan primero en las cabezas de unos pocos que logran comunicarlo a los demás, no con poca resistencia, y estos a los otros y así sucesivamente hasta que el total de la población las adopta como propias, naturales, eternas. Sin duda, cualquier cambio de conciencia colectiva se inicia con el cambio de la conciencia individual, como de igual modo ninguno de nosotros militaría causas que no sintiera como propias y urgentes. Entonces es en el Yo propio o ajeno, en el ego, que se encuentra la primera sombra a disipar antes siquiera de pretender cualquier modificación del sistema; aún cuando se corre peligro de hacer fetichismo y perderse en los laberintos del individualismo, la “desindividualización” de uno mismo y de los demás es quizás la más desafiantes de todas las militancias que se deben emprender, personal y colectivamente. 
El primer paso siempre será unificar pensamiento y acción, ser estratégicamente coherente con uno mismo. La coherencia entre discurso y acción no es beneficiosa para el sistema porque el sistema no es coherente; la incoherencia produce crisis, la crisis demanda soluciones y el sistema se nos presenta como el medio idóneo de resolverlas: así, el petróleo se dice en crisis pero termina de todos modos siendo destinado a gatitos de plástico chinos que saludan, que tarde o temprano van a parar al basurero sin haber aportado una pizca de utilidad real a la sociedad más que el movimiento de dinero inherente a su producción y consumo; movimiento monetario al que se imponen rentas luego destinadas a las fuerzas militares de ocupación que asegurarán el suministro de petróleo para la industria. He aquí como el dinero (La Realidad) demanda recursos naturales (El Mundo Real) sin que exista una relación armónica que asegure  la continuidad a largo plazo de ésta relación de parasitismo y dependencia establecida con el medioambiente: nuestro sustento vital.


¿Cuántas de las cosas que hacemos o consumimos a diario, en las que gastamos nuestro dinero y energía vital, son verdaderamente beneficiosas para nosotros individual y colectivamente? Todos gustamos en mayor o menor medida de comer carne asada a las brasas con un buen vino tinto mientras nos deleitamos con el partido de futbol en el televisor; como también en mayor o menor medida entendemos que esos pequeños lujos cotidianos requieren de entregar la fuerza de trabajo a cambio de dinero para acceder a ellos. Pero, ¿tenemos realmente idea del costo social que tal estilo de vida conlleva? ¿Cuántas veces nos preguntamos de dónde provino la carne, cómo fue producida, qué repercusiones particulares tiene dicho método de producción en la vida del trabajador y su familia directa?
Con esto no nos referimos a volvernos ermitaños penitentes o despojados mesiánicos, sino simplemente hacernos una breve pregunta cada vez que estiremos el brazo para comprar algo: ¿realmente necesito esto para mi bienestar? Romper la cadena de las necesidades superfluas no es nada fácil cuando lo necesario se mezcla y se funde con lo deseado, lo querido; que pueden ser parecidos pero nunca serán lo mismo. Estamos acostumbrados a consumir cosas de modo tal que creemos como inconcebible dejar de hacerlo; o de última nos resulta un gran sacrificio, cuando en realidad deberíamos estar agradecidos por tener el acceso a esos productos de la mercadotecnia moderna que eran impensados tan solo treinta o cuarenta años atrás, los cuales damos enteramente por sentado y los consideramos indispensables para la vida moderna. 
El consumo frugal es para nuestra causa un todo beneficioso que de manera directa o indirecta repercute positivamente en la trama social de diversas formas; enumerarlas todas requerirían un libro completo. Sólo por mencionar algunas podemos empezar por la más urgente: producir y consumir menos basura, ambas cosas la misma. En primer lugar dejar de envenenarnos con los sabidos químicos neurotóxicos como es el caso glutamato monosódico o el sorbato de potasio que podemos hallar en casi toda la industria alimenticia; cuyo embalaje plástico es a su vez el mayor volumen de residuos hogareños. Por tanto, protegernos a nosotros mismos y al planeta Tierra de la contaminación es sin duda más urgente que la emancipación de la Esclavitud Moderna, pues no habrá libertad por la que luchar sin una vida saludable que lo permita. 

Ser radical o revolucionario no significa adoptar algún precepto moral y sostenerlo a rajatabla pase lo que pase. Ser pacifista no es exclusivamente marchar contra la guerra o dar la otra mejilla a los aporreos de las fuerzas policiales, como tampoco se puede combatir el capital despojándose de toda propiedad material y vivir como Jesucristo, con lo puesto y feliz. Éstas exageraciones presentes en el imaginario colectivo ayudan a construir los personajes arquetípicos ideales a seguir; el héroe, el redentor, el elegido, quien salva a la raza humana sacrificando su cotidianeidad y la propia vida por la causa suprema; pero también son íconos que al mismo tiempo se deben evitar porque refuerzan la pasividad colectiva al tratarse de roles que superan ampliamente las posibilidades personales o materiales de los que debemos estar al día con las cuentas de luz y teléfono. El abismo entre lo que soy ahora y lo que debería ser para salvar a la humanidad es demasiado grande para un simple mortal de la media como uno. Entonces, ante tal pensamiento uno termina convencido de que si no puedo personalmente es probable que tampoco nadie pueda; o peor aún, lo que debo hacer es unirme a la causa de quienes sí pueden, ser un voto más entre miles.
No es necesario ser el Che Guevara para ser revolucionario, sino buscar equilibrio entre deseo, represión y acción que sea coherente con la imagen que nos hacemos de nosotros mismos; generalmente buenos y honestos. Pero jamás seremos ni buenos y ni honestos si aceptamos pasivamente todo lo mal que se encuentra el sistema porque es más fácil, cómodo o conveniente quedamos de brazos cruzados dado que la situación nos excede. Precisamente por eso, porque la cosa se ha puesto tan terriblemente podrida es que no hacer nada al respecto es tan insultante como estar a favor del sistema. El descontento y la queja sistemática, también la resignación, son tanto peor que al apoyo a la esclavitud; pues quien apuntala el esclavismo con su esfuerzo lo hace a sabiendas  del costo-beneficio que implica su actividad; mientras aquellos que se mantienen al margen sin involucrarse creen estar haciendo un bien cuando en realidad ignoran de plano que precisamente esa falta de responsabilidad es lo que permite a los anteriores operar sin resistencia popular. 

Actualmente existen alternativas al mercado si uno realmente las busca, como talleres artesanales, pequeños productores o incluso la información necesaria en Internet para hacerlo uno mismo con las propias manos. Pero la lógica del consumo es simple; “dedícate a una sola labor, gana dinero y compra todo lo demás ya resuelto, no pienses”. No separes tus residuos, paga impuestos al Estado para que lo haga. No tires los residuos orgánicos de la cocina para hacer compost, ve al vivero y compra una bolsa de tierra fértil lista para usar. No cultives tus propios alimentos, trabaja en una oficina todo el día y en el momento que tengas libre ve a la rosticería a comprar un sándwich de milanesa. 
Con esto no queremos decir que la organización social actual no sea de algún modo útil, y que la vida en cierto sentido es más simple que antes, en tanto no tengo que cosechar un arrozal para cenar risotto; basta con ir al almacén y comprar el kilo de arroz, o incluso mejor, podemos comprar el risotto de preparación instantánea con sólo agregar agua caliente. ¡Que maravilla de la mercadotecnia moderna!  Sin duda sería una locura pedirle a todo el mundo que tenga gallinas en el fondo de su casa para no comprar más huevos… pero, ¿lo sería? ¿Acaso estaban locos nuestros abuelos y ancianos con su costumbre de armar huerta en el fondo de la casa? 

Incluso hoy día no falta alguno que en plena urbe puede darse el lujo de cultivar alimentos en el patio, o en la terraza de su edificio. Desde separar los residuos, reciclar papel, hacer compost en el jardín, tener una huerta hogareña, militar en alguna causa social, hasta aprender a encuadernar libros en casa para uso personal o comercial, todas son formas de encausar nuestra energía y nuestra economía en dirección opuesta a dónde el mercado pretende. 
Si podemos obtener lo básico por nosotros mismos dependemos menos del sistema o de las tendencias del mercado, como también así nos liberamos de operar bajo el sistema tributario, eso significa que podemos actuar con mayor libertad ante situaciones imprevisibles sean de índole económica o política. Si comparto abiertamente lo que hago y trato de enseñarlo a los demás algunos podrán criticarme mientras muy pocos lo tomarán para aplicarlo a sus vidas. Pero esos pocos alcanzan: son los necesarios para seguir contagiando el mensaje a más y más personas. Porque mientras mayor sea el poder en manos de los individuos cuando menor es el de las Elites. Al controlar nuestro propio acceso a la satisfacción de las necesidades básicas somos menos susceptibles a la manipulación política o la especulación financiera que usan para someternos.
En resumidas cuentas, lo que se quiere transmitir es la necesidad de cambiar el foco de atención del Yo Individual para dejar espacio a la identificación con el Yo Grupal. Pasar de una modalidad psíquica de consumismo ególatra a una mentalidad de producción, no productivismo, de lo esencial para la propia vida y la de los co-participantes del colectivo social en el que vivimos. De algún modo sacrificar todo lujo innecesario, todo impulso de consumo que no tenga un fin justificado, procurarnos alguna mínima forma de autosustento y compartir y ayudar a los demás a seguir ese camino. Si hemos de deponer a los tiranos y los grandes capitales, primero hemos de morder la mano, no el látigo. Si ya no necesitamos de sus productos ni caemos en las trampas del marketing, si ya no necesitamos venderles nuestra fuerza de trabajo para comprarles sus productos, si nos ayudamos los unos a los otros a obtener lo esencial para la vida digna, ¿cómo podrían obligarnos a participar sino es acaso mediante el uso del recurso último: la violencia? 

“Después de la emancipación de los trabajadores, decrecerá y hasta desaparecerá la producción de todos esos objetos que no pueden conseguirse sino mediante una sujeción forzosa, sutil o violenta de la clase trabajadora”. Consideramos esta observación de Tolstoi, la clave misma para la emancipación de los esclavos modernos y el camino lógico a seguir por nosotros y por la sociedad toda a nivel global; el decrecimiento económico de las naciones planteado por el economista francés Serge Latouche. Es decir, la austeridad voluntaria y la autosuficiencia colectiva programada, sostenida por el deseo de llevar una vida más simple, con menos anhelos consumistas y por tanto menos presiones monetarias, menos alienación masiva, menos producción innecesaria y a la vez menos contaminación. 
Sólo el decrecimiento planificado colectivamente y sostenido desde la acción individual puede cumplir con el doble objetivo de salvaguardar a la ecología y a la raza humana de la explotación humana. El “Desarrollo Sustentable” y el “Ecocapitalismo” son las mentiras del futuro, pues ambas encarnan la falsa idea de un progreso ilimitado gracias a la depredación de un Mundo Real que bajo ningún aspecto es una fuente infinita de bienes y riquezas. Por tanto, si el planeta tiene recursos finitos, la lógica matemática indica que mientras siga creciendo la población mundial, el territorio y los recursos requeridos para sostener el nivel de consumo deberán a ser repartidos y compartidos en mayor medida; en claro desmedro de los que ya poco tienen, como también de los pudientes, quienes dejarán de serlo porque el lujo será cada vez más escaso. Por lo que inevitablemente debemos preguntarnos ¿qué es lo que debe decrecer? ¿El nivel de consumo o la población mundial? ¿Debemos eliminar fortunas o humanos?

Claramente cualquier persona de corazón sabe la respuesta y no requiere demasiada argumentación para aceptarla. El decrecimiento de la economía, del mercado y del capitalismo desde ya que no puede ser impuesto de arriba hacia abajo o a la inversa, porque de tal modo la resistencia sería inevitable y el cambio aplazado. La revolución social de la que hablamos se trata de un cambio personal voluntario, lento, progresivo; una revolución silenciosa, de crecimiento exponencial por efecto contagio de una persona a la otra mediante el ejemplo; ser portadores de la demostración real y concreta de que el desapego de lo material no significa pobreza o miseria, sino velar por la satisfacción de las necesidades básicas propias y ajenas al prescindir y deplorar de lo superfluo, como también de aquello que pueda afectar de manera directa o indirecta a los individuos o a la trama social que estos conforman; aun cuando eso signifique claudicar a pequeñas comodidades ofrecidas por el mercado: televisor, celular, computadora, consola de videojuegos, aireacondicionado, lavavajillas, coche individual, ropa de marca, tratamientos estéticos o cualquier otra cosa que nos empuje a la autoindulgencia ciega, la que invisibiliza los procesos esclavizantes que producen el lujo. 

SIN GRANOS DE ARENA 
NO HAY MÉDANOS EN EL DESIERTO

No debemos negar que sólo aquel sobradamente desesperado siente reales ganas de tomar las calles para protestar y luego tener que soportar la represión policial. Mientras tanto, los comerciantes de la zona donde se desarrolla el disturbio apoyan la violencia institucional porque temen perder lo suyo; al mismo tiempo que los policías disparan contra sus conciudadanos porque se les paga un sueldo para ello; dinero con el cual comerán y vestirán a sus hijos. No dejemos de lado, claro, a los que desde su casa se indignan con el gobierno por la represión y por el aumento en el precio de tal o cual producto que fabricaban los manifestantes. En fin, la misma historia de siempre de cada uno cuidando lo suyo y sus necesidades inmediatas. 
Éste es el fundamento de la sociedad, así como también el de cualquier hecho antisocial: la gente vela por sí misma y por lo que cree conveniente para los suyos. Visto así, la sociedad es una verdadera paradoja; resultamos ser tan egoístas que en última instancia preferimos lo colectivo porque nos es más conveniente para la supervivencia la compañía de otros que la soledad absoluta. Una suerte de “egoísmo largoplacista”. 
Por eso se ha dicho que el Yo común a todos es lo que nos hermana y nos divide a la vez. Porque si bien todos somos un Yo (quizá el mismo), a su vez cada uno de esos Yo individuales persigue su historia personal, sus gustos, sus preocupaciones, miedos y fantasías como si fueran algo único y especial, enmarcado dentro de un película que tiene por personaje principales exclusivamente a ellos y a los que lo rodean. De allí que lo penoso surge cuando la identificación con lo personal se vuelve exagerada y motivo de aislamiento en grupos de pertenencia cada vez más pequeños y distantes de los demás. La diversidad es digna de rendírsele culto, sin duda, pero siempre y cuando sea el eje que nos identifique como parte de una hermandad universal incuestionable, donde todos somos iguales por el hecho de que somos distintos. 

Quienes tenemos el privilegio de vivir en ésta época de la historia somos testigos de un proceso de cambio en ese sentido, hacia la “biodiversidad cultural”, donde podemos apreciar lo insólito ya casi sin capacidad de asombro ante el apabullante arremeter de la información en un mundo por completo globalizado. Sin embargo éste es recién el inicio del inicio de ese camino, el fósforo encendido acercándose a la mecha. La sociedad actual todavía se halla corrompida y los ineludibles procesos de autopreservación del cerebro reptil los tenemos a flor de piel cotidianamente. Los sectores sociales siguen peleando unos contra otros por las magras migajas que caen de la mesa donde se corta el pan de la abundancia sin ver posibilidad de cambio o cooperación popular masiva en medio de un aparente caos social de crímenes, abusos, guerras y corrupción política. 
Tal estado de constante impotencia y frustración casi ancestral no será nada fácil de remover por hallarse anquilosada en lo más hondo de nuestra psiquis. Incluso quienes ven con claridad el invisible estado servil popular todavía no vislumbran con exactitud cuáles deberían ser los modos de la nueva sociedad si se sopesan seriamente las innumerables aristas de la Realidad. Precisamente por esa innumerable cantidad de complicaciones y marañas que la Realidad nos tira por la cabeza es que la gran mayoría de los que quieren un cambio sueñan con algún tipo de Apocalipsis que ponga fin a todo esto de un plumazo. Una revolución violenta que de la noche a la mañana destruya el sistema, borrón y cuenta nueva. Pero tal anhelo o postura ante el cambio es en última instancia no querer hacernos cargo del rol que nos toca, en tanto nos contentamos con la destrucción de lo viejo sin tener una idea clara de qué vendría luego, o cómo llevar adelante grandes obras revolucionarias cuando nosotros mismos individualmente somos apenas granitos de arena en el desierto. 
Los intereses del mercado mantiene a la masa ignorante y deseosa de facilismos, razón para que ciertamente no todo el mundo quiera cambiar, o dejar de vivir como lo hacen. Si la revolución contra la esclavitud moderna no ha tomado lugar todavía es debido a que la gran mayoría está absolutamente convencida de vivir ya en libertad. La tiranía de la mayoría será un obstáculo difícil a superar debido a la resistencia ignorante. Todo cambio social, y más que nada los aquí propuestos, llevan años y décadas para finalmente tomar lugar y convertir en Realidad palpable lo que durante siglos fue un sueño loco e inalcanzable. Es por eso que el momento de actuar es ahora para que el desmantelado del sistema y la construcción de uno nuevo se produzca por efecto contagio de una generación a la siguiente.  Ciertamente podemos tener confianza en eso porque los procesos homeostáticos del cerebro reptil nos impulsan al egoísmo verticalista de igual forma como nos impele sin remedio a la búsqueda de la libertad. 

A todas luces esto es un proceso lento y paulatino pero que de hecho ya se está dando aquí y allá si miramos con atención. Muchas son las películas, libros u otras expresiones culturales que tienen por fin el denunciar estas realidades y plantear otras vías. Lo que depende de nosotros, del granito de arena que aportemos, es la velocidad y el ritmo con el que se desarrollará dicho proceso de cambio. Porque de haber soluciones reales, y grandes revolucionarios esperando el momento de aplicarlas, estos por lo general -lo ha demostrado la historia-, suelen esconderse entre la gente común y corriente del pueblo, quienes con la información justa y los recursos necesarios pueden hacer mucho por cambiar el rumbo.
Ahora bien, esperar la crisis para actuar a favor de la revolución es como esperar que la enfermedad avance antes de una intervención, al menos preventiva. Si deseamos emanciparnos, individual y colectivamente, la hora ha llegado para nosotros en el exacto momento en que, por al menos un segundo, nos hemos sentido esclavos. El momento de hacer algo al respecto es ahora. Siempre es ahora. La revolución de las comunicaciones de hoy día es la herramienta que nos permite hacer llegar estas ideas a todo el mundo de manera rápida y efectiva. Si te sale escribirlo escríbelo, si te sale dibujarlo pues toma lápiz y papel. Si te sale cantarlo o gritarlo o actuarlo o hacer tu trabajo; sea como sea, si realmente quieres algún cambio tú debes ser ese cambio, encarnarlo, comunicarlo, contagiarlo, ponerlo en alguna acción efectiva y mostrarla a los demás. Alguien “caerá en la trampa” de querer seguir el ejemplo.

La destrucción del sistema no debe ser un desguace violento sino una degradación propia de lo obsoleto, de lo que ha sido descuidado mientras se estaba entusiasmado construyendo otra cosa. Ese debe ser el espíritu, el de edificar el futuro que queremos más que combatir el pasado que arrastramos. Ya la vida cotidiana tiene tantos ribetes así como está que nadie necesita más problemas, sino más soluciones. La suma de los problemas de la vida cotidiana son la causa inicial por la cual una persona no se adhiere a movimiento popular alguno. Por eso es particularmente importante sacar a relucir estas arbitrariedades por lo que son, injustas e innecesarias, para abrir la puerta a un modo de vida que puede descartarlas o evadirlas. 


Si bien el grado de opresión puede variar para unos y otros, así como también el registro interno sobre sus efectos alienantes; todos en mayor o menor medida percibimos que las cosas podrían ser mejor. Mostrar a los demás la esencia de lo que está mal con éste sistema, ir a la raíz misma en vez de combatir contra sus infinitos tentáculos, es el camino más rápido para una verdadera revolución social. Ya poseemos los medios económicos y tecnológicos para una sociedad sin iniquidades, lo único que hace falta para producir el quiebre final es el despertar del poder individual y luego el colectivo. No habrá revolución si los radicales dispuestos al levantamiento son pocos y fáciles de reprimir por las fuerzas de coerción social, mientras el resto de la población mira el espectáculo por T.V.. Recién cuando el grueso de la población tome conciencia y sienta una terrible asco por el estado de la Realidad será posible inflamar algún tipo de cambio que pueda poner punto final a las jerarquías de una vez por todas. 
Es ahí donde podemos hacer mella en el sistema: despertando el impulso primario libertario que, si bien puede estar solapado bajo los constructos civilizatorios, su presencia nunca fue ni será erradicada, la cual podemos apreciar rugiendo tras la ansiedad, el stress, o lo que la gente suele referir como “ganas de largar todo”. Despertar en los individuos este impulso de libertad interior inherente a todos los seres vivos puede ser una buena puerta de entrada. Dejarlo salir a flor de piel, amigarse con él e invitarlo a que conviva con nosotros en nuestras charlas, labores y proyectos para con amor y dulzura transmitir la necesidad de pensar y actuar a fin de desnaturalizar la opresión propia y ajena con la intención de hacer que su presencia sea verdaderamente insoportable. 
Con el paso del tiempo vendrán momentos de pregonar estas ideas universales sobre la libertad como también habrá épocas de cerrar la boca y poner manos a la obra; sea como fuere veremos eco de todo cuanto hagamos. Pero siempre esos tiempos son ahora, pues ahora es el momento justo de ponerse en actividad. Es ahora el momento de esparcir las ideas semillas en la mente de los hombres. Algunos de ellos serán tierra fértil donde germinarán las denuncias y soluciones futuras.

CREER ES CREAR

Sólo por dejar volar la imaginación, ¿cómo sería una sociedad en la que una vez a la semana todos los trabajadores activos prestan un servicio comunal a cambio de cierto beneficio como una canasta básica o reducción de impuestos? Imagine la mano de obra que eso significa para atender asuntos para los que actualmente el Estado subcontrata empresas; como la construcción de viviendas, o el parquizado urbano, la restauración de una escuela que necesita ser pintada, o la limpieza de una zona con basura, o incluso el reciclado de esa misma basura. Básicamente sería lo mismo que ahora, donde el intercambio de beneficios a cambio de una labor concreta se realizaría de modo más directo, con menos intermediarios burocráticos; y por tanto menos manos que se lleven tajadas de los recursos necesarios. 

A grandes rasgos, la mayoría de los textos consultados proyectan una organización social y económica horizontal. Poblaciones y zonas productivas, al igual que las fábricas, deberían funcionar por el sistema de consejo o asamblea. Estos consejos vecinales y obreros deberían trabajar a la par planificando la producción según la demanda a fin de suministrar a la ciudadanía de lo necesario para la vida digna y algunos pocos lujos cuya producción no dañe la naturaleza. Muchos de los puestos de trabajos fijos e invariables que hoy conocemos se volverían obsoletos y la gente tendría mayor tiempo libre para otros quehaceres lúdicos o creativos. La rotación de puestos laborales tendría por objetivo que todos o casi todos puedan realizar las tareas de los demás para reducir al mínimo las especializaciones laborales y las jerarquías profesionales. 
Los alimentos y los insumos de la industria serían fabricados y consumidos en la misma zona, con algún esporádico transporte a tierras lejanas que no pueden producir tal o cual bien por falta de materia prima o condiciones, lo que a su vez reduciría la mano de obra en la distribución y los recursos energéticos consumidos por los vehículos. En resumidas cuentas, las comunidades, sean pequeñas o grandes, harían de la autogestión y del autoabastecimiento sus políticas económicas predilectas. Esto también conllevaría la descentralización del poder político y económico como lo concebimos en la actualidad pues el dominio político, económico o militar no sería necesario para obligar a la gente a conformar una unidad territorial mayor a la de la frontera agrícola correspondiente a cada centro urbano o región productiva. 

Los insumos de la canasta básica podrían ser gratis o bien ser obtenidos mediante el canje de créditos por un mínimo aporte laboral al engranaje productivo del autoabastecimiento. Como el lujo desmedido y la voracidad por lo material no serían los ejes de la economía, sino la constante mejora de la calidad de los servicios, las injusticias sociales se reducirían al mínimo inevitable. Decimos inevitable porque sin duda las iniquidades, sean de índole material, física o psíquica son inherentes al funcionamiento de la naturaleza. En tanto habrá entonces, como lo hay hoy, quienes nacerán con impedimentos congénitos prohibitivos para el trabajo; o incluso quienes serán holgazanes egoístas no dispuestos a la colaboración colectiva. 
Para los unos o los otros será necesario un fuerte sistema educativo similar al actual  pero que incentive por sobre todas las cosas las dinámicas de grupo y el pensamiento creativo e independiente, como también una sensibilización empática hacia el medio natural y social. Pero además, a los niños se les enseñará a ser autosuficientes, en el Mundo Real para el sustento de la vida, como en la comprensión de la Realidad. Esto quiere decir que es necesario transmitirles todo lo necesario para una mente sana en un cuerpo sano. Así, la gente desde pequeña cultivaría la salud en vez de evitar la enfermedad por lo que no quedaran a merced de ningún profesional que pueda manipularlos. El sistema médico será tan poco requerido que hará intervención en caso de accidente, o sólo para mejorar la calidad de vida de la población en general.

Especular sobre cómo debería ser la sociedad o hacer un diagrama de un futuro mejor tal vez sea necesario no tanto para proyectarlo sino más bien para promover el acto mismo de proyección, es decir que sirve en la medida que invita a terceros a romper con la certeza de que poco o nada se puede hacer para cambiar el sistema, como también que el Orden Natural de las Cosas puede que no lo sea tanto. Es un trampolín a pensar y repensar la actualidad y los modos de torcer el rumbo. Fantasear sobre un mundo más equitativo o sobre las formas de conseguirlo es poner fin a la parálisis del creer que la realidad es fija e invariable, o que las instituciones sociales son y serán siempre las mismas sin que nosotros tengamos incidencia sobre el transcurso de la historia. 

Por eso no alcanza con inflamar el descontento social para la revuelta, sino además debemos instar a los individuos al pensamiento crítico y creativo sobre como resolver los problemas concretos de manera independiente y autogestiva, por tanto menos dados a la mentalidad de rebaño o al control centralizado. Con la misma lógica, especificar al pié de la letra los pasos a seguir para la liberación de la sociedad sería de igual modo decir: “no pienses, yo ya lo he hecho por ti, sígueme que yo te voy a llevar por buen camino”. Desde ya que esto no es excusa para no brindar soluciones posibles a temas concretos a fin de seguir regodeándonos en propuestas puramente filosóficas, sino visibilizar la necesidad de participación activa y crítica por parte de todos y cada uno de los individuos que sientan deseos reales de un cambio. 

¿CREAR ES DESTRUIR?

También es válido hacer un análisis de la actualidad y proyectar posibles escenarios futuros “más realistas”. Ante la inminente guerra en Siria y el posible estallido de una 3ra Guerra Mundial de occidente contra Rusia y China; la caída del dólar debido a la deuda de E.E.U.U.; la instalación de bases militares norteamericanas en todo el Cono Sur; el extractivismo salvaje de los recursos naturales como política de Estado; el envenenamiento nuestro de cada día gracias a Monsanto y asociados; la criminalización de la protesta social; el narcotráfico y la trata y la policía como una misma mafia; la política que propone y propone pero nunca llega a la raíz de nada; cabe preguntarse seriamente: ¿nos espera un mundo mejor por delante? ¿O la sociedad actual seguirá degradándose aún más?



  Nada luce estar mejorando o cambiando para una mayor equidad social; al menos no en el corto plazo. Un porcentaje mayoritario de la torta poblacional ignora de plano estar al filo de un estado de desequilibrio global organizado por el sistema bancario para vulnerar las soberanías nacionales sobre las monedas y el mercado de cambio; el objetivo es instaurar un sistema monetario global. ¿Verdad o conspiranoia? No tengamos dudas que lo sabremos en pocos años si no despertamos a la realidad de que los grandes partidos políticos y sus instituciones de control social son serviles a las presiones e intereses económicos de los oligopolios industriales que poco a poco se apropian de las tierras y recursos hasta que poco o nada quede en manos del pueblo, incluso del Estado.
La democracia representativa partidista es el espectáculo perfecto para mantener a las masas entretenidas en la “lucha por un mundo mejor”. El partidismo personalista, esa promesa de prosperidad y progreso encarnada en tal o cual figura política, es un sistema político tendiente a la competencia por el liderazgo y la segmentación de fuerzas, propone una organización de jerarquías verticales diametralmente opuestas al ideal de construcción colectiva; no hay lugar para la asamblea, el referéndum o la consulta popular en la idea de que un grupo de profesionales tomen el mando del país durante el lapso de cuatro años hasta las próximas elecciones.
El Estado de Bienestar de principios y mediados de s.XX es un modelo tendiente a la desaparición, la resolución de las contingencias de la vida que antes podíamos enfrentar con ayuda estatal (sin dinero de nuestra economía propia) ahora recae cada vez más en manos de emprendimientos privados como las obras sociales, el transporte colectivos a larga distancia, las empresas de seguridad. La privatización lentamente conquista cada aspecto de la vida, los barrios privados son la punta de lanza para el advenimiento de una sociedad privada: privada del acceso a los bienes esenciales que satisfacen las necesidades básicas de la población. Es así como mientras los gobiernos actuales propalan leyes populares que amplían los derechos humanos; el matrimonio homosexual, asignación universal por hijo, televisión digital abierta, retenciones a la agroexportación, despenalización de la marihuana; al mismo tiempo estos gobiernos absurdamente autodenominados de “izquierda” reprimen a los campesinos que protestan contra el avance de los pool de siembra, incentiva y financia la búsqueda de nuevos yacimientos petrolíferos para subastarlos a inversores extranjeros, establecen lazos comerciales con Monsanto e ignoran los estudios del CONICET sobre la toxicidad de sus productos, regalan la montaña y los ríos a las mineras internacionales a fin de cobrar rentas que nunca se usan para subsanar el daño social y ecológico del extractivismo en cualquiera de sus formas.



Sin lugar a dudas todo seguirá avanzando en el sentido propuesto por el Capitalismo pero con un creciente tinte violento debido a que la resistencia mental y física de las masas va en aumento como también en aumento va el poder de las Elites mundiales que hacen lobby con los gobiernos nacionales del mundo. Los sudamericanos no debemos tener duda de que en los próximos años enfrentaremos una “primavera árabe” local debido a la guerra por los recursos naturales como los bosques y el agua; posiblemente hacia mediados de éste siglo. Los años ’70 y las dictaduras marionetas del Plan Condor nos parecerán como un juego de niños pues no estaremos enfrentando a un enemigo interno con armas tercermundistas como las nuestras, sino a una potencia bélica que posee la tecnología de punta a nivel global y controla a los organismos encargados de regular el comercio y la diplomacia internacional.
¿Es todo esto una sentencia de muerte o una proyección apocalíptica del futuro? No tiene sentido responderlo; bien puede un “martes 13” cambiar el rumbo de la historia y que nada de lo dicho tome lugar; sin embargo, el desarrollo de los hechos históricos demuestra que hace mucho tiempo hay una mano negra tras de bambalinas moviendo las fichas para la concreción de un Nuevo Orden Mundial, sea lo que sea que eso implique para nuestra modo de vida actual. Lo que venga por delante, los grandes eventos y sucesos mundiales, también contarán con ésta marca de agua impresa en algún sitio porque quienes controlan el sistema bancario internacional harán lo que siempre hicieron: todo lo posible por controlar la forma en que las personas trabajan e intercambian bienes a fin de parasitar a la población de sus riquezas naturales: personales, colectivas y medioambientales.



Debemos tener por seguro que de existir planes para dominar la humanidad, estos están quince pasos por delante nuestro porque mientras el ciudadano común simplemente vive su vida a duras penas, hay otras personas con el tiempo, poder y dinero suficiente para orquestar las razones por los que todos los demás deben vivir sus vidas a duras penas. Mientras el gran porcentaje de la torta poblacional permanezca pasiva en sus casas, asombrándose de la brutalidad del mundo moderno que ve por la T.V., quejándose de la ineptitud del político de turno, delegando el acto de gobernar su propia vida a “profesionales” del liderazgo, embobado con la espectacularidad del mercado y la moda, ajeno a cómo es que lo que realmente necesita para vivir llega hasta su casa y qué costo social tiene tal forma de vida; sin duda nada de nada cambiará por mera ósmosis si no hay un despertar en verdad masivo.
No sabemos qué esperar de los tiempos que corren, el futuro dirá. Pero lo que sí sabemos a ciencia cierta es que si no existe un compromiso individual y colectivo por recuperar el control de las estructuras sociales, de las leyes, de las instituciones, del mercado y de las relaciones laborales; mientras la forma de organizarnos para vivir pacíficamente en sociedad depende de la administración de una esfera de poder reducida a unos pocos hombres; estaremos cada vez más lejos del verdadero ideal de democracia, entendida esta como el gobierno en manos del pueblo. La descentralización del poder político, militar o económico de las naciones, la descentralización del control de la tierra y la producción alimenticia, la “horizontalización” y autogestión de los municipios, las fábricas y oficinas; todo eso seguirá en las mentes de los intelectuales y sensibles, mas no se manifestarán como una realidad porque tales construcciones dependen de la “militancia” de quienes dejan de lado las ilusiones del sistema para entregar tiempo y energía a lo nuevo, lo distinto, lo que debe ser: un sistema social que tenga por meta máxima la satisfacción de las necesidades esenciales como derecho natural al cual se debe acceder de manera libre, gratuita y constante. 

Cualquiera sea el cambio que deseamos ver manifestado en la realidad no queda otra opción que hacernos cargo o corrernos del camino de quienes están avanzando en ese sentido. Debemos desnaturalizar en nosotros y en los demás todas las ilusiones y mentiras que por tanto tiempo hemos creído como última verdad; debemos entender que nos hallamos en un momento histórico en el que es tecnológicamente posible crear un paraíso terrenal porque están dadas las condiciones técnicas para hacerlo y lo único que hace falta es direccionar la voluntad y energía de la humanidad hacia allí. Darnos cuenta y sentir en carne propia que trabajar como burros todo el año para vacacionar dos semanas en verano no responde a ninguna otra cosa más que a una arbitrariedad orquestada por quienes disponen el valor de la moneda, de los bienes, de los servicios, según sus intereses de mantener a la población ocupada en satisfacer sus necesidades básicas antes que en cualquier otra cosa. 
Nada bueno podremos esperar del futuro inmediato si la gente no logra desnaturalizar de manera consciente los mecanismos legales que nos obligan a pagar sumas absurdas por el aquiler de casas, la compra de alimento o el transporte público; todas áreas de la vida cotidiana que deberían estar aseguradas desde el nacimiento no sólo por los magros programas estatales, sino por la sociedad toda: la política, la economía, la educación, la salud, todas juntas y por separadas orientadas a la mancomunación más que a la competencia, la rapiña y el control. Recién entonces, cuando la población mundial pueda reconocer que el sistema es una creación netamente artificial y que como tal puede ser reformulada; reorganizada a través del compromiso masivo por participar enérgicamente de las actividades inherentes a la sociedad (planificación, orden y limpieza, salubridad, infraestructura, etc.) sin delegar el trabajo en individualidades sino en colectivos participativos; entonces podremos esperar algo bueno para nuestros hijos y los hijos de sus hijos. De lo contrario, el rumbo seguirá como lo han marcado quienes actualmente tienen el timón del barco, quienes lo seguirán teniendo en tanto no haya un verdadero motín para sacarlos y para que nunca más unos pocos puedan reclamar el control de la embarcación llamada Humanidad. 


--o--


ACLARACIÓN: versión resumida del libro impreso "Esclavitud Moderna, en la Caverna de las Alegorías". 

AUTOR
Piedrabuena

EDITADO POR
Editorial Tinta China
editorialtintachina@gmail.com
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ACLARACIÓN: versión resumida del libro impreso "Esclavitud Moderna, en la Caverna de las Alegorías", del autor Piedrabuena, editado por Tinta China Ediciones

Sobre “La Esclavitud Moderna” 
de León Tolstoi. 


Este ensayo “antisistema”, o mejor dicho la idea de hacerlo, se inspira en otro ensayo llamado “La Esclavitud Moderna”, de León Tolstoi. Tras investigar un poco descubrí que había pasado un siglo desde la muerte de Tolstoi, y que aquel había sido uno de sus últimos escritos. Algo se disparó en mí y desde ese momento he intentado reflejar y hacer eco de sus pensamientos centenarios en el presente y ver cuánto de adelantado tenía aquel hombre, cuyas palabras siguen aún hoy siendo tan vigentes como monstruosas.
Testigo presencial de la avanzada revolución industrial y el desarrollo pujante del capitalismo contra el socialismo, más la aparición de su hermano mutante, el comunismo; Tolstoi se horrorizaba por las consecuencias nefastas que estos cambios producían en el orden social de su época: el mayor éxodo rural de la historia de la humanidad era por entonces prácticamente irreversible. Bajo presiones del fisco con impuestos exorbitantes o mejores servicios y productos urbanos; labradores y campesinos se veían obligados a dejar sus familias y sus tierras para hacinarse en las grandes urbes en pos de puestos laborales hasta entonces inexistentes.  Allí efectuaban trabajos insalubres de toda índole, como los tinteros que contraían tuberculosis por el plomo de la tinta. Tolstoi remarcaba que los abusos no eran sólo físicos, sino también psíquicos y emocionales. El ejemplo que él menciona para demostrarlo es el de la industria textil que empleaba sólo mujeres, muchas de la cuales debían trabajar embarazadas, o en la peor de las veces, entregar sus niños en adopción dado que aquel régimen laboral no contemplaba moratoria alguna al trabajador, siendo despedido ante la primera falta.