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SuperAdobe

MINIDOC de producción propia...

Superadobe del Sur Buenos Aires - Taller en Mercedes, Noviembre 2012 [FULL HD]





"COMO EL HORNERO", nota publicada originalmente en: http://issuu.com/reverdecerweb/docs/revista_5_para_issu_ultima  



Sea por un impulso natural o imposición cultural, llega un momento en la vida de casi todo individuo en el que uno empieza a considerar seriamente la posibilidad de hacer nido, es decir, construirse la propia casa. Lamentablemente, dicha necesidad común a casi todos los hombres, es explotada por el mercado de consumo de manera tal que hoy por hoy edificar conlleva costos prohibitivos para la mayoría de los ciudadanos de la media, como quien suscribe la presente nota. Es así que buscando una forma de construir, económica y más amigable para el medioambiente, llegué a dar con una técnica llamada SuperAdobe.
            El SuperAdobe es relativamente fácil de hacer. Para quienes no conocen, se trata de embolsar en sacos de polipropileno, los mal llamados “de arpillera”, con una mezcla conocida como “cemento pobre”, es decir, tierra del lugar más 10% estabilizante, cal o cemento. La mezcla se humedece ligeramente y con ella se rellenan los sacos, los cuales se van emplazando unos sobre otros de manera circular hasta alcanzar la altura y la curvatura de un domo o iglú. Dicho de otro modo, un autentico hornero a gran escala. Es así que con ésta técnica no se utilizan columnas estructurales, ni vigas, ni techo de otros elementos, puesto que el mismo material es el que termina coronando la construcción.
Mediante Internet me puse en contacto con la instructora chilena María Loreto Retamales, quien en Huerta Grande, Córdoba, se halla construyendo su propia casa de éste modo. Justo por esos días, principios del 2012, se iba a realizar un taller en el sitio de construcción por lo que en poco tiempo tuvimos que organizar un viaje de más de 700Km.. Hasta entonces mi vínculo con el SuperAdobe se limitaba a las cuantiosas fotos y videos que ofrece el ciberespacio. Ahora iba a ver de primera mano la técnica, con lo cual estaba muy entusiasmado y no pocas eran mis expectativas. Y a decir verdad, todas ellas fueron satisfechas una vez en el lugar.
            Al llegar hallé una casa casi terminada, enteramente erigida con la técnica. Era como un sueño hecho realidad. De inmediato, sin demasiada teoría de por medio, nos pusimos a trabajar pese al intenso calor de los primeros días de Enero. Éramos cuatro los participantes del taller, más la instructora y su pareja, un total de seis personas, entre quienes en poco tiempo alzamos más de un metro y medio de altura de un muro de circular de cuatro metros de diámetro. Mientras los baldes subían y bajaban llenando el saco, Loreto contaba orgullosa que la casa había sido levantada durante el transcurso de un año, dedicando tres mañanas cada semana, es decir, algo así como 900 horas de trabajo. Mientras apisonaba la bolsa ya cerrada, yo sacaba algunos cálculos apresurados y llegaba a la conclusión que trabajando en jornadas extendidas uno podría edificar en poco menos de cuatro meses. Cocina, comedor, living, baño y tres habitaciones, algo más de 90mts. cuadrados levantados en tan poco tiempo por menos de $70.000, incluyendo materiales y mano de obra. Incluso contando una topadora que limpió el terreno antes de empezar con la obra. Todavía sigo sin poder creerlo.
Y es con un mínimo requerido de tres personas no hace falta mucho más para erigir con SuperAdobe dado que ni los materiales ni la forma de manipularlos requieren de demasiado esfuerzo físico o psíquico, ni la posesión de conocimientos arquitectónicos o de ingeniería avanzados. Desde los cimientos, pasando por paredes, dinteles de puertas y ventanas, escalones, contrafuertes, pasillos abovedados, todo se puede crear sin otra cosa que el correcto manejo de la técnica y los materiales.
            Como ya dije, lo que conocía hasta entonces de SuperAdobe me daba la seguridad de estar eligiendo una forma de construcción económica, ecológica, segura y duradera. Sin embargo, en mi interior albergaba temor de hallar que los interiores eran oscuros, húmedos y poco acogedores para pasar mucho tiempo dentro de la casa, pues dado el diseño circular de la estructura, pensaba que los ambientes serían pequeños y propicios para la claustrofobia. Pero al ingresar en la casa de Loreto descubrí que mis temores eran infundados, ya que la entrada de luz puede ser configurada como el constructor del proyecto lo desee, mientras que el espacio interior de los domos de SuperAdobe se presentan amplios a los sentidos. Pero a su vez, y más importante aún, es que dependiendo el ancho de los sacos usados (en éste caso de 40cm.) tendremos paredes gruesas que aíslan los interiores de la casa de las temperaturas extremas del exterior, sea frescura en pleno verano y calor en invierno. De hecho, mientras construíamos al rayo del sol con más de 30º de sensación térmica, en los descansos ingresábamos para disfrutar el fresco que la casa nos ofrecía aún estando con puertas y ventanas abiertas.
            Poco y nada puedo decir del acabado final de la obra, donde la estética de la casa en forma de domo depende de los gustos de cada quién, lo que en mi caso, claramente va de la mano conmigo. Sin embargo, quisiera cerrar la presente reseña aclarando que la forma esférica del domo de SuperAdobe responde casi exclusivamente a la necesidad de cerrar la construcción sin recurrir a otros materiales que los utilizados para el resto de la casa, ni techos ni columnas. Con esto, lo que quiero decir es que la técnica contempla todo tipo de formas y diseños; cuadrados y tradicionales, o totalmente innovadoras, siendo a fin de cuentas una forma de edificar muy versátil, rápida y económica. Y ecológica, por sobre todas las cosas, puesto que no se utiliza otro material más que la tierra de la zona, tierra que luego puede ser devuelta al lugar si se decide tirar abajo la casa, siendo apta incluso para el cultivo si se la trata correctamente.




 http://superadobedelsur.blogspot.com.ar/














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Manual de Compost Urbano









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Manifiesto de la Barbacultura






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Cortometraje "La Fortaleza"



La Fortaleza from Don Piedrabuena on Vimeo.
Actúan: David Pietroboni, Iván Hirschhorn, Bruno Rossi, Atilio Piñeiro, Sergio Hirshhorn.

Guión, dirección, producción: Piedrabuena.
Cámara, iluminación, edición, FX digital: Matías Brelaz.
Asistente de cámara, técnico, microfonista: Atilio Piñeiro.
Utilería, maquillaje, vestuario: Agustín Vizcarra.
Logistica, locaciones, alojamiento: Iván Hirschhorn.
Catering, asistente de producción: Bruno Rossi
Postproducción, mezcla de sonido: Estudios TCH

Enlaces:
http://piedrabuena.blogspot.com.ar/
https://www.facebook.com/yosoypiedrabuena
http://editorialtintachina.blogspot.com.ar/
https://www.facebook.com/tintachina.ediciones



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Día Loco 8

Ilustración de Juan Ignacion Navarro sobre texto presente en la 2da edición de Milton Terías, 

"237cm3 de Felicidad"


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2da Edición del INFIERYO

Tenemos el inmenso agrado de anunciar la 2da edición del INFIERYO con un cambio de diseño integral y cinco nuevos cuentos que terminan de completar y cerrar la obra como a un TODO. Sin más introducción dejamos con ustedes algunas capturas del libro para que el INFIERYO 
hable por sí mismo. 









Ilustración de Tapa
Ilustración de Interiores
Datos de Editoriales
 



DETALLE TÉCNICO
Tipo: Narrativa, 38 textos.
Extensión: 172 páginas.
Tamaño: 16cm x 21cm 
Costo por Unidad: $30
Costo al por mayor desde 10 Unidades: $15
Solicitar a: editorialtintachina@gmail.com o a piedrabuena@gmail.com
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Deportes eran los de antes...



Los tambores estallan todos juntos. Marcan el paso de las apretadas columnas de gentes que se dispersan en las gradas ni bien traspasan la compuerta. El estadio se llena de color verde de un lado, rojo del otro. Las banderas, los gorros, las trompetas, el papel picado, las serpentinas, los gritos, los saltos, el calor humano, nada de eso falta. En poco menos de unos cuantos cánticos no queda espacio libre entre el público ahora convertido en una masa humana que vibra y pulsa en un vaivén de cantos, insultos y vitoreos de equipo al otro.
- ¿Es la primera vez que venís a la cancha?- pregunta un hincha a otro, que nervioso, mira la locura a su alrededor como perdido.
- Sí, y nunca imagine que era tan fuerte.
- Y sí, más en un superclásico como éste. ¿Te costó mucho conseguir la entrada?
- No para nada, sólo tuve que firmar el consentimiento y listo, ahí, recién, afuera en la vereda.
- Que bueno, ojalá que ganemos.
Y los extraños se abrazan para darle fuerza al equipo. Desde donde están poco y nada se ve de la cancha pero aún así advierten que faltan pocos minutos para que comience el juego ya que hay mucho movimiento allá abajo. Los tambores cesan un momento y la multitud de ambos bandos calla. Un pitido agudo distante se posa sobre todo el estadio y sin más los alambres tejidos y las vallas caen al piso. Una avalancha roja y verde cae sobre la cancha tras un único grito multitudinario y gutural. Los jugadores de ambos equipos se mezclan a tal punto que es imposible distinguir donde empieza un bando y termina el otro. La masa humana hierve en piñas, patadas, cabezazos, mordiscos. Se pisan, se aplastan, se ahorcan, se quiebran. Sangran.
Luego de un minuto de furia el color verde empieza a distinguirse con mayor claridad por sobre el rojo y el piso bajo sus pies se halla plagado de cuerpos inertes.
- ¡Pongan huevo, mierda carajo!- grita un hincha a los pocos jugadores que quedan a su lado.
- La cagamos, perdimos, pero aún así, que buen partido- responde otro mientras retrocede ante el gran grupo verde que los cerca contra un ángulo.
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Incendio en el pantano



A decir verdad, pocas veces en la simple vida de éste humilde crítico gastronómico ha ocurrido gran cosa digna de mención escrita. Tal vez mi visita al restaurante Bote Banana sea una de ellas. Aunque debo aclarar que eso no necesariamente es bueno para mi veredicto final, ni tampoco lo opuesto. De hecho, debo confesar que en mis treinta y ocho años en el oficio es la primera vez que no puedo emitir juicio alguno sobre el establecimiento. Por cuanto, y a fin de acercar mi testimonio fiel al lector ávido de nuevos espacios, me limitaré a describir lo que recuerdo. Tal vez así, incluso yo mismo pueda entender.
    Dado que se trata de un lugar céntrico, llegué hasta sus puertas caminando desde la redacción del periódico. La noche en la calle lucía tranquila, cuya calma era apenas rasgada por esas suaves brisas cálidas que anuncian la llegada del verano. Al ingresar al Bote Banana percibí en el ambiente el mismo aire extraño que se siente durante un incendio en el pantano: dulce humedad caliente. El salón era espacioso en todas direcciones y denotaba una bien pensada distribución de las mesas, suavemente bañadas por la luz de una vela (como toda la iluminación del Bote Banana) que resaltaba a los ojos el color vino opaco de los manteles. Observando mejor, podría uno afirmar que aquello era reflejo del resto del establecimiento, también morado incluso en su exótica ambientación musical de estilo lounge. Aunque la música ambiente no era de mi agrado, debo decir que el público parecía disfrutar. Pude ver el regocijo de varias parejas frente a una tarima que intuí destinada a presentaciones artística de algún tipo. Pronto descubriría cuál.
Sobre el servicio de los camareros he de decir poco, pues poco es lo que les he visto en realidad. Tampoco pude observar a la gente acudir a la barra, por lo que pronto temí haber caído en la trampa del mercantilismo vil de las nuevas tendencias minimalistas de esos “restós” ahora muy de moda donde apenas sí hay algo digno de beber. Entonces volví a advertir la barra. Se hallaba al fondo y debía ser lo único que era iluminado por luz eléctrica, cuya luminaria particular resaltaba una combinación de quebracho colorado y bronce pulido deslumbrante, casi cegadora. El barman clavado en el medio parecía inamovible, estaba inclinado hacia delante con ambos brazos apoyados y abiertos sobre la barra. Delante de él cuatro espías secretos de pantalla grande chasqueaban los dedos al ritmo de la música. Intercambiaban miradas furtivas con un grupo de ingenuas jovencitas que buscaban en las sonrisas de los caballeros una obvia respuesta al florido coqueteo desplegado sobre los sillones de terciopelo cercanos a un hogar a leña que no había visto. Entonces vi las mesas de pool y el blanco con dardos. Un mesa de ping-pong y un “fulbito”, también había un pinball y más allá un pelotero con niños.
“Un trago de cortesía, Señor” escuché a mis espaldas pero al girar el camarero ya había partido de regreso a un rincón oscuro que supuse sería la cocina. La copa que hallé sobre la mesa era de un material opalino y contenía un líquido rojizo y espeso. A uno de sus lados pendía una etiqueta de papel madera que según rezaba impreso la copa se llamaba “Langosta Todopoderosa”. Debo confesar que no pude entonces, y mucho menos podré ahora, precisar qué combinación de frutas y alcoholes conformaban aquel prodigio de la coctelería moderna. Pero sea como fuere, el primer trago, y el que le siguió luego, y el siguiente también, fue para mi garganta un verdadero renacer. “Otro, por favor”, grité hacia la barra.
    Entonces empezó la música, la verdadera música. Una orquesta de nueve puso a la gente a moverse poseídos por titiriteros invisibles tras una explosión de arritmia, percusiones, vientos y cuerdas. Como crítico gastronómico conozco de música lo mismo que cualquier otro mortal de la media, por tanto no estoy habilitado para opinar del tema más allá de la mera subjetividad propia. Aún así es mi deber informarles que las composiciones de aquel conjunto musical deleitaron mis oídos con manjares superiores a los que mi boca ha llegado a probar. La pista de baile puede dar fe de ello, pues para mí también fue imposible resistir el impulso y mucho antes de que pudiera pensarlo me hallé dejando atrás la mesa para unirme a la caravana que desfilaba frente al escenario al compás de la música.
No recuerdo con exactitud cuánto tiempo pasó ni si hubo intervalos entre pieza y pieza, o incluso si hubo tal cosa, pues desde que empezaron a tocar hasta que volví a mi mesa el tiempo se volvió en mi mente menos que un vago concepto. De hecho, volví no para descansar, sino para reclamar otro Langosta Todopoderosa. Para mi sorpresa, sobre la mesa me esperaba una copa que bajé de un trago antes de alzar la mano para solicitar un tercero. A decir verdad, sentía carecer del suficiente para salir a la calle y acompañar a los músicos en una vuelta a la manzana que realizaron con instrumentos, música y espectadores a cuesta.
    En aquel momento tres jóvenes entraron al Bote Banana rompiendo el silencio con brutas risotadas que colmaron la tranquilidad del salón vacío. Se acodaron en la barra y empezaron a pedir tragos a los gritos como bárbaros. Alguien les chistó desde atrás y entonces advertí que no todo el mundo había salido tras la banda. Un James Bond tenía acorralada a una jovencita en los sillones cercanos al fuego. Los borrachines hicieron caso omiso y aumentaron su jolgorio. En ese momento comprendí que era oportuno recobrar mis cosas y marcharme, no sabía bien por qué. Necesitaba recuperar mi anotador, el saco, la billetera, el anillo de casado. Pero entonces, sea por efecto del Langosta Poderosa, o por estar pasándola de pelos, sentí ganas de acercarme y hablar con ellos, invitarlos a comportarse como caballeros. Sin embargo para cuando estuve cerca uno perdió el conocimiento y los otros dos salieron espantados. Volvía el silencio al salón, salvo por unos leves gemidos distantes. El barman apareció a mi lado como salido de la nada y me quedó mirando fijo. No era para menos, a mis pies yacía un hombre aparentemente muerto. La parejita se retorcía en una idea y venida de manos y bocas y cuerpos, uno arriba del otro. A mí me dolía una mano.
La orquesta estalló de golpe a su regreso. Los dos borrachos amigos del caído volvieron a la cabeza de la procesión bailando como diablos. De golpe el salón se llenó de gente y ya no hubo más sitio donde estar parado sin tener alguien encima bailando al ritmo de los tambores salvajes que percutían en los huesos. Un hombre disfrazado de lagarto me acercó otro Langosta Todopoderosa y lo perdí de vista cuando se mezcló con la multitud. Pero entonces lo advertí, todos estaban disfrazados de lagartos. “Suficiente trago por una noche”, pensé. El ambiente me estaba haciendo mal. Luchando contra una marea de lagartos apretujados tuve que abrirme camino a fuerza de codazos. A medida que avanzaba en dirección al baño parecía haber más y más reptiles, incluso llegué a arrastrarme por sobres las cabezas de una masa verde de escamas y dientes, como una alfombra deshilachada cual césped, por donde repté hasta dar frente con una columna que se alzaba inmensa y rompía en una copa radiante en las alturas. Todavía no había brillo, pero el cielo estaba azul. El James Bond orinaba a mi lado sobre el tronco de la palmera. Muy amable de su parte, me ayudó a levantarme y juntos entramos de regreso al Bote Banana donde prácticamente no quedaba nadie. No recuerdo la hora.
    Para mi sorpresa, dentro del local me esperaban dos agentes de policía. Querían cuestionarme sobre cierto episodio violento, aunque nunca pude entender exactamente de qué hablaban. En ese momento me pareció que nadie iba a poder explicar mejor la situación que el propio Langosta Todopoderosa por lo que los invité varias rondas a cada uno. En minutos estaban a las risas y los abrazos, expresando sentimientos de paz y amor a todos los presentes a pesar de que no les prestaban demasiada atención. Finalmente los oficiales ofrecieron llevarme a casa y juntos nos subimos al patrullero. Tal vez por el alcohol confundí la dirección y terminamos seiscientos kilómetros al norte, en una ciudad polvorienta y pegajosa habitada por gente de rostros oliva y mirada oscura. Nadie hablaba nuestra lengua.
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Mousse de Chocolate


“¿No le hará mal, che?”, repetía tía Soledad a la vera del cálido pedregullo. “Es sólo un fin de semana”, repetía tía Liliana a su lado, palmeándole el dorso de la mano como solía hacer para tranquilizarla. Tía Ana mantenía silencio, así era ella. A la distancia veían una mancha blanca crecer en el seno de una polvareda que cada vez se hacía más grande a medida que sus contornos ya definidos y precisos revelaban la llegada del momento esperado. “Me da una pena, pobrecito”, decía tía Soledad y se acomodaba la ropa que a todas luces no necesitaba arreglo alguno. “Es sólo un fin de semana”, porfió entre dientes tía Liliana. El coche estaba ya demasiado cerca para una descortesía imprudente. “Todos la vamos a pasar muy bien”, sentenció tía Ana como orden de silencio antes de quedar las tres mujeres envueltas en una nube de polvo que siguió viaje a pesar de que el coche se detuvo bruscamente unos metros más adelante, lo suficiente para que Liliana quitara su mano consoladora de la de Soledad pues se la estaba estrujando con fuerza y uñas.
La puerta trasera descubrió un jovencito vacilante y esquivo que apenas dijo palabra tras la partida del coche o durante la caminata desde la ruta hasta la casa de campo donde los esperaba el almuerzo ya servido. En el camino las mujeres escudriñaron al sobrino a la vez que éste les era indiferente pues hacía tanto tiempo que no se veían que la distancia los convertía en poco menos que desconocidos. Aquellas no eran las tía viejas y solteronas que había pensado hallar, pues si bien las tres vivían allí por completo solas, poco y nada tenían de viejas. Tampoco él era el niño juguetón y curioso que ellas recordaban, por el contrario, con sus dieciséis años se había convertido en un incipiente hombre de buen porte cuya voz todavía no se decidía a completar el cuadro. A la mesa lo descubrieron amable y hacendoso. Decía “por favor” y “gracias” por lo bajo, pero no tanto por timidez sino más bien por el cataclismo hormonal propio de su edad que, según averiguarían más tarde, lo hacía odiar en silencio aquella visita forzada a casa de las tías. Todo era capricho de mamá, ella había telefoneado a sus amigas para pedirles que lo recibieran unos días ya que decía ver al nene descarriado, yendo por el mal camino con junta de la que mejor ni hablar.
En la sobremesa le ofrecieron postre mientras Soledad juntaba los platos y Liliana rolaba un cigarrillo que finalmente tendió al muchacho tras verlo interesado en el proceso. En la cocina tía Ana servía un tazón de mousse de chocolate hasta el tope. “¿No le hará mal?”, preguntó Soledad quitándose la espuma de las manos. “Está bien suavecito”, repuso Ana y llevó el postre. El muchacho se deleitó comiendo aquel manjar mientras les tres mujeres se deleitaban con verlo comer. Con el último bocado en la garganta tía Ana ya estaba diciendo que el chico habría de estar cansado antes de tomarlo de la mano y a los tirones llevarlo a la habitación que entonces ocuparía él sólo; ahora que era mayorcito y necesitaba privacidad. Tía Soledad rememoraba en voz alta aquellas lejanas épocas cuando pequeño dormía con ellas y cómo se peleaban por ver quién de las tres se lo llevaba a la cama. Luego cerraron la puerta tras abandonar la estancia, aunque creyó oírlas cuchichear al otro lado.
Lo cierto es que, sea por aburrimiento, o esas cosas propias de la juventud, su entrepierna furiosa le hizo imposible conciliar el sueño por lo que se pasó la siesta inquieto,  retorciéndose rítmicamente sobre la cama. Tía Soledad llamó a la puerta e ingresó de golpe sin pedir permiso. Apenas pudo cubrirse.
- ¿No podés dormir?- preguntó lo obvio y propuso,- vení conmigo, vamos a buscar huevos al gallinero.
            Salieron en silencio para no turbar el descanso ajeno y se alejaron de la casa caminando bajo una tupida arboleda hacia una caseta cercana rodeada por alambre tejido donde pululaban una veintena de gallinas en cloqueo eterno apenas interrumpido por la zambullida de sus picos en la tierra. Una vez dentro de la casilla tía Soledad le entregó una cesta de mimbre donde iban colocando los huevos que quitaban de las latas de galletitas llenas de paja. La mujer de rodillas, mientras buscaba en los nidos bajos, se le antojó atractiva, con las caderas bien definidas y un culo delicioso en su leve arqueo de la espalda. Tía Soledad volteaba entonces con un huevo y su mirada fugaba al escote abierto y carnoso. De las tres mujeres, aquella morocha era la más bonita, pensó tratando de que no se le notara en la cara. Tía Soledad parecía no advertirlo o no importarle. Pero entonces aquello le hizo imposible contener la bruta erección que explotó notablemente tras sus pantalones. Tía Soledad, arrodillada a sus pies, lo miró fijo a los ojos y el chico se puso rojo como el fuego. Pero el fuego también prendió en ella y se le fue a la mano y la mano al bulto, todo tan rápido que de la sorpresa el chico casi deja caer los huevos.
-¡Que duro!- exclamó con los ojos bien abiertos y sin más atravesó los pantalones para sentirlo con su propia mano, recorrerlo despacio con caricias suaves en vaivén, tomarlo con firmeza y tironear de él tan fuerte que el violento meneo de sus caderas hacía bailar los huevos en la cesta. Tía Soledad se la quitó de las manos y luego lo jaló de la entrepierna para tenerlo arrodillado junto a ella antes de conducir sus manos entonces desocupadas debajo de la pollera. Tenía la ropa interior húmeda y caliente, los genitales por completo mojados, creyó sentir algo que se le escurría por entre los dedos a medida que los empujaba hacia las profundidades, donde ambos, tía y sobrino, cayeron convulsos precipitando la explosión de gemidos que vino cuando lo sintió bullir en la palma de la mano, en el brazo, en la blusa.
- Me manchaste, boludo- gritó Soledad y salió corriendo dejándolo ahí sobre el piso con la respiración entrecortada en compañía de las gallinas. Apenas comprendía lo sucedido, pero si de algo estaba seguro era que aquello no tenía que salir del corral. Lentamente acomodó su persona, tomó la cesta y volvió a la casa como si nada. Un huevo estaba roto.
            Entró a su habitación con la misma cautela procurada antes, al salir. Se tumbó en la cama a repasar los hechos y de sólo evocarlos su sexo despertó en llamas. Entonces ya no importaba qué había pasado, sino lo que podría llegar a pasar entre él y Soledad. Quería más. Imaginó un mundo de situaciones que enfurecían a la bestia mientras se apretaba, boca abajo, contra la cama hasta caer dormido.
-Arriba, dormilón- le dijo una gallina erótica tan pronto concilió el sueño-, que no viniste a pasártela durmiendo.
            Era tía Liliana sentada a su lado. El chico se incorporó de inmediato para no levantar sospechas y juntos fueron a la cocina donde los esperaban tía Ana y Soledad tomando mate amargo con cremona casera.
- ¿Cómo durmió el cabellero?- preguntó Soledad con tanta naturalidad que llegó a dudar si todo el asunto no había sido más que un sueño. Sea como fuere, el mate con cremona, entre cuentos y anécdotas, se tiñó de rayos naranjas de atardecer que anunciaban a tía Liliana el momento de salir a recorrer el maizal. Aquello resultó curioso al muchacho, o acaso la mujer insistía tanto, que las otras dos se quedaron viendo cómo ellos se fundían en un verde horizonte de espigas. “¿Le hará mal?”, preguntaba Soledad más para sí que a su hermana siempre taciturna.
            Tía Liliana caminaba rápido y era difícil seguirle el tranco. Cada tanto la perdía entre las plantas y debía llamarla a los gritos. De ese modo recorrieron el cultivo y finalmente concluyeron la caminata en el corazón mismo de la plantación donde la mujer quiso enseñarle los secretos de la salud de un maizal hecho y derecho como Dios manda. Con suavidad tomó un marlo, lo arrancó de la planta y, mientras explicaba algo que nunca oyó, comenzó a quitarle la chala de modo tal que el ir y venir de sus manos transportó al chico directamente al gallinero. Y el recuero se le hizo carne otra vez en los pantalones. O en el rostro. O en el meter las manos en los bolsillos casi por puro instinto.
-¿Qué escondés ahí?- preguntó tía Liliana sorprendida- ¿Te robaste un marlo? Dejáme ver.
            En un abrir y cerrar de ojos la tuvo arrodillada a sus pies mirándolo fijo a los ojos mientras se mordía el labio inferior y luchaba contra el cierre del pantalón. La bestia emergió inmensa, deseosa, hambrienta. Latía. Una gotita tímida manó de su punta y tía Liliana la quitó con suma suavidad empleando la lengua. Con ella recorrió toda su extensión hasta la base y más allá, bien abajo, donde la delicadeza de besos húmedos y cálidos cada vez más profundos alimentaban violentamente la caldera. Los ojos de tía Liliana se mantenían fijos en los del muchacho, quien fue el primero en apartar la vista y clavarla en el cielo cuando sintió el calor y la suavidad invadirlo de principio a fin en un solo movimiento. Sus manos cayeron sobre la cabeza de Liliana y sin quererlo con ellas ayudaba al compás de las oleadas de una creciente estreches que, succión tras succión, se confundía con la cálida presión que sentía más abajo. Una mano de tía Liliana corrió hacia atrás en busca de los glúteos para ejercer mayor presión sobre la cadera, mientras con la otra le apretaba el sexo como si éste fuera a escaparse, dejando su punta al descubierto para poder besarla con una delicadeza rabiosa. De repente el muchacho contuvo la respiración en seco y la mujer abrió bien grande los ojos antes de tragar con dificultad. Ambos se dejaron caer sobre la hierba y así quedaron un largo rato hasta que ella recuperó la compostura.
-Vamos pronto a la casa, no hagamos esperar a las tías- dijo Liliana como si nada-. Hoy has tenido un día largo y de seguro debes estar cansado, nada que un buen baño y una rica cena pueda solucionar.
            De regreso en el caserón el baño no fue bueno ni tampoco rica la cena, al contrario, se hubo de duchar con agua fría tras lo cuál sólo cenaron arroz blanco. Sin embargo, sí pudo comer cuanto quiso del mousse de chocolate que tía Ana le servía en silencio. Nadie más pidió postre y luego todos marcharon a la cama. El muchachito apenas saludó y rápido se internó en la habitación para escapar de las tías aunque una vez dentro se sintió por completo atrapado. Lo sucedido durante el día aún permanecía bien vivo dentro suyo. Y por fuera también, con lo que no pudo encontrar una sola posición cómoda en la cama debido a la contundencia de la erección central de todos sus pensamientos. Desnudo y sexo arriba lo halló tía Ana tras abrir la puerta sin golpear, a lo que se tapó los ojos, pidió perdón y volvió a salir. Golpeó la puerta.
-¿Pasa algo malo, querido?
- No tía, no puedo dormir nomás…
-¿Querés que te cuente un cuento como cuando eras chiquito?- dijo la mujer asomando la cabeza.
- No tía, que va… No, tía, por favor- pero ya era demasiado tarde, se le había sentado a un lado sobre la cama. Entonces no dudó. Repentinamente se destapó hasta las rodillas. Estaba listo.
            Temprano en la mañana lo esperaban en la cocina con un desayuno portentoso que devoró furioso mientras las tías asentían con gusto, comentaban que habría de estar cansado y necesitaba recuperar fuerzas para arrancar bien el día, que dicho sea de paso, iba a ser largo, muy largo. Todo ello como si el escándalo amatorio de Ana y sus gritos y los arañazos y la marca en el cuello no hubiera sucedido. O mejor dicho, como si fueran parte de la tranquila vida campestre. Incluso en plena vorágine sexual creyó oír gemidos que no provenían del interior de la pieza.
            Así transcurrió el fin de semana en casa de las tías. Buscando huevos a la hora de la siesta o recorriendo el maizal por las tardes o durmiendo poco y nada durante la madrugada. Ya hacia el domingo al anochecer, cansado y adolorido, tenía el orgullo tan grande y firme como su jovencita masculinidad, la cual a decir verdad nunca flaqueó ante el embate de las mujeres.
-¿No le hará mal?- insistía preguntando Soledad a tía Ana, y decía- Me parece que se te está yendo la mano.
- Para nada, cincuenta miligramos por porción, como siempre- porfiaba la otra mientras revolvía la mousse de chocolate.

             
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Rey de Reyes


            Entonces fue que lo vió. Allí estaba a un lado, sobre el piso, escondido entre las rocas, pero tan brillante y llamativo que le fue imposible resistirse a él. El niño se aproximó cauteloso sin saber qué hacer y ante su inminente cercanía brilló aún más con una intensidad cegadora que el pequeño llevó su mano peluda al rostro. A sus oídos acudió un susurro:
“Tu eres un hijo de la Tierra, súbdito del Sol. Yo soy su fiel reflejo aquí abajo, yo he de ser tu Dios. Si me llevas contigo cerca de tu corazón, yo te llevaré cerca del mío y nunca más sufrirás mi ausencia. Te daré poder, tierras y crías por montones. Seré el Rey de tu rey, me posaré sobre su cabeza. Seré el Pastor de tu pastor, su báculo, su dirección. Seré tu Norte y el de aquellos que te sigan. Me hallarás bajo la tierra o alto en la montaña, a orillas de un río o más allá del mar, aunque siempre habrás de demostrarme cuánto realmente me quieres a tu lado. Podrás matar y dar vida en mi nombre, llenar tu hogar con bendiciones o hacer monumentos de puro Yo. Me darás mil rostros y colores, pero siempre recurrirás a mi forma original en tiempo de crisis y yo seré el espaldar vivo de tu progreso. Pasaré de manos tantas veces como sea posible ya que así mantendrás cautivos a tus hermanos. Conmigo a tu lado tu hogar y tu cuerpo serán mejores. Tus gritos llegarán más lejos y tú mismo alcanzaras las estrellas. Abre los ojos ahora y cierra la boca para siempre. Nunca podrás evocar estas palabras con las tuyas pero siempre las llevarás impresas en cada latido de tu corazón”.
El pequeño bostezó como despertando luego de un largo sueño. El sol, dorado y brillante como aquella tonta piedrita, se ocultaba tras el horizonte. Era momento de regresar a la caverna.    

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Fetiche


“Sr. Director:
                    Mediante la presente ratifico lo escrito en el anterior correo que le enviara. Quisiera tres de ellos, pero de no ser posible dos estará bien. Si pueden ser del mismo color mejor. En pares todo es siempre mejor. Y sí, efectivamente Usted ha leído bien. Quiero que me envíe los más pequeños que tenga.
            Esperaba no tener que explicar mis razones pero ya que insiste debo confesarle algo privado y pedirle su futura reserva al respecto. Tengo un problema, me gustan así, chiquititos. He tenido varios ya y no puedo saciarme de ellos. Usted probablemente jamás lo entienda, porque no hay palabras capaces de describir el inmenso placer de querer metérsele adentro, lo apretado que se siente. Cuando son muy pequeños ni siquiera entra todo, pero uno empuja y empuja hasta el fondo por tan sólo un poquito más de ese indescriptible gozo. Una vez tuve uno tan chico que ni los dedos pude introducirle. Disfruto mucho de lavarlos y verlos secarse al sol. A veces solo me contento con verlos tendidos sobre mi cama e imaginarme a mí inmenso, sobre ellos, usándolos.
            Pero no piense que lo mío es puro egoísmo hedonista, pues mientras no los uso personalmente se los presto a un amigo que los utiliza para limpiar la casa, repasar los muebles, los vidrios, incluso él mismo, me ha dicho, se asea con ellos. Por favor no nos juzgue, somos personas de bien, padres de familia, importantes referentes para la comunidad. De ahí la extrema reserva que solicito. Tenga a bien comprender mi situación y enviarme el pedido cuanto antes. Los anteriores ya se han puesto grandes y sinceramente no es lo mismo. Necesito esos calcetines cuanto antes.


Conde Jean Luc Duteil”

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Contra viento y marea


Contra viento y mareas alcanzó la costa al primer atisbo del alba. Hacia el atardecer del mismo día había transitado la llanura y se hallaba al pié de la montaña. En la espesa oscuridad de la noche hubo de sortear ríos y riscos, cañones y senderos de intransitables meandros rocosos. Escaló picos nevados y muertos que luego hubo de bajar y caminó por acogedores valles fértiles que hubo de abandonar. Finalmente, allí a lo lejos, pudo ver la tintineante luz de una vela escapando por la rendija de una ventana. La Luna estaba llena en su cenit, observó antes de golpear la puerta. Y la puerta se abrió apenas. Un hombre arrugado de barba larga y blanca tomó con brusquedad el paquete que traía a cambio de unas pocas monedas antes de azotar la puerta.
Desandando sus pasos de regreso a casa no pudo dejar de pensar, otra vez, que aquella era la última oportunidad que le tomaba pedido a ese ermitaño de mierda que no sólo no daba las gracias, mucho menos una puta propina.

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Pino Quemado


Lo último que siento antes de caer dormido es el mismo e inconfundible aroma a madera quemada que persiste en mi nariz incluso tras despertar, la combustión lenta de pino barnizado. Los demás todavía duermen, nadie se alarmó y mi amanecer es lento y perezoso, como después de una noche de tormenta. El comedor común del refugio a oscuras puede ser un laberinto de sombras duras y peligrosas para quien lo transita sin cuidado de camino a la ficha de luz. Pero no es sorpresa que no ande el interruptor aunque sí lo es que afuera todavía sea de noche según veo por las ventanas. Tal vez el olor a quemado provenga de la caja eléctrica.
-No te gastes- escucho decir en la oscuridad cuando llego a la tapa,- no tiene caso, ya probé.
- Buen día, Henk- saludo al holandés.
- Buenas noches.
- ¿Qué hora es?- pregunto.
- Tarde y temprano a la vez.
- Y ¿qué haces ahí sentado en lo oscuro?
- El calor me despertó, el calor…
- Eso significa que de mate ni hablar- digo preguntando pero el holandés resopla como si estuviera a punto de estallar.   
- No hay gas- dice.
- ¿Tampoco?- pregunto al ver el fondo plateado de la lata de la yerba.
- Hasta el agua parece que se llevaron.
- ¿Quiénes? ¿Nos robaron?
- ¿No viste que se fueron?- me responde Henk.
- ¿A dónde? ¿Cuándo?- pregunto ya de regreso en la habitación vacía, pero no sólo la gente se había ido, también los muebles. Ni siquiera mi cama estaba donde la había dejado hace instantes. Eso era nada, peor todavía, mis cosas, la mochila, la ropa, el dinero y todo cuanto había traído conmigo tampoco estaba.
            Henk no responde a mis gritos. Y su silencio se suma a la perplejidad de la estancia quieta y vacía que todavía huele a pinotea chamuscada. La lucidez viene a mí y salgo corriendo a buscar al holandés que no está por ninguna parte, aunque tampoco reparo en su paradero porque con o sin él voy a correr al pueblo para dar parte a la policía.
- Henk- grito ya fuera de la cabaña- voy a hacer la denuncia.
            El silencio de la noche es la respuesta que recibo. Tal vez el holandés se me ha adelantado. Sin más, ni linterna o abrigo, me lanzo a trotar directo al seno de la oscuridad del bosque guiando mis pasos con el borroso dibujo del camino en mi memoria, cada vez más desdibujado luego de dar vueltas y vueltas en un infierno de árboles secos y muertos. Cansado de estar perdido decido sentarme a esperar el amanecer que no habría de estar muy lejos. Con la luz iba a poder orientarme mejor. Mientras espero pienso en qué hora sería, o cuánto tiempo he dormido si es que lo he hecho en absoluto. O dónde está Henk y los otros. O de dónde proviene ese insoportable olor a quemado que incluso allí en medio del bosque persiste a mi alrededor. Entonces veo las llamas, su intenso naranja titilante en la distancia y no necesito mucho más para darme cuenta que es el refugio lo que se está quemando. Corro con todas mis fuerzas pero al llegar no puedo dar crédito a mis ojos ya que por dentro y por fuera no hay fuego alguno. Al contrario, el lugar está igual a como lo he visto antes de acostarme a dormir. En la habitación el grupo descansa placidamente, mi cama en su sitio, la mochila, la plata, los ronquidos de Henk tan firmes e invariables como el olor a pino quemado que no me puedo sacar de encima. Me tiro sobre el holandés y lo sacudo para despertarlo.
- Eh, ¿Qué pasa? ¿Qué querés? ¿Qué te pasa? Dejame dormir, mierda carajo.
- Pero Henk…
- Dejame dormir, te digo- me ladra y se da media vuelta dejándome allí parado con un incendio de interrogantes en la cabeza.
- Henk…
- ¿Qué carajo querés?
- ¿Sentís olor a quemado?
- ¡No!
- Perdón –susurro para no despertar a nadie más. Y entonces percibo los latidos salvajes de mi corazón que poco a poco vuelven a la normalidad a pesar de mi respiración agitada. Los pies pesados, un calor abrasador por dentro y un sudor frío como la muerte. Ante la tranquilidad de la habitación dormida me contagio con un cansancio abrumador como si no hubiera descansado en siglos. Y pronto la pesadilla queda atrás, no sé, no pienso, no puedo, tengo tanto sueño. Me acuesto, aflojo el cuerpo, me duermo. Pero aún entonces persiste en mí el intenso calor, los gritos desesperados y aquel penetrante el olor a pino quemado.  
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